Los diarios de Meri

Por: Maria Fernanda Castro

Por allá en 2009, mis padres me compraron algo llamado diario. Una libreta con candado y llaves. Con figuras en la portada y en las hojas. Con espacio para escribir la fecha y hasta el clima. No era como los cuadernos del colegio, su formato era distinto. Algo muy novedoso para mi yo de 7 años.

Por primera vez me sentí con potestad absoluta sobre algo. Era mío, nadie lo podía leer más que yo. Era un espacio donde podía escribir e incluso dibujar lo que se me antojara, sin seguir esas reglas de: con rojo los títulos y con negro lo demás. Era libre. Podía tomar decisiones y nadie me juzgaría. Podía anotar mis inquietudes o frustraciones. Sin olvidarme de la fecha en la parte superior.

O podía simplemente relatar lo que me estaba pasando. Como si le contara a alguien lo que aconteció en mi día. Los juegos con mis primos, los regalos de navidad y una que otra ilusión romántica infantil.  Y para finalizar, desarrollé una curiosa necesidad de firmar lo escrito. Como si quisiera dejar aún más claro que fui yo quien vivió todo eso.

La emoción me duraba un par de semanas, luego quedaban hojas vacías. Tal vez encontré algo más interesante para entretenerme y lo olvidé por unos años.

Con el tiempo, la seguridad que me otorgaba ese diminuto candado se esfumó. Cuando quise escribir en otras libretas, que ya no tenían esa protección extra, no tardaban en ser leídas por alguien más. Mis primos menores, incluso mi mamá.

Desafortunadamente ya en esos días no hablaba de los juguetes que recibí, sino de lo mucho que me gustaba la que en ese entonces era mi mejor amiga. Ya mis pensamientos, sentires y secretos dejaron de estar a salvo.

No tengo registros de lo que escribí en aquellas épocas, pues mi madre me obligo a romperlo todo. Quiso que no dejara rastro de tal abominación. Me castigo y reprimió. Pues no podía sentir eso y menos dejarlo escrito.

Fue un detonante horroroso que me hizo temer y por un tiempo me obligó a no volver a escribir.

Empecé a leer compulsivamente. Me volví fanática de las novelas románticas. De las sagas con dramas adolescentes que se parecían los míos. En medio de eso, me encontré un personaje, Meri. Una chica aplicada y obediente, algo temerosa y desorientada, como toda niña de 15. Le gustaba escribir y también estaba enamorada de su mejor amiga.                               Era yo, pero con otro nombre.

Automáticamente me vi reflejada en ella y surgió una idea, que, hasta la fecha, sigo aplaudiendo ese ingenio, pues creé una forma sutil y elegante de ocultarme. Bajo ese nombre. Ahora Meri seria quien certificaría todos mis escritos.

De nuevo me sentí libre. Podía decir que todo eso que venía firmado con ese nombre eran solo partes que extraía de los libros, que para nada eran de mi autoría. Volví a pactar en una que otra libreta todo eso que atravesaba mi corazón. De a poquitos volví a ser dueña de mis diarios, bajo este nuevo sistema que me dejaba fuera de peligro.

Un poco más grande, cuando ya me aprendí de memoria todos los métodos existentes para mentir y ser cautelosa se convirtió en mi mayor virtud, agarré valentía y empecé un diario nuevo donde escribiera mis angustias y pesares, esta vez sin seudónimos, ni cosas a medias. Solo pactar en esas hojas con pelos y señales todo, enserio todo. Como si conversara con alguien de confianza, como cuando tenía 7, con fecha incluida.

De nuevo era inconstante. Tal vez solo usaba ese recurso en los momentos de más desesperación. Cuando más sola me sentía, estaba envuelta en la tristeza y necesitaba desahogarme.

Así que decidí cambiar el rumbo de ese diario. En otra libreta, se me ocurrió empezar a escribir, día con día, lo que me hacía feliz. También como un recurso para forzarme a mantener el hábito. 

No fucionó mucho. Nuevamente fue solo por un tiempo, en mis arranques de no dejar escapar nada de lo que me sucedia. Al menos fué un poco mas prolongado que las ocasiones anteriores. Me gustaba acompañar los textos con algun tesorito. Una flor, una hoja, alguna nota o mensaje. Esas libretas fueron capsulas de memorias dichosas y agradeciemientos.

Tambien tuve un diario compartido, por primera vez, con mi mejor amiga. Teniamos por ahí 12 o 13 años, empezabamos bachillerato y eramos compañeras de puesto. El tiempo juntas era constante y decidimos aprovecharlo haciendo dibujos en una libreta cualquiera. Cada una tenia su lado y podia hacer lo que quisiera. La mayoría de las cosas que haciamos, como niñas adolescentes, era figuras de nuestras bandas favoritas, diseños de vestidos y retratos de nosotras juntas. Era dulce y divertido. No habia expectativa alguna, ni busqueda de perfección.

Ella y yo seguimos siendo mejores amigas hasta el día de hoy; ambas con 22 años, y cada que regresamos a esos dibujos, nos enternecemos en recodar aquellas niñas que decidieron aprovechar al maximo su compañía por medio de aquel diario.

Incluso intenté hacer un diario de viaje cuando conoci el mar por primera vez. Fue una motivación significante para disponer una libreta solo para ese acontecimiento tan especial. Desafortunadamente y no para mi sorpresa, lo dejé a medias y solo escribi a detalle lo que pasó el primer dia. Nunca más volvi a hacer un diario de esa índole.

La emoción de querer llevar un registro de mi vida continuó. Tomé otro cuaderno y desde el 2016 empecé a llenarlo con objetos y elementos de todo tipo. Desde envolturas de mis dulces favoritos, hasta publicidades curiosas, imágenes que imprimía, empaques, folletos, tiquetes de conciertos, dibujos o mensajes que me haya obsequiado alguna persona.

Atendiendo a mi descontento hacia la presión diaria de registrar, esta dinámica me fascinó pues lo podía llenar cada que se me antojara. A modo de collage componía una página tras otra. Me divertía con los colores y texturas. La apreciación genuina de cada objeto y la historia detrás era lo importante. Descubrí que este ejercicio tenía un nombre, scrapbooking o libro de recortes, al parecer era una práctica común en el mundo, en especial en personas creativas. Fue curioso, pues yo inicie haciéndolo por inercia y emoción, sin tener ni idea de aquella información.

Se convirtió en un repositorio de mis universos objetuales. Un archivo de materiales sin fecha específica, pero que hablaban por si solos y al verlos me trasportaba directamente a un recuerdo o a la razón de por qué los quise atesorar.

Nuevamente, años más tarde, tuve un diario compartido, ahora junto con una de mis parejas. En su momento nos pareció gran idea fabricar una libreta de cero y hacerla nuestra. Cada una la tenía por un tiempo y luego se la entregaba a la otra. Un extremo era el mío, lo podía llenar a mi antojo y ella el otro extremo de igual forma. Nos escribíamos cartas, añadíamos fotografías, tiquetes, hojas, dibujos y algunas canciones. Todo lo que nos recordara a la otra tenia espacio ahí. Fue un diario en común, algo que solo conocíamos las dos.

Fue lindo mientras duró, pues ella también era increíblemente inconstante y antes de darnos cuenta todo acabó. Yo me lo quedé. Ni siquiera recuerdo si fue mutuo acuerdo o cual fue la razón de que este en mi cajón.

Pero lo conservo con mucho cariño. Como consigna de nuestra historia de amor.

Tuve dos diarios en las notas de mi celular. Uno para dejar ir y otro para esperar. Me pareció factible usar lo digital para escribir en cualquier segundo del día, pues ese aparato siempre lo tenía a la mano. Haciendo la fila para pagar en un supermercado, en el tren camino a la universidad o estando en alguna cafetería. Tuve momentos donde solo quería llorar y dejaba salir las palabras que fueran de inmediato.

Aprendí a dejar ir un año y medio después de escribir casi todos los días. Finalmente entendí que ella decidió tomar otro rumbo, amar a alguien más y estuvo bien. Gracias a ese ejercicio sané. Gracias a atender a mi feroz necesidad de echar maldiciones y lamentarme una y otra vez, hasta que ese sentimiento desapareciera y no quisiera escribir más.

Por otro lado, use ese recurso para contabilizar una espera. Mi relación de aquel entonces se había quedado en pausa por 20 días. Y durante aquellas semanas escribí sin falta contado mi día a día a aquella chica, esperando que al llegar al último día habría un posible reencuentro y todo siguiera adelante. Y así fue. Por alguna razón me sentí decepcionada, en el fondo, me hubiera gustado seguir escribiéndole sin verla. Nunca le mostré aquel diario.

Ya en el presente, me enternece ver la variabilidad de formatos en los diarios que usé. Mi tipografía y todo lo que me interesaba escribir en las diferentes épocas de mi vida. Todos los recursos gráficos y elementos que añadía.                       Es hermoso ver lo mucho que he crecido a través de ellos.

Hoy en día ya no firmo como Meri y pocas veces añado la fecha. Prefiero narrar lo que me plazca sin más. Cuando lo pide mi cabeza para estar tranquila o solo porque enserio me gustaría no dejar ir algún momento. No me ato a alguna fecha o temporalidad continua. Ya aprendí que no sirvo para eso. Me permito tachar si es necesario, no me culpo por no tener la letra ideal. Un diario definitivamente no exige que se haga todos los días y que mantenga alguna rubrica perfecta.

Es algo libre, algo intimo que abraza lo que decida su dueño.

Es un dialogo interno precioso, sin expectativas ni afanes. No importa el formato ni el espacio que se emplee. Como mi libro de recortes, que ya estaba a rebosar y hace unos meses empecé uno nuevo.

Todo puede mutar, cambiar y adaptarse a los intereses de cada momento de la vida. Es una extensión de nuestra cotidianidad.

Como los agradecimientos, que los sigo haciendo espontáneamente algunos días a la semana.

Por último y lo más reciente que tengo fue lo que escribí acerca mi cirugía. Dibujé algunas escenas clave de todo lo que sucedió y aún no he terminado de anotar cada cosa como me gustaría. Faltan detalles. Algunas conversaciones y pedazos de la anécdota.

Aún sigo en la tarea. Tal vez en un mes o en una semana o incluso esta misma noche, vuelva a atender el impulso de escribir y escribir en ese diario.

Pues el gusto por registrar y archivar lo que me pasa para no olvidar, sigue vigente.

Mi nombre es Maria Fernanda Castro. Soy artista plastica, adoro el color amarillo, tengo el cabello crespo y hacer reir a carcajadas a mis seres amados me hace muy feliz. Escribir me ha salvado la vida y me sigue manteniendo viva todos los dias. 

PD. Estos escritos son una muestra de ejercicios realizados en el taller de escritura: narrativas autorreflexivas para acompañar la vida.  sept—Oct 2024. Educación Continua. Pontificia Universidad Javeriana. 

Deja un comentario