Por: Margot Goméz Guerrero
Es difícil volver a comunicarse con un ser querido que ya no está, pero creo que de alguna manera las almas buscan un canal multidimensional para enviar un mensaje que puede llegar en el momento más inesperado. De alguna manera cuando soñamos nuestra alma es más sensible a vibraciones o energías que no están en este plano físico donde vivimos habitualmente.
Después de la muerte de mi cuñada que padeció la penosa enfermedad del cáncer, la cual asumió con mucha valentía y actitud positiva en lo que este mal le permitía hacerlo, una profunda tristeza me invadió al saber que este era el mal que padecía y que ya estaba en etapa cuatro.
Alcancé a despedirme de mi cuñada, le dije:“ Piedad, tengo que ir a acompañar a mi papá en su operación del corazón, mañana viajo a Barranquilla, nos vemos”. Me contestó: “Tranquila, vaya, yo sé que le toca, sí, nos vemos”. Acto seguido le di un beso y un abrazo. Sabía que era poco probable que nos volviéramos a ver.
Después de estar cerca de diez días acompañando a mi papá en la clínica y dejarlo en la casa de una prima para estarse los siguientes días recuperando, regresé a Cúcuta, mi cuñada ya había fallecido. Me esperaban con sus cenizas y fuimos con mi esposo y dos cuñados a botar las cenizas al río más caudaloso de la zona, después de una hora de trayecto llegamos al río Peralonso. Allí, bajo un sol mañanero brillante, procedimos a esparcir sus cenizas, cada persona botó un poco de ellas a su turno, cumpliendo de esta manera el último deseo de mi cuñada.
Cerca de un mes después de la muerte de mi cuñada empecé a soñar con ella, al principio pensé que mi inconsciente me traía su imagen por extrañarla tanto, pues no sólo era mi cuñada, sino mi amiga y me ayudaba a cuidar a mi hijo mayor.

La primera vez que soñé con ella estaba sentada en el comedor de mi casa, yo estaba cocinando el almuerzo y le pregunté cómo estaba, me decía que muy bien, la observé más joven con su cabello negro, con el corte de niña bonita y una gran sonrisa que me trasmitió felicidad, después recordé en el sueño que ella había fallecido y cuando le iba a preguntar sobre esto, me desperté.
La segunda vez que soñé con mi cuñada, estábamos en un edificio a medio construir, era muy moderno, charlamos como lo hacíamos antes y le comenté que tenía algunas dificultades con el proyecto de la casa en que me había embarcado, que el niño que me ayudó a criar tenía algunas dificultades en el colegio, a lo cual me respondió que no me afanara, que todo me iba a salir muy bien, que confiara en Dios. Volví a preguntarle de nuevo como estaba y me respondió con una gran sonrisa que estaba muy bien, que no le faltaba nada, me dio un abrazo y no volví a soñar con ella, creo que esa fue su despedida.
Unos años antes del fallecimiento de mi cuñada, falleció mi abuela, aunque no la visitaba tan seguido, sólo una vez al año, habíamos sido muy cercanas cuando yo estaba pequeña. Recuerdo que me llevaba a misa todos los domingos a la iglesia de las Tres Ave Marías, en la ciudad de Valledupar, después íbamos religiosamente a almacenes Ley, en la Calle del Cesar a merendar algo y charlábamos animadamente sobre su juventud y sus vivencias, luego nos íbamos caminando hasta la casa y en el camino, mi abuela compraba chucherías, ropa o pequeños juguetes para los nietos o bisnietos que ya casi estaban por cumplir años.
En el año 2007, en las vacaciones de junio, llevé a mis hijos a Valledupar, mi abuela me convidaba a tomar un tinto con ella y ver alguna de sus novelas, mi hijo menor le barrió el patio en esa ocasión, ya mi abuela tenía 93 años, como premio mi abuela le regaló un pan con una pony malta. Después de esas vacaciones mi madre me llamó y me dijo que la abuela se había enfermado, que padecía de pulmonía, finalmente el 15 de agosto del año 2007, mi madre me llamó para decirme que mi abuela había fallecido.
Mi hermana, mis hijos y yo viajamos desde Cúcuta toda la noche en bus y llegamos a Valledupar a la mañana siguiente, justo a tiempo para la misa y el entierro de mi abuela. Le dimos el último adiós y el entierro se hizo en un cementerio jardín hermoso que está a las afueras de Valledupar: Jardines del Eccehomo. Allí llegaron muchos familiares de Ocaña, de donde era oriunda mi abuela y nos reunimos en la casa de una tía, donde se hizo el novenario.
Después de unos meses mi madre no superaba la muerte de mi abuela y lloraba mucho, a pesar de que tratamos de consolarla, un hermano la llevó con él unos días a Cartagena, otro a Barranquilla, mi madre seguía llorando mucho.
Cierta noche en un sueño, observo una señora joven, con una trenza gruesa que llegaba a sus caderas, vestida con una falda blanca plisada, zapatillas de tacón alto negros, una blusa blanca con encajes y mangas largas, sentada en la playa bajo las palmeras y al frente una vista al mar, cielo despejado y gaviotas en el cielo. Se dirige a mí esta señora joven y me pregunta: ¿Me reconoces ?, la miro bien, me fijo en la guama grande sobre su espalda y me recuerda a mi abuela. Se vuelve a dirigir a mí y me dice:” Sí, soy yo, ¿cómo me ves?”
Le digo: “Te ves muy feliz y joven”
Me responde:” Así es, te voy a pedir un favor, dile a tu mamá que no me llore más, que yo estoy muy bien. ¿lo harás?”
– “Claro que sí”, le respondí, luego me desperté y busqué un teléfono para llamar a mi mamá y darle el mensaje de mi abuela.
Hace tres años en marzo, mi hermano Edgardo, había regresado a Venezuela antes del confinamiento por pandemia, ya estaba enfermo con diabetes y tenía tratamiento con insulina, la diabetes lo había llevado a una insuficiencia cardio-pulmonar, me dijo que no creía que volviera, pues se sentía muy cansado para viajar, ya que tenía que hacer un recorrido en bus o carrito de unas cuatro a cinco horas desde Santa Bárbara del Zulia hasta llegar a Puerto Santander y de allí viajar en buseta por dos horas hasta Cúcuta.
Como de costumbre lo llevé a la terminal de buses para buscar el transporte a Puerto Santander y llevar los suministros para un café Internet que tenía en Santa Bárbara del Zulia, donde residía con su esposa y un nieto que le dejaban ocasionalmente. Nos escribíamos y nos llamábamos, lo trataban en el hospital de allá.
Una noche, me llamó el hijo menor de mi hermano Edgardo, con una voz muy apagada, me preocupé, pensé que le había pasado algo a mi sobrino, le pregunté: ¿Qué te pasa ?,con voz entrecortada me comentó que a mi hermano le había dado pulmonía, que lo habían llevado a las urgencias del hospital y que en el pasillo del hospital, camino hacia las urgencias le había dado un infarto fulminante y había muerto, quedé muy triste, pero por cierre de fronteras no se podía viajar hasta allá, le di el pésame y días después llamé a mi cuñada para lo mismo, me comentó que todo había sido muy rápido.
La mañana en que mi hermano falleció, me había enviado una foto, para que viera que le habían colocado medicamento vía intravenosa, estaba sentado, se veía reposado y tranquilo como mirando a lo lejos.
Creo que fue el mes siguiente que tuve un sueño en donde estaba debajo de una avioneta, parada allí como en unas barras metálicas debajo de la avioneta e íbamos con mi hermano a la derecha y dos indígenas al lado izquierdo, se veía un mar picado y había lluvia, pude sentir como el agua salpicaba mi cara, le dije a mi hermano que iba a haber una tormenta, pero como siempre con su sonrisa me calmaba y me decía que íbamos bien, que todo iba a estar bien, después de su respuesta, me desperté tranquila pensando que donde quiera que estuviese mi hermano , reposaba tranquilo.
Hace dos años y siete meses falleció mi padre, quien murió por un infarto después de sufrir una subida de azúcar en la mañana del 12 de marzo del 2021.
Al mes del fallecimiento de mi padre tuve un sueño con él, lo vi plácidamente durmiendo en una mecedora, similar a la que él tenía, en el porche de una casa de paredes blancas con techo de tejas rojas y palmeras a los lados. Me acerqué para besarlo en la frente y después de esto me desperté más tranquila y contenta de verlo durmiendo en calma y con una gran sonrisa como si soñara con alguno de los inolvidables viajes que hicimos juntos. Gracias, papá por todo tu amor, te llevo en mi corazón.
Gracias a los seres amados que han tenido la delicadeza de dejarme saber que su alma navega en buenas condiciones al paraíso, al cielo o al infinito a donde quiera que vayan, espero volverlas a encontrar cuando me toque hacer ese último e inevitable viaje.
La esencia de nuestros seres queridos y ausentes abraza nuestro corazón; de alguna forma, logran comunicarnos su amor y lo significativos que somos para ellos.
PD. Estos escritos son una muestra de ejercicios realizados en el taller de escritura: narrativas autorreflexivas una apuesta por lo cotidiano. Sept—Oct 2023. Educación Continua. Pontificia Universidad Javeriana.
