Autorretrato

Por: Rosalba Ospino Peña

Nací un año bisiesto comenzando en domingo según el calendario gregoriano. Año de independencias y de un invierno frío en el lejano continente, ese que visité ya grande y del cual me enamoré. Contrario a mi Valle, con un calor intenso, me recibe al mundo, un ginecólogo chocoano que tal vez vio de diferente mi blancura contrastante, y le dijo a mi madre que tenía unas manos de pianista y que iba a ser una persona importante. No fue la única predestinación: Una  adivina le dijo a mi padre que iba a tener varios hijos varones pero solo una niña y que a ella le diera todos los estudios posibles pues se convertiría en su orgullo por siempre. Si se le cumplió. Escogió mi nombre, no sé si por una exnovia o una novela. Nunca lo supe.

Como papá iba a sus “correrías” por su trabajo, la mayoría del tiempo, mi hermano y yo, al caer la noche, nos metíamos en la cama matrimonial con mi mamá y la diversión era enseñarnos poesías y contar historias, la mayoría inventadas, con la creatividad de las contadas por Schehrazada en las mil y una noches. Lo mejor de la velada era soñar siempre con un futuro mejor. Inculcarnos el optimismo y enseñarnos a visualizar nuestra vida cuando estuviéramos grandes. Su inteligencia me asombra… Es como si se hubiese adelantado a sus tiempos.

Siempre fui muy buena estudiante, gané todas las medallas que se inventaba la directora del colegio. Todas las semanas izaba bandera. Cuando terminé primaria, recibí de regalo “El Quijote de la Mancha” en 3 grandes tomos encuadernados en lino y en castellano antiguo. Fue el inicio de convertirme en lectora asidua de las obras clásicas y de otros libros sugeridos por el tío Rogelio, poeta y abogado erudito. Comencé a declamar en todos los actos del colegio y gané varios premios, el último antes de irme a la Universidad.

Desde los 5 años escogí mi profesión. Aquel día le dije al pediatra: Seré como usted. El doctor me colocó en mis oídos el fonendoscopio para que oyera mis propios latidos. Años más tarde, cuándo se encontraba con mi padre, enviaba saludos a la colega. Creo que por lo inusual de aquella época nunca se olvidó del episodio. Fui de las primeras médicas que dio mi ciudad.

Después de 12 horas de viaje en un COPETRAN, llegamos Myriam y yo a Bucaramanga. Éramos representantes del colegio en un Festival de Teatro. Supe desde el primer momento, que regresaría para quedarme y que allí labraría gran parte de mi vida. Separarme de los cuidados de mi casa no fue fácil, acostumbrarme a otras personas y  enamorarme cayó como del cielo. Debía ir a Telecom a llamar y averiguar cómo estaba todo. Recibía llamadas por el teléfono negro cuando mami estaba enferma. Me dolía el corazón.

Fue en uno de los paros de estudiantes, en que no solo se estudiaba, que quedé embarazada. Lo que más me preocupaba no era el embarazo ni qué iba a pasar después que tuviera el bebé, sino cómo comunicarlo a mis papás quienes habían soñado casamiento por la iglesia y vestidos todos de boda. Al fin tuve la valentía y se lo dije a mi mamá por teléfono. Ella intuyendo que algo no andaba bien para tomar esa decisión, vino a acompañarme y me sacó la verdad. Al despedirse me dijo: No abandones tus estudios. No te cases, no tienes por qué hacerlo. Un hijo es una bendición y repetía: No te cases porque si lo haces llorarás lágrimas de sangre. Y así fue… fueron de sangre…

Mientras subía las escaleras, sentí la primera contracción y aunque no tocaba todavía, me puso en alerta. Me desempeñaba como auxiliar docente, cargo que obtuve gracias a mis calificaciones y a la recomendación de mi profesor de fisiología. Fue una gran ayuda, pues era poco lo que podían enviar de casa. Al final del viernes nace Rodrigo, un poco flaco por el tiempo que le faltaba. Como si fuera una aseveración de que los niños traen su pan debajo del brazo, su papá fue nombrado por conexiones políticas en el puesto de estudiantes de último año, más solicitado. Ya no era tanto la afugia económica aunque tocó vender su acordeón y mi violín. El gran esfuerzo de ser mamá y estudiante, asistiendo a la rotación de anestesia un lunes después de haber parido el viernes por la noche, no tiene comparación. Mi mamá no podía creerlo, nunca había visto algo semejante. Me salté la tal dieta y solo obtuve como prebenda donar mi leche materna a los prematuros para que no se derramara en mi ropa de Mayo. Aprovechando la neurogénesis del post parto para cumplir todos los requerimientos, terminé mis estudios, hice internado y me gradué.

Disfruté mí rural; conocí mucha gente, algunas son grandes amigas. Terminando el año se me hace una herida de amor en el corazón; ya era demasiado tarde: quedé embarazada de mi segundo hijo. Regreso ya de grande a los brazos, consuelo y cuidados de mi mamá quien me induce a perdonar. Trabajo en dos sitios diferentes y en algunos turnos por la noche. El tiempo era el previsto, irnos a especializar. Era de las pocas que tenía hijos y responsabilidades derivadas aunque  eso nunca importó a la hora de asignación de turnos en ese edificio antiguo, con pasillos largos y fríos, lleno de experiencias y conocimientos y con pacientes dolientes y moribundos por una enfermedad cada vez más frecuente y que no respeta a nadie.

A pesar de la invitación del Director para quedarme, decido por la exclusión de su propuesta, trasladarme de la “ciudad nevera” a la “ciudad bonita”. Con muchas personas y cosas conocidas y con poco apoyo comienzo a crecer y a hacerme más fuerte. Además de trabajar y mis labores de mama, queda tiempo para aprender a cocinar, hacer ejercicio y cultivar buenas amistades que años más tarde me servirían como apoyo para soportar la época más amarga de mi vida después de haber llegado de cumplir mi primera beca de perfeccionamiento en Francia y conocer varios países. Encuentro a un esposo distanciado y enamorado.  Como solía decir, me cayó la roya, la broca y las 7 plagas de Egipto. Lo que más dolió fue la fragmentación de la familia y la traición y maldad de colegas. Quedé con una mano adelante y otra atrás, decía mi mamá, suficiente argumento para su maldición que  tarde o temprano se ha cumplido. Con deudas, el corazón roto y un hijo, regreso a donde tal vez no debí irme, con solo la aseveración de mis compañeras especialistas que las cosas suceden para algo mejor y que algún día le daría gracias a Dios por todo el daño que me causaron. Tal cual.

Contaba con una diferencia, tenía otra especialidad valorada en aquellos tiempos del inicio de la Ley 100.  Se fueron abriendo puertas gracias a un excelente profesor muy importante y a mi gran amiga y compañera de la segunda especialidad. La situación fue cambiando cada vez más rápido: nuevos trabajos, ascensos laborales, liquidez, estabilidad, muchos viajes y conferencias, un nuevo amor con un inesperado comienzo. Mi segundo matrimonio ha sido más largo y mucho mejor que el primero. He recibido mucho amor y apoyo y lo más probable es que si no hubiese sido el con sus características, hubiese preferido quedarme sola.

Puedo considerarme exitosa, pero más que eso la resiliencia es mi súper poder. He caído, me he levantado y he empezado varias veces, aún desde menos cero. Siempre he amado mi vocación, mi profesión y mis trabajos, unos más que otros. Amé lo que hice con aciertos y desaciertos, aprendí y enseñé. Hice cambios en mí y en muchos y verdaderas transformaciones en el quehacer y en el pensar hasta dejar un legado por una especialidad mejor y más valorada.  Preparé mi jubilación, paso a paso y sin embargo, me dolió que me retiraran de mis pacientes. Me sentí tirada a la caneca de la basura. Lloré lo que consideraba mi pérdida de identidad, hasta casi quedarme sin lágrimas, hasta que me reinventé…

Soy cada vez más feliz, porque se cómo serlo. Expreso siempre gratitud; cultivo el optimismo; mi familia y mis amigos son mi prioridad; disfruto los placeres y las cosas hermosas de la vida y cuido mi cuerpo, mente y espíritu. 

Lo que más me gusta, es compartir con Toño y quedarme en casa, un rato en cada rincón,  todo un domingo o un festivo. En los últimos años, algunos de los fines de semana nos visitan hijos y nietos. Disfruto mucho de las celebraciones familiares y  reunión de amigos especialmente si se hacen en casa,  pero quizá lo que más me hace vibrar de emoción es  una  parranda vallenata.  Cantar y bailar es mi mayor diversión. Igual que mi padre. Recuerdo cuando me llevaba a las reuniones, abríamos  y cerrábamos el baile y hasta nos hacían ruedo.  Cantar con mis hijos  me llena de mucha alegría. Aprecio un buen concierto  de piano y de violín aunque el instrumento de Paganini me recuerda la única frustración que me queda al no haberlo aprendido a tocar. Gracias a Dios, el nacimiento de Elisa borró mi otra frustración biológica. Me haría muy feliz que herede mi amor por la profesión y que cuando esté grande juramente a Hipócrates.   

Viajar con mis hijos y Toño,  conocer y aprender de cada lugar, es mi segunda pasión pero lo mejor del viaje es regresar a casa sana y salva y volver a dormir en mi cama con mi almohada. Amo cocinar y hacer cocteles pero arreglar la mesa de comedor de diferentes maneras, siempre elegante, es la tarea predilecta en mi casa. Seguidora de las doctrinas del Feng Shui, diseñé mi casa grande y bonita como la había soñado

Amo el buen vestir, la elegancia, la ropa, los zapatos, los accesorios como collares, sombreros y pañoletas. Heredé la coquetería y la elegancia  de mi tía Clary  quien me regalaba ropa, zapatos y perfumes cuando estaba en la universidad. Visto “conjuntada” como dicen los españoles y adoro el rojo, color de moda del año de mi nacimiento.

Agradezco todo lo que soy, lo que sé, lo que hago y lo que tengo. Me considero muy afortunada. Tengo hijos, nietos y a mi gran amor a quienes adoro; he sembrado el árbol y he escrito libro y artículos.  Sigo mi propósito de ayudar a los demás y mi pasión de aprender y enseñar. A lo mejor disfrutaría de reconocimientos pero en vida, no cuando me muera. Duermo tranquila y en paz con la satisfacción del deber cumplido .Solo me falta escribir el libro de mi vida.

Médica oncóloga ya retirada de la vida labora, pero que continúa su misión de ayudar a los demás, y con su gran pasión de aprender y enseñar.  Soy coach oncológico y de imagen personal y bienestar y amo lo que hago y lo que tengo.

PD. Estos escritos son una muestra de ejercicios realizados en el taller de escritura: narrativas autorreflexivas para acompañar la vida.  sept—Oct 2024. Educación Continua. Pontificia Universidad Javeriana.

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