Por: Viviana Quessep
Desde que tengo memoria me encanta dormir, hacer siesta o lo que parezca incorporarme y sentirme segura en una cama o sillón. Amo la soledad, más odio sentirme sola. Disfruto comer con buena compañía, sin pretensiones de impresionar si uso bien los cubiertos o no. Parezco ruda y fuerte, decidida y gesticulosa. En realidad, soy apasionada y tierna, un poco soñadora y poeta. Me cuestiono demasiado. A veces no me tomo en serio. Tengo todo resuelto para mis amistades, mientras que me causa impotencia no saber qué hacer con mi vida. Me enamoré un fin de semana. Quebraron mi corazón. Me expuse demasiado. Tonta o ingenua, la verdad es que me sentí plena. He amado quizá una o dos veces más. Ya no creo en el amor, o tal vez sí, o tal vez no. Quizá nadie ama como yo.
Si de intensidad se trata, lo soy en casi todos los aspectos de mi vida, tanto que cuando veo mis versiones pasadas trato de disfrazar mis desaciertos en una “inmadurez prematura” tratando de resarcir lo tonta o cursi que haya podido ser en el pasado. Suelo dar todo de mí, sobre todo a personas que no lo merecen. No sobre pienso las cosas, más sí viajo al futuro en cuestión de segundos idealizando momentos, personas y lugares a causa de mis sentimientos. Imagino historias con finales felices, con vidas resueltas y curas en las cicatrices. La mayoría de las veces voy con prisa y afán en esta vida que pareciera acabarse pronto sin dar oportunidad.
Disfruto del mar y la compañía de un buen libro. Amo escuchar las olas que vienen y van. Amo el silencio. Odio la queja. Me inquietan las personas que logran buscar algo malo de cualquier cosa. Oro. No sé orar. Pido y clamo. No me siento escuchada. Insisto. No veo la respuesta que anhelo. Mi obstinación insulta al tiempo, la impaciencia desorienta y enceguece la meta de llegada, el desánimo sabotea la ilusión. Seguir sigue siendo la solución temprana a este acertijo rutinario que me mantiene ocupada. Me quiebro. Pauso. Armo todas las piezas que ahora se llaman “experiencias”. Tengo una colección de rompecabezas en mi mente, y conservo con especial cuidado, las grietas de cada pieza unidas a cada historia vivida. Todavía hay piezas que aún no encuentro. Acertijos que no descifro. Besos sin estrenar. Una cena por servir. Un vino que degustar. Lagrimas que compartir. Sitios por explorar. Películas que criticar. Frases de algún libro que dedicar. Abrazos que estremezcan. Fracasos por superar. Suspiros y miradas que digan mucho sin siquiera hablar. Canciones por bailar. Risas que no se puedan contener. Olores por descubrir en notas poco extravagantes, me gusta lo sutil.
Mi sonrisa es lo que mejor sé lucir. Soy jocosa, divertida y directa, lo que puede tornarse incómodo. Improviso con facilidad. Soy suspicaz. No me apresuro a entender las cosas. Las explicaciones para mí siempre sobran. Cuando camino suelo no saber donde poner mis manos. Me falla la memoria. Los olores me transportan a momentos del pasado que marcaron mi vida. Cuando lloro me gusta hacerlo con música suave, triste o apacible. Cuando duermo me siento más segura si abrazo algo, pero no que me abracen. Soy buena escuchando. Hablando igual, pero se me da más escuchar. Suelo dar concejos según mis propias experiencias. Hacer reír a mis amigos es mi alma secreta para subir los niveles de endorfinas sobre todo en momentos tensos. Olvido rápido las ofensas y heridas. Suelo dejar conversaciones por días y querer aparecer como si nada; no es intencional que por días lo haga. Me molesta tener que explicar cómo actúo. No me gusta decir para donde voy. Me disgusta esperar y que me esperen. Coincido la mayor parte del tiempo con las 11:11 horas. Antes de bañarme me persigno, lo aprendí de mi padre. Me gusta el café en casa sin lavarme los dientes. Nunca he dormido desnuda ni con calcetines. No me gusta ensuciar mis manos. Disfruto cocinar, pero no lavar los platos.
Me dio asco mi primer beso. Me hubiese gustado esperar más tiempo para mi primera vez, solo en las películas se disfruta; lo único real es la inexperiencia y el dolor, unido al miedo y en la mayoría a una muy temprana decisión.
Los señalamientos y los juicios nunca han sido parte de mis días. Que sepan de mi y me conozcan son dos cosas distintas. Le abro el corazón a pocas personas. Soy leal y comprensiva. Soy de pocas amistades.
El colegio me dio a mis mejores amigas. A la fecha ninguna ha cumplido con la promesa de mantener económicamente a las otras, a consecuencia de un matrimonio exitoso con algún multimillonario. Me he ganado el ramo de bodas dos veces, las mismas veces que me han propuesto matrimonio; las dos veces en la misma ciudad y con las mismas amigas presentes.
Suelo tener suerte para ganarme premios o rifas, aunque nunca me he ganado la lotería. Aprendí a conducir a mis 27 años. Un día sacando el auto del estacionamiento casi me estrello de frente con la casucha en la que el cuidandero yacía, mientras mi mamá, quién era mi compañía en ese entonces, saltó del carro al ver que no quitaba el pie del acelerador. Afortunadamente no me estrellé. Hoy sigue siendo una anécdota divertida.
Disfruto el chocolate en casi todas sus presentaciones. Soy más de salados que de dulces. Más de noches que de días. Más de negros que de blanco o colores.
Me gustan los bocados pequeños, los besos lentos y sin tanto cuento. Añoro un amor verdadero. Sueño despierta. Me inquieto. Calmo la mente. Empiezo.

La necesidad de escribir sobre lo que somos o pensamos ser, nos lleva a plasmar aquello que nos define a través de líneas y frases que enmarcan las vivencias de la vida. Escribir sobre nosotros nos ayuda a conocernos y aceptarnos desde lo que somos, sin máscaras ni pretensiones; reales y cotidianos, pero pasionales y estructurados.
PD. Estos escritos son una muestra de ejercicios realizados en el taller de escritura: narrativas autorreflexivas para acompañar la vida. sept—Oct 2024. Educación Continua. Pontificia Universidad Javeriana.
