Muy a menudo, un espacio físico nos convoca al desarrollo de una actividad; trabajar, enseñar, aprender, jugar, entretener, entrenar, entre otros. Realizamos acciones individuales que nos conectan con experiencias colectivas, migramos de lo íntimo a lo privado, y de lo privado a lo público, sin darnos cuenta.
Una pista de patinaje se convierte en un lugar de encuentro para cultivar el cuerpo, especialmente si lo frecuentas en horarios en los que pocos se atreven, en la madrugada o en las noches. Sin pretenderlo, este espacio es un punto de encuentro para desconocidos que, por elección, disponibilidad de tiempo, o lo que sea, comparten un lugar para practicar una afición o cumplir con una meta.
Una noche, mientras practicaba el deporte que me cautivó desde niña, patinaje en línea, me encontré con una mujer que decidió aprender a patinar a sus 28 años. Me encantó lo resuelta y valiente que se veía al andar sobre ruedas, lo contemporáneas que eramos y la coincidencia en los días siguientes que hizo que se sostuviera una relación de mucha complicidad. Así que, concluimos que podríamos complementar la actividad física con el entrenamiento en un gimnasio, y decidimos visitar uno que recién inauguraban.
A mis 27 años no frecuentaba los gimnasios, no estaba en mi cabeza hacerlo. A esa edad me esforzaba por contribuir a la transformación social, económica y cultural de un territorio a través del tejido empresarial y la formalidad laboral que éste posibilita. Me absorbía la vida laboral de lunes a viernes, los fines de semana, viernes y sábado, estudiaba un postgrado, pensaba que no tendría tiempo para cultivar el cuerpo, por lo que elegí patinar en las noches, y entrenar con mi nueva amiga en las madrugadas.
En retrospectiva, veo que corría mucho y daba poco espacio para los encuentros de verdad con familia y amigos, me negaba a hacer pausas para conversar con la gente. Sentía que la vida era muy corta para perderla descansando. Obviamente, hoy pienso que el descanso sólo es necesario y que hace bien a la salud del alma y el cuerpo, sino que es un derecho legítimo para el disfrute de la vida.
Muy convencida de no querer madrugar de balde, escogí el servicio personalizado que me ofreció el gimnasio para lograr resultados esperados, con buena técnica. Desde entonces, la presencia del entrenador; sus ojos, voz firme y contacto físico, me aseguraba que no respiraría más de lo necesario.
A las 5:00 a.m. ya estaba sobre la banda de calentamiento. Pocas personas, entre esas, estaba mi amiga, una señora que tranquilamente podría ser mi mamá y un joven. Un encuentro con madrugadores, el joven calentaba poco, unos 5 minutos y entrenaba autónomamente. Yo me quedaba cinco minutos más. Una vez me bajada de la máquina me esperaba el instructor y dirigía el trabajo según correspondiera en mi plan de entrenamiento.
Pasado los meses, el joven, aprovechando un descuido, me expresa que ha observado que el instructor es muy exigente y que yo era muy juiciosa con los ejercicios. Me río y apruebo su comentario. De ahí en adelante, cada vez que podía, el joven no dejaba de expresar palabras de afirmación y reconocimiento por la disciplina y la intensidad del ejercicio. Poco a poco empecé a saludarlo y, también, a expresarle su evidente compromiso con el cuerpo.
Un día cualquiera, el joven me pide que le comparta mi número de móvil, y no vi problema, pues creía que nos debíamos una conversación un poco más larga. Lo veía como alguien amable, disciplinado, comprometido con su salud, soltero, y que, así como yo, trabajaba y no había tiempo que perder. Pasado los días, me confiesa que, con frecuencia, me observa pasar cuando me dirijo al trabajo, que sale a la cafetería de la esquina para verme pasar a las 8:00 a.m. Sin pretenderlo, se estableció otro encuentro, cercanía de los lugares de trabajo.
La conversación continuó varios meses por chat, hasta que un día me invita a salir. Curiosamente, una tarde en la que me encontraba leyendo La civilización del Espectáculo, de Mario Vargas Llosa, y decido contarle un poco de la trama del libro, acepté hacer la pausa y conversar. Me llevó a mi lugar favorito, un lugar en el que podía comer liviano y tomarme una copa de vino tinto. Me recoge en su carro, me guía a mi silla, tuvimos una conversación amena, y al finalizar, paga la cuenta y me deja en casa. Todo un caballero. Yo hablé verdad, hasta donde supe; compartí de mis rutinas, de los sueños, de cómo llegué al trabajo, entre otros asuntos básicos de quienes quieren conocerse. Por su parte, él me habló de la vida que quería tener y no la que tenía.
Me cuenta de él, que vivía con su madre, que estudió la carrera profesional con mucho esfuerzo, que tocaba guitarra, que bailaba, entre otras cosas, muchas resultaron divertidas y atractivas a mis ojos y oídos.
En aquella temporada me quería volver a encarretar. Hacía aproximadamente un año que había terminado con mi novio, uno de la U y quería conocer a alguien, un hombre soltero, juicioso, bailarín, con un arte de pasatiempo, lector para tener buenas conversaciones, y por supuesto, profesional. Yo jugaba con una regla tácita, una supuesta libertad en los vínculos, relaciones amorosas sin compromiso, que no estuvieran por encima del trabajo y estudio. Irónicamente, él quería una vida igual.
Él se persignaba, iba a misa cada domingo, muy seguro de que esa actividad lo ubicaba en la franja de buena persona. Yo, contrariamente, nunca me persignaba, ni hablaba de misa o encuentro fraternal-religioso. Una vez me reclamó mi falta de fe, le respondí abiertamente que eso no era necesario, que sencillamente creía en Dios, que sabía que existía, que era grande y que estaba arriba de todo; muy en el fondo lo veía como un Dios lejano y para nada interesado en participar de las pequeñas experiencias de mi vida, por lo que no lo hacía parte de mi intimidad y privacidad, de nada.
Pasado los días, el joven me confiesa una verdad que no esperaba y que me llenó de temor y vergüenza. Quedando al descubierto su juego y maldad; él quería un escape, una aventura, huía de su compromiso y lealtad, pues era un hombre casado y su esposa estaba embarazada. Un desencuentro brutal.
Me vi envuelta en un juego sucio, pisando una zona que creí nunca pisaría, me calificaba como íntegra y buena mujer. Entré a un campo minado porque me moví sobre supuestos; supuse que él hablaba verdad, que me admiraba, que le gustaba, que era soltero, que era un juego limpio. Él se movió con astucia, sigilo y precisión en cada paso. A él le pesó la culpa, así como el corazón delator de Poe, y confesó el crimen. A mí, me aplastó la vergüenza y el autorreproche.
Me sentí terrible, decepcionada conmigo misma. Una maraña de emociones y sentimientos me inundaron, quería morir, quería que él se muriera, o que se fuera, o que se mudara lejos con su familia, quería desaparecer; en fin, que de alguna manera eso acabara sin dejar huella. Pasé por la negación, me repetía una y otra vez que eso no era verdad, que en esa película no era la villana, la amante.
En aquella situación salió lo peor de él, mal conversó a quien era su compañera, la deshonró: expresó una y otra vez que no la quería, que estaban a punto de separarse y que no lo hizo por el hijo, quedó al descubierto su deslealtad y el agua sucia que salía de sí para salpicar a otros. Simultáneamente, de mí también salió lo peor, quedó expuesto lo egoísta que era, evidentemente mi condición me llevó a vincularme, sin mucho requisito, con ese otro. Quería a alguien que no reclamara más de lo que podía dar, que no se ilusionara, que no quisiera hijos, que no soñara con casarse. Todo bien por mi pretensión, sin embargo, no conté con las condiciones y reglas implícitas de ese otro. Digo que fui egoísta porque pensé en favorecerme con esta experiencia, quería un entretenimiento alterno al trabajo y estudio, y un sustituto para alimentar una adicción, una que pocas veces se juzga como tal, al sexo. Adicionalmente, se expuso un gran vacío en mi alma, seducible a todo aquello que prometía llenarlo; palabras de afirmación, atenciones, caricias, etc.
Desde la confesión, me sentí en arena movediza, cualquier movimiento me hundía. También, me sentí en un pantano pegajoso y denso del que cuesta salir. Y una vez se sale, te llevas las botas y la ropa sucia. Ya no podía mantenerme indemne y decir con orgullo “nunca me he metido con un hombre casado, eso es para grillas”. Hoy, entiendo que la suciedad de la culpa y la vergüenza enloda más que la ropa, te enloda a ti y a tu familia, arrastra tu reputación, te pisotea.
El enfrentamiento está contigo misma, empiezan los hubiese “y, si yo hubiese sido más astuta, si hubiese mirado si llevaba anillo, si hubiese buscado una sombra en el dedo” si hubiese preguntado, si hubiese esperado. Te abraza la autoanulación y el reproche ¿por qué caí tan bajo?, ¿qué hay de malo en mí para que esto me pase?, ¿por qué no me fui de inmediato? etc.
Hoy entiendo que no se puede huir para siempre, y que el primer paso es detenerse y descargar el peso de la culpa y la vergüenza; reconocer que recorrí ese camino por ingenua, seducible, problemas de autoestima y ausencia de límites para cuidar mi ser (Cuerpo, alma y espíritu). El segundo paso es aceptar las pérdidas, en mi caso, tendré que admitir esta parte en mi historia, cargar a mi cuenta un comportamiento que juzgué del otro lado; no me siento orgullosa, sencillamente debo admitir que pasé por ahí, entendiendo que hubo un error o una cadena de ellos, que la culpa tampoco la tiro a ese otro, pues quise ganar un juego con fichas desconocidas y sin conocer al contrincante.
Puedo decir que, vincularse con otro, de esa manera, no es libertad, sino esclavitud; esclavitud al placer, a los apetitos del cuerpo, al temor. Actualmente, veo que esta experiencia no es para bajar la mirada sino para alzarla hacia mí, para conocerme, y reconstruir los pedazos, establecer límites para cuidarme en futuras relaciones. Con más atención para discernir sombras visibles e invisibles en otros. Para saberme quién Soy, como mujer, como individuo, como Hija.
En este presente puedo ver que, a los 27 años no existía Dios en mi intimidad, hoy, y gracias a esa y otras tantas experiencias, acepto un encuentro cada día, digo sí a una cita con quien me conoce y está dispuesto a dejarse conocer. Yo creía que él era distante y ajeno a mi cotidianidad, lo incluí y él estaba en mi intimidad. En el pasado, en ese momento de culpa y vergüenza, donde ni yo me quería, no me juzgó, me vio llorar como niña y me consoló, me sostuvo cuando el orgullo no me sostenía, me habló verdad a mi corazón y empezó a llenar el vacío; ahora no me deslumbran o seducen fácilmente las palabras externas, aduladoras o seductoras de un completo desconocido para vibrar en la vida. Procuro escuchar Sus palabras por encima a las de un hombre. Afortunadamente, Él me susurra palabras bonitas, son suficientes para caminar erguida. Él me mostró y me continúa mostrando dulzura, ternura y compasión. Me está reconstruyendo, está tejiendo los fragmentos de mi alma, me está animando a establecer límites para cuidar mi SER; me prepara para nuevos encuentros y para ser más compasiva ante mujeres y hombres con conductas como las que protagonicé.
PDTA: La amiga de aquellos años sigue siendo amiga. Ahora, no soy tan juiciosa con el ejercicio en gimnasios, ella sí. Nos separan kilómetros de distancia. Sueño con contarle de un nuevo amor, uno bonito, otra historia. También, sueño con otros encuentros, en otros lugares, idealmente, los prefiero con un café o una copa de vino en la mano.
Wendi Sierra desde Caldas, Antioquia
PD. Estos ejercicios fueron realizados en el curso virtual de literatura, sentido y vida. De la escuela Vía Simbólica. Junio-Julio 2024
