Reto y oficio

Por: Paula Andrea Vélez

27 años atrás la aventura era diferente. La mañana del 14 de agosto de 1997, me levanté animada para ir a trabajar. Llené de besos el rostro de mi bebé de 1 año, con cuidado de no despertarlo. Lo bendije y salí de casa.

El reloj mostraba las 5:30 am pero parecía que casi era navidad. Ese día en especial aclaró más temprano. Desde el bus, en el asiento delantero, pude ver en todo su esplendor la bienvenida matutina.

Llegué a la universidad a las 6:00 am para la clase de gerencia financiera, era de todo mi gusto e interés.  Salí  directo a la oficina, al llegar llamé para preguntar por mi hijo, mi madre lo cuidaba a partir de las 7:30 am para que Roberto, su padre, fuera al trabajo.

Pasaba la semana 36.5 de mi segundo embarazo. La emoción de que pronto conocería a mi amada María funcionaba como un motor de alegría y fuerza, que me dotaba de habilidades intelectuales y físicas para hacerlo todo con asertividad y prontitud.

Ese día teníamos la visita del gerente del banco. En la empresa, el dueño de la compañía estaba solicitando un crédito, para capital de trabajo.

Bueno, esa era la versión de afán. En realidad el crédito era para cubrir las expensas de su viaje a Roma con la esposa, a fin de reconciliarse luego de una infidelidad con la nana de sus hijos.

Pero ese no era mi foco. Mi interés secundario era: foguear mis conocimientos y capacidad de sustentar un proyecto financiero de mediano plazo, conocer la opinión del banquero y saber qué más podía mejorar o que necesitaba aprender.

La prioridad e interés primario estaba en llegar a la semana 39 o 40 de mi embarazo, dar a luz y quedarme esos escasos 4 meses de licencia en casa cuidando de mis dos tesoros amados. Desde la ecografía donde supe que sería niña, no soñaba con algo distinto que ver su carita y enseñarle a Francisco a amar a su hermana.

El gerente llegó puntual. Lo invitaron a la sala de juntas, donde lo esperaba el dueño de la empresa y el contador. Yo no podía estar allí, aún no contaba con mi título profesional, pero, fui la encargada de formular el proyecto y sus anexos de plan de pagos.

En la oficina trabajaba con inquietud por el tema y lidiaba un dolor de espalda baja, que no me dejaba concentrarme del todo. Dos infusiones de hierbabuena aún no lograba tranquilizarme, la bebé se movía en mi vientre con más fuerza de lo normal.

Efectivamente inició la reunión y el banquero asintió con las cifras presentadas y los informes. Cuando comenzó a hacer las preguntas correspondientes para argumentar el asunto, ninguno de los hombres era convincente con sus palabras. Pensaban que los números tenían voz propia y que solo su nombre y prestigio bastaba para dar por aceptada la propuesta.

Nohelia, la señora que nos deleitaba con su café de abuela, informó que me necesitaban en la sala de juntas con urgencia. Vió al dueño colorado titubeando ante el gerente del banco y al contador pálido blanqueando los ojos buscando respuestas de afán.

Al ingresar al lugar, saludé a los señores, me dispuse a atender las inquietudes una a una. El dueño no me miraba a los ojos y el contador me observaba con desprecio, como con su orgullo lastimado, de ver como una estudiante de último nivel conversaba de manera segura y fluida con el banquero; salvando el futuro financiero de la empresa.

La situación era incómoda, yo sabía lo que hacía, pero la actitud de ellos no ayudaba. Esto causó que me molestara la cabeza y en el último sorbo de la taza de café, estallara una migraña tenaz, que de inmediato puso a rodar ante mis ojos bolas de colores, que obstruían la visión.

Terminada la reunión nos pusimos de pie y cuando el banquero me dio la mano para agradecer la participación sentí una descarga en mi vientre. Segundos después el jefe me gritó: Socorro ¡Te orinaste carajo!

Me sentí completamente aturdida, con dolor de cabeza, pero no tenía conciencia de haber hecho eso. Nohelia que estaba siempre muy atenta entró de inmediato y lo reprendió.

-¡Bruto! Socorro acaba de romper fuente, le llegó la hora de parir. Los señores se miraron horrorizados. -¡No puede ser! Ella tiene que presentar de nuevo el proyecto en 3 horas.

Me sacudí la confusión al salir de aquel lugar, mientras los hombres seguían paralizados, incapaces de procesar lo que acababa de suceder.

Afuera, el aire fresco me golpeó la cara, mi segunda cita con la vida y el amor esperaba por mí.

Y mientras los hombres se quedaban debatiendo números y papeles, yo sabía que mi verdadera obra estaba por comenzar.

Después de todo, ellos podían rehacer el proyecto. Pero yo solo yo, podía traer al mundo lo más valioso: mi hija.

Los hombres permanecían atrapados en su lógica de números y balances, al mismo tiempo mi vida seguía otro ritmo, uno que ninguna hoja de cálculo podía contener.

Soy madre, profesional, amante de las letras escritas y por escribir. Aprendiz constante de la lectura y la escritura.

PD. Estos escritos son una muestra de ejercicios realizados en el taller de escritura: narrativas autorreflexivas para acompañar la vida.  sept—Oct 2024. Educación Continua. Pontificia Universidad Javeriana. 


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