Residuos textuales: la última luna

-Parte 3-Apuntes no incluidos en el libro: Vicios en el espejo o una cosmética transcendental

Cuando viajé a Budapest apenas comenzaba el invierno, la ciudad estaba silenciosa, la víspera del fin de año y unos días feriados hacían que el mundo de oficinas y bancos estuvieran cerrados.  Lo primero que divisé de la ciudad fue una enorme montaña que se posó ante mis ojos, de inmediato pensé en aquel proverbio de Confucio: “el hombre de corazón se admira ante la montaña, el hombre de espíritu goza del agua”. La montaña de Budapest era el corazón de  la ciudad, deviniendo poesía.

Aprecié la última luna llena del año entre las cúpulas de un antiguo palacio turco, restaurado para hacer los baños termales. Era un privilegio la sensación del agua caliente, el aire libre y respirar el exterior sin morir de frio. Me sentí una guerrera húngara que llega a descansar luego de una larga jornada de trochas y caminos, así era para mí el año que acababa. Me parecía increíble el valor que adquiere la supervivencia cuando estas tan lejos de todo. Tanto mi príncipe venezolano y yo, éramos unos sobrevivientes  de un año de pruebas y ajustes; mirando la luna en el cielo despejado repasé los meses transcurridos y vi los mil rostros de la existencia. El viaje da eso y algo más.

Puertas abriéndose, puertas cerrándose

Se dice que el viajero debe vivir paralelamente diversos mundos, el que lleva consigo, el que visita, el que construye de ambos. Para mí la estancia en Viena siempre fue una contradicción constante, un desgarramiento sin rumbo que salpicaba de duda y gozo mis días viajeros.

Llegaban algunos días en que el presente se escapaba de forma irremediable y  deseaba ser una marioneta que unas grandes pinzas sacan del escenario, casi como un rescate divino. En esos días solo podía ver los meses inciertos por venir y el doctorado  era una excusa para permanecer a flote. En eso días  quería dar un paso atrás y volver abrir la puerta que se cerró el día que me monté al avión en Bogotá. Pero ya no hallaba la puerta, después de más de un año de estar en Viena, ya ni siquiera recordaba donde estaba esa puerta conocida y familiar; ni donde estaba el humor certero de esos días bogotanos, la soledad de aquel minúsculo apartamento y el fugas empoderamiento de mi vida material.

Pero también llegaron otros días, días de días, donde aparecía la ilusión magnánima y un optimismo alegre. Aparecían el presente y sus oportunidades, los viajes hechos y los que seguramente podrían hacerse,  relacionarme en otro idioma, caminar por Viena en las tardes calurosas del verano. Avanzar era un verbo palpable y hasta bonito. Eran días de días, un paso adelante y  otro paso atrás. Un día era un cangrejo, otro día una pequeña libélula. Pero cada vez iba aceptando más y quejándome menos, no se si eso era resignación, inercia o locura.

Todavía  ahora, en estos meses calurosos del verano vienés, siguen viniendo esos días de días, puertas cerrándose y abriéndose con el viento, en una balada estrepitosa de nostalgias y la constante pregunta disparada en el aire: ¿Donde está el futuro, detrás o delante?

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