El viaje en paralelo

Por: Claudia Andrea Londoño

Caminando entre la penumbra de una noche de oscuridad, no advertí su batir de alas y un trompudo común chocó contra mi pecho. Reanimación cardiopulmonar llamé a este encuentro, porque el impacto del murciélago activó el ritmo del corazón, sístole y diástole que venían ralentizadas por la angustia, y un órgano que se estaba quedando suspendido.

Después, las miradas comprometidas, hipotecadas frente a horizontes ajenos fueron interrumpidas de manera súbita por una pareja de azulejos que chocaron contra el parabrisas y lo dejaron teñido de eritrocitos. Quedó escrito con su tinta de hemoglobina –abra los ojos- y el azul de su plumaje dejaba descrita la frialdad que llenaba los espacios de mi existencia.

Una mañana pelusa no atiende a mi llamado, no aparece con sus saltos convulsos y sus ojitos lánguidos, y nunca encontré su rastro, ni los vecinos dieron ideas de su paradero. Las búsquedas terminaron cuando en una ensoñación vi la muerte distraída jugando con mi perrita peluda, la vi sacándole cadillos de su pelo enmarañado; la entretuvo, pensé.

 Y ella estuvo a mi lado, sentía su presencia, sus cantos nocturnos, pero no la vi. Proviene de otros tiempos porque algunas advirtieron su esencia. Espié sus disputas, antes las miradas de antipatía, las palabras de desprecio. No sé qué pudo decir frente a las trampas que se tendieron y los engaños maliciosos, pero observé las respuestas violentas y temerosas de los mezquinos.

No era un apego sórdido el que segaba mis ojos ante lo que ocurría, era la mano aferrada a la ventana hacia el cumanday, a las estrellas diurnas que pendían de la madrecacao, Gliricidia con sus flores rosadas que escribían poesías aéreas. De la casa abierta al verde y al riesgo, de los besitos colgados en canastos y los nacimientos momentáneos que traían promesas. Las mañanas olían a café y limoncillo, y las sanguinarias, los cordoncillos, el fique y la bardana ya estaban descubriendo el placer del sol que alimenta y el aire que acaricia.

Pero en un ocaso vi que la casa me estaba tragando y las plantas me miraban con hojitas de tristeza, los caminos se llenaban de un engrudo pegajoso que me aprisionaba, intentaba caminar y los pies no se levantaban, estaba atrapada y a punto de reventar como ratón en trampa pegajosa.

Así que la tesitura se hizo incomodidad, imagen y palabra en la vida de otros, que escucharon el eco, que atisbaron los gritos contenidos y entramos en sincronicidad desafiando las leyes de Newton y haciéndole un quite a la modernidad de Descartes adicionando la emoción a la razón.

Dos de la mañana y Mario en su silla, mece el cuerpo en trance, mareado, convulso, me reconoce incrustada en una historia donde soy el personaje principal, una película en la mejor versión de Tarantino. Dos de la mañana Fabián, posición horizontal, el cuerpo de la mujer le calienta el lado derecho, la toca y ella se despierta para escuchar su desasosiego, -algo le pasa– dice. Dos de la mañana Andrea voltea hacia el rincón, sabe que tiene que trabajar al siguiente día, pero las voces borrachas, las risas alcoholizadas, los pasos que entran y salen de la casa no le permiten conciliar el sueño.

Nueve de la mañana y las voces en coro dicen -necesito que hablemos-, el receptor de Mario escucha atento y se sorprende y yo al otro lado del teléfono solo acepto la cita para las doce del día.

-Una mujer entre hombres no sufre- escuché tantas veces, pero no entendí la ironía intrínseca de este aforismo y le temí a estar rodeada de hombres que voltearon para no ver las muecas de ira y no tener que socorrer, que se escondieron para evitar su presencia, que no hicieron nada frente a los gritos, que le tendieron la mano a la vileza y la crueldad, y me dejaron tirada en medio de la bruma mortífera de la cicuta.

Los golpes que se reciben en el alma no se ven, los insultos de la intimidad no se exteriorizan, las heridas del corazón no se notan, un mal amor es una conjetura y de una sexualidad miserable no se habla y por eso no me creyeron.  Y vinieron palabras hostiles, palabras cargadas de odio y atrevimientos. Porque la sincronicidad también aúlla para lleguen los viajeros del tiempo con los mensajes necesarios para soltar y liberar.

En la cita de las doce escuché en la voz afligida de Fabián lo que ya me había contado la fémina que habitaba mi casa, lo que escribieron las aves sobre el parabrisas, el grito del murciélago contra mi cuerpo y la intensión de pelusa. Había algo concreto en este relato y era que mi vida corría peligro, en ese momento pude elevarme y levitar sobre mi historia, en el vuelo comprendí que estaba viviendo una vida que no me gustaba, que no me pertenecía, y de la que debía huir.

En el camino cambiaron los paisajes y se dio la peregrinación del despojo. Inicia el éxodo con la vida en una maleta, el asombro por las muertes necesarias y las lágrimas cargadas de duelo. Del valle pasé a la montaña, el trayecto incluía un juego perverso entre la selva al lado derecho, que ofrecía una vista de la vida en resistencia, hojas grandes, pequeñas, acorazonadas, redondas, largas, peludas, flores que se difuminaban en el verde diverso y al lado izquierdo el abismo, la caída vertical y la santa muerte.

Las mañanas llegaron con aromas de humedad y la imagen de un amor lésbico que se apodera de estos lugares donde las montañas copulan siempre con las nubes. Las formas agrestes hicieron que las pulsaciones se agitaran y el corazón volviera a palpitar. La epidermis helada por las caricias constantes de la densa neblina volvió a impresionarse por el tacto, y los pensamientos pegados se evaporaron en un amanecer sinfónico de loras, tangaras, espigueros, barranqueros y cucús que llegaban a saludar.

Los atardeceres traían la angustia, pero la esperanza aparecía en un letrero en la carretera, un amigo nuevo conseguido en un paradero de bus, una palabra extraviada y un reencuentro que devuelve los cariños perdidos y los abrazos olvidados.

Comprendí que los sueños no se construyen de palabras, ni posesiones, los sueños se siembran en tierra fértil, se entregan al viento para que puedan volar, se ponen entre las brasas para que el fuego los eleve y se lanzan al agua en barcos de papel. 

También intuí que era necesario desatar la posibilidad para que se las cosas pasen, con humitos de guadua se devuelven las malas pasiones, de anís se limpia el alma, de canela vuelve el amor bonito. Con baños de ruda se libera la piel, de salvia se limpia el útero de memorias y de menta se devuelve la tranquilidad. Con agüitas de romero se devuelve la evocación, de aguacate se libera las tóxinas y de kombucha se purga el cuerpo.

Así que me bañé, me limpié, bebí y caminé lo necesario para soltar esa mujer que ya no era yo. Tres momentos para la partida y una serie de lecciones aprendidas, al primer momento lo llamé gestación y reconozco en él algunas incursiones imprevistas, de canto, herbolaria y sanación. Después viene el ocaso y estuve oculta curando las heridas en vórtices que hicieron del tiempo una fábula, y del cuerpo una oreja; exorcismos amorosos, alucinaciones con evocación de tiempos remotos y cargas ajenas que dejé en el mismo río que vi a través del abismo.

Y el hoy, lo llamaré eclipse, por aquello de alejarse o entrar en la órbita del otro, sobre todo por el llamado anillo de fuego, es decir nunca cubrirnos totalmente y por la idea de aprender a despedirse, a conmemorar y a hermosear.

Y el cuento de los encuentros sincrónicos no termina aquí, es infinito, la vocación se pronunció, pero los vericuetos a recorrer no eran esos, así que tome un atajo para llegar hasta este lugar. Los miedos se hicieron imagen, las voces posibilidades y decidí escuchar los sueños, esa es otra trocha recorrida y aprendí que el instinto nos conecta con la vida, esa es otra desviación del camino y también son otras historias.

Para Calores la mejor manera de empezar el día es caminando, el momento más esperado es el atardecer, el verde es su color preferido y la guayaba un viaje a la niñez.

PD. Estos escritos son una muestra de ejercicios realizados en el taller de escritura: narrativas autorreflexivas una apuesta por lo cotidiano.  sept—Oct 2023. Educación Continua. Pontificia Universidad Javeriana.

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