Por : Lucely Vargas P.

El Castillo de la Pena para nosotras fue alegría Tunar.
Era 2010 y divisábamos a lo lejos desde el autobús 434 el palacio de la Pena, con sus imponentes murallas y sus jardines que se elevaban en el horizonte. Allí se estaba despertando ante nosotras una de las construcciones más coloridas y porque no mencionarlo, extravagantes, pero con gusto, que habíamos visitado en Europa, en el país de Saramago. Nos encontrábamos inmersas en un cuento de hadas, en el glorioso Edén como lo llamó Lord Byron, en su poema: “Childe Harold’s Pilgrimage”; y allí éramos también unas joyas preciosas musicales entonando canciones con los colores, rojos, amarillos y columnas extensas en las colinas verdosas de Sintra.
El autobús había pasado por el centro histórico de la ciudad y comenzaba a subir hacia la montaña, se aproximaba a un escenario de la familia Real Burguesa de Portugal de estilo romántico del siglo XIX. Teníamos calor, pero no importaba, estábamos maravilladas con la vegetación que producía admiración. Pensábamos en voz alta que ese palacio debía ser mirado desde el exterior como una metáfora musical de Patria, desde nuestra vivencia como Tuna en fraternidad. Decíamos que estaba destinado a que lo devoráramos también por dentro con su arte, con nuestro folclor y melodías como: “Café, café, café de mi Colombia, café, café, café bien tostadito…”, como Sierra de la Macarena: “Señora de los llanos sierra de la Macarena…” o La Potra Zaina que hace homenaje a mujeres colombianas: “Les contare, la historia más bonita de linda potranquita con ojos soñadores…”, canciones emblemáticas de nuestras presentaciones, señores.
También debíamos degustar los pasillos, entonando otras canciones de nuestro repertorio que hacen homenaje a las mujeres portuguesas: y dice: “en las noches de luna y clavel de Ayamonte hasta Villareal, sin rumbo por el rio, entre suspiros una canción viene y va…” Estaba destinado a que devoráramos sus obras de frescuras y sus habitaciones con el sonido de nuestras guitarras, la percusión, el bajo, la bandurria, el tiple, el violín…
Era evidente que siempre nos había unido la música, la pasión del cantar y tocar instrumentos musicales típicos; además éramos conscientes que habíamos compartido como grupo de afinidad, experiencias y vivencias en días lluviosos de historia tristes, en días solares de vida y crecimiento, en jornadas de giras en nuestro país. Ahora estábamos allí viviendo una de las sensaciones musicales más significativas, de magia y compinchería de tunar que quedaría marcada en la memoria por siempre.
Simbólicamente esa experiencia se estaba haciendo extensiva a toda la gira por Portugal, que había empezado esa semana en Lisboa y llamaba a gritos a todas las memorias y recuerdos de cantos musicales folclóricos de nuestras convivencias y serenatas.
Acabábamos de ingresar por la entrada que los monjes utilizaron antes de 1834, subíamos por la escalera que Ferdinando II mandó construir para realzar la entrada, y caminábamos una de tras de otra en fila porque daba la sensación de que esta escalerilla era demasiado angosta y si no lo hacíamos así, nos podríamos caer.
En los pasillos se divisaban danzando al compás de las castañuelas y panderetas 30 damas acompañadas desde la distancia por otras veinte que no pudieron viajar, maravillosas mujeres de diferentes edades entre 19 y 60 años, universitarias, estudiantes, profesionales, madres, solteras, casadas, con y sin arrugas, con y sin hijos, serias, risueñas, jocosas, graciosas, con historia Tunar.
En un momento estaba expuesto ante nosotras la vista a los interiores de las habitaciones que invitaban a otro mundo de encanto y opulencia pura. Recuerdo que atravesamos las numerosas puertas de madera con sonido y empezamos a viajar a través de estas moradas, que como nosotras estaban dando testimonio de su historia en nuestra música. A medida que avanzábamos, avanzaban también nuestros uniformes del tunar de capas con prendedores distintivos de más historia. Se movían nuestros pantalones negros que nos impulsaban al ritmo de la música al escenario. Nuestra camisa blanca se le unía y nos iba llenando de valor al divisar la audiencia que aplaudía.
Teníamos nuestro cinturón amarillo de tradición que representa un ‘icono único de la Tuna Femenina. Seguíamos caminando por cada corredor del Claustro Manuelito y continuábamos paso a paso, deleitándonos por el camino real portugués por donde los monjes entraban en el siglo XIX a sus oraciones. Seguían desfilando zapatos o botas negras que habíamos lustrado tantas veces y que nos llenaban de fuerza para la danza discreta en las presentaciones. Pasábamos por el claustro que formaba parte de los restos del convento de Jerónimo. Nuestros cantos se desplazaban por el comedor, la sacristía y la capilla manuelita- renacentista y nos llamábamos entre nosotras por los apodos: como Solecito, Tachi, Potesito, Sindi, Clau, Caro, Flash, Nati, Lala, Sasi, Sincopa, Petit, Princes, Buchi, Franci, Lorencita, Trotamundos, arcoíris, mamá Pili y tantos otros. Ellos eran símbolos de cariño y de sabiduría. Estábamos allí impecables, maquilladas, con coloretes rojos, naranjas y rosados, listas como siempre. Repetíamos frases que decíamos antes de salir al escenario: “niñas bien peinadas, bien maquilladas, chicas pónganse flores en la cabeza y decoraciones en los cabellos lisos, crespos, cortos, largos y muchos pines. Niñas no olviden el labial y los polvos compactos. Luzcamos nuestras capas, nuestras becas y no becas y no capas”.
Ahora nos encontrábamos en las salas del Rey Carlos, luego llegábamos al dormitorio de Fernando II, que posteriormente fue de la reina Amelia. Veíamos a nuestro alrededor toques de diseño inspiradas en la herencia islámica. Se escuchaban melodías cantadas con pasión, con sangre, con sonrisas y más ecos que tronaban en las paredes tapizadas. Enfrente de nosotras estaba el cuarto verde con la columna y una enredadera que llegaba hasta el techo. Luego, pasábamos por la sala de visitas y allí replicaban más recuerdos de giras nacionales por la Vega y otras giras internacionales venideras como la de Murcia, la de México, Perú, Maastricht…
Allí estaban muy presentes el compromiso, la preparación para esas semanas de presentaciones y la consagración nuestra y al mismo tiempo la de la realeza. Sonaban en nuestras cabezas, en nuestras voces los recuerdos de giras en la tierrita y olor a guayaba, a brevas con arequipe, a jugos de frutas naturales, a quesadillos con bocadillo, achiras, plátano maduro con queso, y a un paisaje de montaña del trópico con ríos tricolor: amarillo, azul y rojo; Allí estaba nuestro país natal cantando en Sintra.
Se veían desde las ventanas los imponentes jardines de palmas detrás de nosotras mientras posábamos para las fotos del recuerdo en el palacio, en el escenario. Nosotras seguíamos elevándonos con él en sensaciones de armonía y melodías, en sensaciones de trabajo duro de ensayos, de convivencia, de rituales de capa, en serenatas, en experiencias de bultadas (en aquellas diligencias simpáticas y graciosas que se les ponen a las niñas como parte de la formación en la tuna. Por ejemplo, se le dice que cante en un festival con una peluca verde o naranja o fucsia y una nariz de payaso o un disfraz), actividades que se hacen para adquirir soltura y tranquilidad escénica. Estas acciones paralizantes eran tareas que en ese momento representaban la tensión más grande que se pudiera vivir. Luego se convertían en un instante de disfrute, de diversión en el Cantar Tunar. Todas pasamos por eso.
En el Palacio del Edén todas éramos una y cada una de nosotras era única e individual con su personalidad que hacía parte de esa unión entrañable, como una familia Tunar. Allí abrazadas por los jardines de helechos densos, bosques salvajes, una especie de pinos alpino y la arquitectura majestuosa estábamos haciendo historia con instrumentos, cantos y melodías de nuestra casa. Nos deleitábamos como lo hicimos en el camino empedrado de Villa de Leyva o en los pasacalles de Bogotá años atrás en la Candelaria de historia o en el parque de la 93 recreacional. Éramos conscientes de que mañana viajaríamos a Madeira con los CDs, con el equipaje ligero o pesado, los instrumentos, los uniformes. Iríamos a esa isla portuguesa de rocas volcánicas, a Funchal la ciudad más poblada a reunirnos con la Tuna de Porto y otras Tunas femeninas, masculinas y mixtas.
Se puede decir que en el Palacio de la Pena sin vergüenza y con mucho coraje habíamos ensayado y cantado como lo hicimos el día anterior en Lisboa y en las playas de Estoril en las tertulias de música. Así lo habíamos hecho también en la Patria, en mi país desde hace 25 años, cada vez que viajo a visitar a mi familia, allí se cantan como se cantaron allá, historias de existencia, historias de viajes, de giras, de melodías de vida y se ruedan canciones de Fraternidad.
PD. Estos escritos son una muestra de ejercicios realizados en el taller de escritura: narrativas autorreflexivas para acompañar la vida. Marzo-Abril 2025. Educación Continua. Pontificia Universidad Javeriana.
