Hilos sueltos, hojas secas

Por: Paula Andrea Vélez

Dentro una voz susurra: sacúdete.

El tiempo en su paso inexorable me va moviendo,  las agujas del reloj punzan fuerte cada hora y más fuerte cada veinticuatro.

Ocurre la vida y dentro de mí comienzan a desprenderse algunos velos, caen por sí mismos, no es necesario jalarlos.

Es como si el polvo que han  acumulado, hubiera corroído las uniones.

Los hilos que sostienen una pieza de tela adherida a otra, se sueltan y las costuras se desvanecen.

Luego en una mínima brisa de viento, justo donde ya no se unen los trozos de tela, se abre el espacio y separa una pieza de otra, sin violencia, sin dolor.

En ambas partes quedan huellas diminutas de los puntos que antes habitaban los hilos que las unían.

Caen los telones de una casa vieja, abandonada a la que ya nadie visita, desde hace muchos años.

A veces el viento sopla fuerte y los telones se elevan.

En su vuelo, rozan, acarician levemente la biblioteca tupida de solitarios libros gruesos que ya no son abrazados por manos, si no asaltados por partículas de polvo, comején y polillas.

Una casa vieja, solitaria, como sacada de una pintura de un pueblo campesino colonial.

Junto a ella, un árbol que parece resistirse a morir en la misma soledad. Tal vez porque alguna lluvia repentina viene a remojar sus hojas, ramas y raíces y la fresca brisa vespertina se lleva las hojas secas.

Si el viento es fuerte la ayuda es mayor y este retira las ramas que se han dado por vencidas y han abandonado el tronco en un adiós discreto, grato, prudente.

Yéndose sin querer, pero debiendo hacerlo ante la inminente ausencia de flujo de savia en sus débiles tallos.

Unas se van y otros pequeños retoños quieren aparecer para renovar el árbol y tal vez salvarlo. No pueden.

El telón y el árbol. Ambos, uno inerte y otro casi vivo, se van despidiendo lentamente de la escena.

Serán recuerdo de muchos que pasaron por la vía.

Viajeros que tomaron la foto para inmortalizar la composición del paisaje que formaba la casa blanca, de balcones azules en los que colgaban novios, margaritas, azucenas y pompones.

Todo esto precedido de un frondoso árbol de mango que se las arreglaba para siempre dar frutos: unos amarillos, otros pintones y en época de mucho calor salian unos pequeños mangos de azucar de color rojo y naranja.

Ambos eran parte de la fiesta visual, también fueron la despensa de abrigo y alimento para pájaros, murciélagos y ardillas.

Desde los balcones – ya vacíos- las mariposas observaban.

Un día la vida se asustó en aquel lugar y el hastío y el olvido vinieron a tomar posesión del paisaje y todo comenzó a morir.

Las plantas no resistieron mucho tiempo.

La casa cerrada solo era habitada por el viento, las palabras escritas en los cientos de libros no decían nada.

El polvo seco entraba a sus anchas por debajo de la puerta o por los respiraderos de la cocina y del baño.

Pasaron así días, meses, años.

El silencio, la soledad y la ausencia de acción fueron deteriorando el lugar.

Cayeron los materos de los balcones con los restos de las plantas que el viento había dejado allí.

Alguna rama chocó con la ventana cuyos vidrios ya estaban débilmente sujetados de tanto ser sacudidos por la brisa.

En fin, la soledad propició que el deterioro fuera implacable.

Una tarde de sol radiante e intenso el árbol en sus últimos suspiros dejó caer más hojas secas que de costumbre.

Un rayo de sol calentó un trozo de vidrio y las hojas secas comenzaron a arder. Ganó fuerza el fuego.

El viento hizo su aporte, sopló suave y esparció sin apagar las hojas que se abrazaron a las astillas de madera de los dos escalones de la casa.

Debajo de la puerta asomaron unos trozos de velo, pedazos de hilo y se llevaron el voraz fuego al interior.

Se sofocaron los libros y ardieron las palabras, las llamas lo consumieron todo.

El árbol fue testigo, la naturaleza también lo sacudió, fue secado y asfixiado. El paisaje se extinguió.

Hilos sueltos, hojas secas, elevados por el viento, viajan a otro lugar.

PD. Estos escritos son una muestra de ejercicios realizados en el taller de escritura: narrativas autorreflexivas para acompañar la vida.  Marzo-Abril 2025. Educación Continua. Pontificia Universidad Javeriana. 

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