Por Olga Ávila ( autora invitada)
Han pasado diez meses desde que murió mi madre, desde esa fecha hasta el día hoy, su casa que ya no es su casa, sino la casa de mi hermano y mía. La casa se ha vuelto un tránsito de cajas, de muebles, de herramientas, cortinas, losa, cuadros, y ropa, que pertenecían a ella. Es una casa de dos plantas, ubicada en uno de los barrios más antiguos de Bogotá, allí vivió por más de cincuenta años mi madre: es una casa grande, de las antiguas, de las que ya no construyen; en el primer piso se encuentran algunos locales, en el segundo piso vivió ella, allí crecimos mis hermanos y yo. La escalera, la baranda y el pasamanos son en madera, los techos son altos, de bareque y guadua; algunos pisos de las habitaciones están en listones de madera, la sala está ubicada al frente de dos ventanas que dan a la calle, tiene una sala comedor grande, al costado está la sala, y al otro costado está el comedor, y pegado a la pared, se encuentra unbifé , de color café oscuro, madera cedro, tallado con figuras en forma de óvalos y caracol , con un vidrio en la mitad que deja ver la losa que allí se guarda, varios cajones que se encuentran ubicados en la mitad tienen puertas en la parte de arriba y en la parte abajo, cada puerta tiene una chapa para colocarle llave. Mi madre mantenía las puertas y los cajones del bife con llave en todo momento, el bifé es un mueble grande que abarca casi toda la pared de lado a lado .
Hoy 15 de febrero llegué nuevamente a la casa, subí las escaleras, recorrí todo el pasillo, las habitaciones están casi desamobladas, al fondo está una habitación donde hemos colocado unas cajas que están llenas de objetos de cocina, porcelanas, carpetas tejidas en croché, espigas, ceniceros, herramienta, baldes, cobijas y documentos que aún faltan por revisar. Mi recorrido lo hice hasta el patio, donde está un lavadero, ubicado en la esquina de la terraza, encerrado en un espacio de un metro cuadrado, ahí madre lavaba a mano todo, sus sabanas, su ropa, y talvez sus dolores, y sus tristezas; me quede allí, contemplando desde la puerta de la cocina, ese rincón pintado de azul, y por un momento la volví a ver, lavando sus limpiones de cocina y sus trapos de limpiar el polvo, su ropa; estaba con su pantalón café y su blusa caqui de manga corta refregando una y otra vez sus trapos, ahorrando agua, pues lavaba sus limpiones en baldes.
Salí de allí directo a la sala comedor, y Marcela me estaba esperando para que desocupáramos el bifé, ya que don Misael, el maestro que está arreglando y pintando la casa, se lo quiso llevar porque quería conservar un recuerdo gratificante y significativo de mi madre, debido a la amistad que tuvo con ella durante tantos años.
Marcela comenzó a sacar la losa , la fue colocando encima de la mesa del comedor , lo primero que saco fue un juego de té de color blanco con dorado, pintado con florecitas rosadas y hojas verdes , que estaba colocado en la parte del frente, cuando uno miraba el bifé lo primero que veía era ese hermoso juego de té, con sus pocillos pequeños, platicos , tetera, lechera, y azucarera. Al verlo allí, mis recuerdos volvieron a mi infancia, estaba en primero de bachillerato , estudiaba en colegio femenino Santa Helena, y un día invite a mis compañeras a la casa, Patricia, Libia, Marisol, Martha Hoyos , y las invite a jugar que tomábamos el té, obviamente a escondidas de mi mamá, porque ese día ella no estaba, y recordé como jugábamos a ser grandes amas de casa. Mi mamá no lo estreno, nunca lo saco, fui yo quien algunas veces lo saco para jugar con mis compañeras de colegio , hasta que un día ella se dio cuenta que yo lo sacaba a escondidas para jugar, me pego me regaño prohibiéndome volver a sacarlo sin su autorización , desde aquel día no volví a poner una mano en aquella vajilla de té , solo hasta hoy, y mis lagrimas no se hicieron esperar, nuevamente salí al patio, tenía la esperanza de volver a verla en el lavadero, pero no fue así, me quebranté una y otra vez, pero no la encontré. También recordé que siempre cerraba la puerta de su habitación con candado, y cuando se le refundía la llave, la buscaba en el bifé, guardaba una copia de la llave de su habitación en la tetera grande del juego de té.
Volví a la sala comedor donde estaba todavía Marcela sacando toda la losa del bifé: dos vajillas completas estaban encima de la mesa, vajillas que solo mi madre sacaba en semana santa y navidad, cuando preparaba la cena y el almuerzo e invitaba a toda la familia; tenía muchos platos hermosos que nunca estrenó, copas de todos los tamaños que nunca se usaron, una gama infinita de cristalería, una reliquia completa, cuchillos, servilletas en tela bordadas, juegos de cubiertos, vasos dorados con blanco en cristal, una linda cafetera, y en la parte de arriba del bifélo adornaba una hilera de bandejas en plata y porcelana. Entonces sentí que estaba profanando su bifé, lo había despojado de todos sus tesoros.
Al otro día volví al medio día a la casa, y el biféya no estaba, se lo habían llevado, la sala comedor estaba desolada, vacía, ya no estaba el gran bifé de mi madre, ahora solo estaba una salón grande, con paredes de color beige y color naranja.
Ya se acerca la semana santa, mi madre cada jueves y viernes santo se dedicaba a preparar pescado seco sudado, lentejas y ensalada de zanahoria con remolacha y cebolla morada, y en algunas ocasiones, preparábamos envueltos que todos le ayudábamos a preparar; entonces las bandejas del bifé se bajaban para colocar los envueltos einvitaba a toda la familia a almorzar; y el gran bifé en estas fechas se abría, sus puertas quedaban sin llave para poder sacar la vajilla que se usaría para servir el almuerzo de esos dos días: las copas de brandy y de coñac también se sacarían para servir el vino (de la mujer amada), y el sabajon que no podía faltar.
Hace un año que ella enfermó, en marzo el médico nos dijo que había vuelto a reincidir su enfermedad y necesitaba ser hospitalizada. Hoy es 1 de abril, faltan diecinueve días para cumplir el primer año de su muerte, y debo terminar de sacar algunas sillas , escritorios y objetos que siguen habitando la casa, ya que hay un señor que la tomará pronto en arriendo.
15 de abril
Me despido de los recuerdos vividos y compartidos aquí, en esta casa donde crecí, donde vi morir a mi hermano Raulito, a mi Papá, a mi Abuela, y a mi Madre, esta casa cobija toda la energía de sus almas, de sus dolores, de sus tristezas, de sus alegrías y de sus secretos. Hoy siento la presencia de mi madre, aquí conmigo, siento la necesidad de tocar con mis manos y recorrer cada espacio, voy despidiéndome lentamente, cierro mis ojos y veo la casa con todos sus muebles , y el gran bifé lleno de losa, también veo a mi madre abriéndolo y cerrándolo con llave, sacando la losa para los grandes almuerzos de semana santa y navidad.
Le doy las gracias en silencio a mi madre, porque hace un año pensaba que no me parecía a ella en nada, que éramos muy diferentes, que no quería quedarme con nada de su forma de ser, hoy después de un año de su partida, confieso que me hace mucha falta, que deseo que me diga al oído: “ todo va a estar bien mija, no se afane ”. Y volví a llorar recorriendo la casa e intentando escuchar nuevamente su voz fuerte, tratando de entender que su voz, como ella, se apagaron con su muerte. Solo hoy lo pude entender que mi madre era mi todo, y que amo todo lo que ella fue, y que me parezco más a ella de lo que yo misma me hubiese imaginado.
P. D. Olga atravesó el duelo en compañía de la escritura, confrontó el dolor mientras se narraba y se atrevía a ser ella misma más que nunca. Este texto es uno de los relatos que surgieron en el proceso del coaching de escritura que tuve la posibilidad de acompañar durante un año.

Que bello escrito Olga. Me llevaste de la mano por la casa de tu familia, tienes una gran facilidad para otorgarle a los objetos la simbología que trae recuerdos y no solo tuyos sino de todos los que debemos desocupar el espacio que ocuparon nuestras familias. Hace poco mi mamá desocupó la última de las bibliotecas de mi padre que murió hace cuatro años. Cuatro bibliotecas cuatro años de muerto, muerte que no se supera, pero aprendes a vivir después de eso. Hermoso texto. Sigue escribiendo.
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