Somos polos opuestos. ¿Un capricorniano y una Aries?, alguien que conozca de signos zodiacales, diría ¡qué extraño! Sin embargo, quiénes nos conocen un poquito no creen que esto sucede porque siempre ante los demás se fingen gustos y complacencias para no incomodar y dañar la ocasión. Aunque hay ciertos momentos que nos llevan a mostrar en el rostro lo que no pronuncian los labios; revelando así, cada idea que se desenreda en el pensamiento. Él opta por el silencio y yo, por el contrario, me vuelvo parlanchina con tal de llevarlo al límite de su mutismo, hasta que termina participando de la charla o haciendo su propio grupo para reiniciar su vida social; pero de lo que no se percata, es que quiénes se han dado cuenta de su cambio de actitud observan, cómo de reojo, y no se pierden ninguna de mis intervenciones o expresiones que muestran la poca importancia que quiero darle a su malhumor.
La verdad, me pregunto; ¿qué nos ha llevado a esto?, porque en realidad cuando decidimos formalizar nuestra relación no parecíamos ser polos opuestos; sino todo lo contrario, dos AB que no se repelen, sino que decidieron hacer llave para conquistarse de manera extraña con la mirada, el alto sentido de escucha el uno para el otro, los chistes flojos que nos divertían y hasta la capacidad de asombro por cada maravilla de la naturaleza que quisimos admirar en su momento. Y es que esa es la realidad de miles de parejas, cuando nos dejamos impresionar por esa química corporal que produce en el ánimo el impulso a decir ¡eureka! ¡lo encontré, la encontré!
En ocasiones, se hace fácil hacer promesas, con la certeza el tiempo lo puede todo, que el tiempo ayuda a que el ser cambie; que yo seré, llámese él o ella, la que lo hará cambiar. En nosotras, tal vez un instinto maternal de querer solucionarlo todo, hasta curar las heridas que trae el otro desde su propio “yo”, y ellos tal vez, llenar un vacío paternal que identificó en mí, a una chica menor cinco años. Pero lo que no identificaron los dos, es que con sus signos zodiacales no les sería tan fácil porque a pesar de tener algunas coincidencias es la perfección capricorniana la que los hace ahuyentar su querer. Madurez o inmadurez, igual estábamos muy jóvenes para darnos cuenta de lo que realmente se iba a construir; sin embargo, nos arriesgamos como esos que se creen adultos. Con la ilusión de un “felices para siempre” sin él querer abandonar los caprichos y juegos que traía y con los que sentía placer. Es ahí cuando el color rosa se torna de todos los colores y asumí muchas responsabilidades con tal de sentirme capaz y no salir corriendo a la primera. Abandoné espacios, gustos y amigos para luego darme cuenta que no era tan necesario; que no hay un final feliz como los cuentos que leía en mi niñez y que la felicidad está llena de espinas que hacen sangrar el corazón, a veces profundamente y otras superficial; pero no menos importantes.
En esta historia, no quiero ni hundirlo ni salvarlo; tampoco hundirme ni salvarme. Solo quiero que ojalá pudiésemos entender esto del amor; eso de la lucha interna que nos lleva a tratar de halar la cuerda cada uno para su lado cuando las cosas no salen como una quiere; porque es que nosotras en medio de todo cuando somos arriesgadas a aventarnos con toda, no importa cómo nos toque, ¡ja! Lo logramos todo. Bueno, eso tal vez venga del fuego y de marte unidos para sacudir y mostrar la fuerza que no nos deja decaer. Y no sé si es orgullo, petulancia o egocentrismo; en esos momentos de desacuerdo, solo sé que la fragilidad se hace a un lado para que llegue la firmeza más no la rivalidad, porque uno de los dos, al final por X o Y razón, o por la edad en la que estamos, ya pasamos los cincuenta o la misma vida con todo lo que nos ha enseñado, termina cediendo los espacios y como niños que quieren quedarse con su juguete preferido, llega la paz.
Deisy desde chimá, santander
PD. Estos ejercicios fueron realizados en el curso virtual de literatura, sentido y vida. De la escuela Vía Simbólica. Junio-Julio 2024
