Por: María E. Garzón F.

Jardines botánicos
Jardín Colgante de Babilonia
Jardín de Versalles
Jardín del Edén
Jardines de Mesopotamia
Jardines del Recuerdo
Jardines infantiles
Jardines Zen
Jardines públicos
Jardines y huertas caseras
Jardines ornamentales
Jardines de fantasía
Jardines de Monet, Van Gogh, Renoir, Sorolla, Rubens.
…En fin, jardines en la literatura, la pintura, el cine, la música, la vida. Hasta la tierra misma es todo un jardín.
¿Te has dado cuenta que los grandes eventos sociales ya sean políticos, corporativos, familiares o íntimos, son decorados con flores que, normalmente, son cortadas de sus plantas para que todo luzca bonito; aunque terminen oliendo maluco y en un basurero?
Justamente, consultando sobre el tema, la IA, indica: “Colombia es el segundo exportador mundial de flores, después de Holanda. El sector floricultor colombiano es un motor de desarrollo económico y social, ya que genera divisas y empleo”.
Igualmente, dice que: “El cultivo de flores, o floricultura, es una actividad agrícola que se enfoca en el cultivo de flores y plantas ornamentales, con el objetivo de obtener productos para la venta, decoración o exportación. Este sector es una importante fuente de ingresos económicos y genera empleos en diferentes regiones del mundo”
También que: “La floricultura es una disciplina de la horticultura que se dedica al cultivo de flores y plantas ornamentales de manera industrializada. Se diferencia de la jardinería en que la floricultura se enfoca en la producción masiva de plantas para la venta o exportación, mientras que la jardinería se centra en la creación y mantenimiento de espacios verdes por gusto o estética”
Y como siempre digo, cada tema tiene su complejidad y tan solo es tirar del hilo para que la madeja se desenrede o como la punta del iceberg, que solo es mirar por debajo del agua para ver todo lo que no sale a la superficie y que le da sostén.
Sin embargo, para dejar las complejidades a un lado y centrarme en la experiencia personal, puedo decir que las flores, el huerto y el jardín han estado presentes en mi vida sutilmente. Nacer en medio de la montaña, donde crecí alrededor del riachuelo, el árbol, el pájaro, el fogón de leña y las flores fue el mejor regalo del universo.
No podía haber nacido en otro lugar que no fuera en medio de la naturaleza, con esos olores peculiares a rosas, jazmines, orquídeas, gerberas y esas bellas e incomparables hortensias donde me cuentan que, apenas descubrí que podía hablar y caminar, me escondía debajo de ellas a jugar y tener las más lindas conversaciones.
¿Y qué decir de la huerta de mamá? Había una perfecta alianza con el jardín. Ella que no sabía leer ni escribir tenía la sabiduría para entremezclar plantas para que todas lograran su máximo esplendor.
Así en medio de papas, arvejas, habichuelas y frijoles se encontraban moras, fresas y hasta ahuyamas y calabazas. Tallos para echarle a la sopa y también esas hojitas mágicas que nos quitaban desde el dolor de barriga hasta los del alma.
En la humilde casa, mientras el humo salía por el buitrón formando un hilo de formas espesas que parecían llegar hasta el cielo, en la mesa de madera siempre había un bello florero multicolor con ramas, flores y por supuesto, olores que llenaban la casa de frescura y era como si siempre estuviéramos de fiesta.
Entre las experiencias que marcaron la infancia, está esa de dejar la casa de campo para disque irnos a la ciudad, pues era la hora de avanzar y dejar que el progreso se evidenciara con nuevas adquisiciones.
Una casa de material, en un barrio apellidado residencial, con un colegio a tan solo tres cuadras, acceso a transporte, supermercados, iglesias, centros médicos; significó también hablar de otra manera y hasta comportarse distinto pues el lenguaje y la moda pueblerina eran objeto de burlas y por supuesto, de discriminación. Así aprendimos a tutear y decir usted, en cambio del tradicional sumercé, a usar media velada, tacones, y blue jean los fines de semana.
Pese a todo ese cambio, tuvimos jardín. Uno grande y bello donde las rosas rosadas nos alegraban ese trajín de entrar y salir corriendo, porque siempre nos cogía el tiempo. El florero, sobrevivió al trasteo y lucia como siempre, bello, lleno y adornaba una mesa grande con tapa de vidrio que se protegía con hermosos manteles tejidos con flores, hechos por las diestras manos de la abuela.
Después de unas cuantas viviendas más por fin logramos tener una propia. Y ahí fue donde volvió el romance entre el huerto y el jardín. La mamá volvió a plantar entre las inmensas rosas rojas que despertaban envidia en el vecindario, papayas, tomates de árbol y una gran higuera. Nada más fue empezar la cosecha que la muchachada de la cuadra iniciaron sus excursiones para asaltar los frutos.
Un alto muro enrejado fue la solución, hasta que por orden del político de turno se ordenó que los jardines debían desaparecer para dar paso a peatonales para facilitar el servicio de vigilancia, garantizar la seguridad, el acceso a policías, ambulancias y mil necesidades más. No valieron protestas, ni lloriqueos colectivos ni mucho menos las amenazas proferidas por la comunidad. Bajo el supuesto que lo colectivo prima sobre lo particular vimos como las plantas pasaban muchas a la basura y unas pocas a macetas que fueron ubicadas en patios internos a modo de jardines colgantes. Muchas perecieron con el cambio y con ellas hasta la alegría de la casa pues tan solo era coger las flores del jardín para que el florero tuviera su razón de ser. Las flores naturales escasearon. La casa ya no lucía como para fiesta ni olía a naturaleza, por el contrario, las actividades de aseo se fueron incrementando porque ahora había que limpiar las telarañas que se empecinaban en aparecer de la noche a la mañana entre las flores artificiales que habían llegado poco a poco a modo de sustitutas.
Ya mayor y con pareja a bordo, se presentó un nuevo cambio de residencia. Esta vez a casi mil kilómetros de distancia. Clima cálido, húmedo y extraño.
¿Pero que eran esas inmensas flores en el patio de la casa de la suegra? Mi primer encuentro con las suculentas, el bonche y la preciosa flor del bledo de chupa cuyas hojas sirven de adobo al delicioso mote de queso. Algo así como las hojas de guasca son al ajiaco.


Las flores del matarratón, las perfumadas de la ceiba, las de los guayacanes de la terraza de la casa, que en su época de máxima florescencia nos hacían barrer hasta cuatro veces al día y que a mí me extasiaba ponerme debajo de su ramas para verlas y sentirlas caer cual suave lluvia almidonada.
¿Y, cuál fue mi sorpresa al ver en medio de la arena, en la playa, unos lirios blancos florecidos y esos arbustos conocidos como uvitas de playa? Una de mis primeras lecciones de resiliencia, de aceptación del cambio, de florecer ahí donde Dios te planta. !Aaah, esa flora del caribe que enamora!
Hoy, casi a mis 60 años, viuda, sin hijos, en soledad conmigo misma, vivo en un jardín con casas. ¡He regresado a la montaña! El vecindario luce hermoso y recibe halagos pues parece una pequeña villa andaluza por sus altos techos a dos aguas, sus terrazas con exuberante vegetación, corredores en piedra, fachadas con colores claros y gente linda, sonriente y cálida.
El jardín está vivo. Permanece florecido pues las plantas que hay alrededor es como si se turnaran para recrear nuestros ojos. Hay flores y pájaros y colibríes y mariposas por doquier. Arbustos que nos regalan, cada cierto tiempo y solo en las noches, un perfume de la más exquisita fragancia.
Ahora estoy pendiente de la fase de la luna, de si está lloviendo o es época de calor para darle vuelta a las maticas, a la tierra, para regar, podar, nutrir.
Ya ni florero tengo encima de la mesa porque todo alrededor es uno inmenso y aprendí que las flores lucen y se aprecian mejor en su estado natural que cortadas.
Dicen por ahí que para demostrar que estamos preparados para el amor primero hay que probar con una planta, luego con un animal y si sobreviven, estaremos listos para un ser humano. ¿Será por eso que las relaciones modernas son superficiales y de corta duración? ¿Gente enamorada de sus plantas y de sus animales, más que de las personas?
PD. Estos escritos son una muestra de ejercicios realizados en el taller de escritura: narrativas autorreflexivas para acompañar la vida. Marzo-Abril 2025. Educación Continua. Pontificia Universidad Javeriana.
