Aquí vamos otra vez

Por: Sergio Linares

Silvio nació un 26 de mayo de 1995 en el hospital San José, en el barrio Modelo en esa localidad donde todos los barrios se unen. A muy pocas cuadras el sueño de unos cuantos transgresores de la estética cachaca da inicio a un experimento de inclusión social y convivencia pocas veces visto hasta entonces en la ciudad. Mientras Silvio dejaba de llorar ante un nuevo mundo a unos 3 kilómetros y medio alguien corría entre tablas, andamios y cables buscando hacer, con menos, un espacio para que la juventud pueda expresar su inconformidad con el país que les toco, un evento para el tamaño de sus esperanzas. Silvio salió del hospital sobre las 11 de la noche y a través de la ventana con sus ojos borrosos veía pasar las luces infinitas que recorrían su camino, sin notar el rio humano, de negros pantalones, botas punteras y cortes encopetados que acompañaba su trayecto por la Avenida del Congreso Eucarístico, si la avenida 68 de Bogotá.

Han pasado 5 años y medio, ya Silvio sabe caminar muy bien, recorre con tranquilidad las calles del barrio Restrepo entre mercados de zapatos y marroquinería, su familia se ha radicado ya desde los años 30 en este barrio obrero muy cerca de la iglesia Valvanera. Sus padres han heredado un pequeño taller de botas en el que Silvio suele jugar entre sonido de guitarras, bajos y baterías, que día tras día al pequeño le suena más familiar y menos ruidoso. Silvio ve a su padre alistar un encargo especial, unas botas rojas, de cuero, estilo militar y con puntas de acero. Este encargo es de vital importancia para un grupo de jóvenes que se preparan para un multitudinario baile que ocurrirá a mediados de ese octubre en el corazón de Bogotá, bajo un cielo gris y en una plaza de más de 37.000 metros cuadrados donde sonidos extravagantes y diversos coros unirán las voces de miles en un solo canto.

Este año es muy especial para Silvio, cumple 18 años, y sus padres le preparan más de una sorpresa, ya entrado en el oficio, con sus padres confecciona una chaqueta con chapas, algunos parches y cremalleras brillantes. Pero lo que más lo alegro es que podría acompañarlos, como ya era tradición entre sus padres, a ese lugar donde miles se reunían año tras año para celebrar un movimiento cultural, social y hasta político en Bogotá. En esta ocasión él podría vivir en carne y hueso eso que solo en anécdotas le contaban sus padres, como la lluvia inclemente, el granizo devorador, las consignas contra la guerra, las muletas que vuelan entre los asistentes o los preservativos hechos bombas de fiesta. No era solo una reunión anual, este evento cumplía su mayoría de edad y había logrado reunir en un mismo espacio a capitalinos de todas las edades, de todos los oficios y de todas las localidades, en donde las barreras sociales no existen cuando tienes la oportunidad de ver, sentir y gritar a tu banda favorita, en el único y por demás escaso lugar donde lo cultural adquiere un nuevo significado al ser de todos para todos.

Silvio ahora se unía a un ritual familiar de cada año, esperar ansiosamente la cartelera de invitados internacionales, alegrarse con volver a ver a los invitados nacionales y por supuesto, descubrir los nuevos sonidos con las bandas distritales. Silvio y sus padres repasaban los horarios día tras día, y planeaban con meses los escenarios a visitar, la hora de llegada, que pinta iban a llevar y por supuesto las lecciones aprendidas de anteriores festivales: calzado resistente pero no muy pesado, pantalón de material que seque rápido, camisa alusiva a su banda favorita, bolsa para cubrirse de la lluvia o sentarse cuando el cansancio lo demande, ir bien desayunado y con mecato listo por si no dejan entrarlo y toque comerlo antes de la requisa obligatoria, chaqueta que cubra del frio pero que sea ligera cuando el calor del baile exija quitársela. Al finalizar de las intensas jornadas de saltos, empujones y gritos ensordecedores, quedaba el resto del año para hablar de la experiencia, reír de los tropiezos, de los brazos moreteados y del resfriado familiar.

Sin embargo, Silvio nunca olvidara el agosto del 2018, cuando en medio de una lluvia tenue pero constante a la entrada de la plaza de eventos decidió escampar un momento con las manos entre los bolsillos y el agua por su rostro debajo de un árbol. Una mujer se acercó y Él que siempre ha escuchado más de lo que habla y observa más de lo que puede analizar, siguió con su mirada desde las botas anchas, pantalón de cuero, labial oscuro y ojos derretidos por la lluvia. Ella le sonrió y le hizo el típico comentario capitalino “que frio”, y Él como pocas veces respondió con un toque inteligente, “ahora se nos pasa en el pogo”. Ella volvió a sonreír y le pregunto por cual banda se mojaba, Él conocedor desde muy chico de la mayoría de las bandas de la capital menciono unas cuatro con tanto detalle y gusto que asombro a la mujer. Coincidían en algunas bandas y hasta discreparon en cuestión de sonidos, ya que no existe la mujer ni el hombre perfecto. Sin embargo, al poco tiempo llegaron sus padres y se separaron con un gesto en las manos. En medio de un coro y entre multitudes humeantes cruzo miradas con esa mujer que no muy lejos no le quitaba la mirada, entonces entre empujón y empujón, nuevamente se volvieron a reunir, no hablaron mucho, pues en un concierto se habla poco, grita más. Entre cada artista trataban de distraer el hambre, el frio y el cansancio cruzando opiniones. Al finalizar, entre la multitud que salía a caminar kilómetros para esperar por un milagroso transporte a medianoche, Él busco un puesto de perros calientes, de esos que llenan con exceso de pan, papas fosforo, queso y salsas, cuando estaba a punto de dar el bocado sintió un toque en su hombro.

Todas las noches se compartieron sus días, y todos los días sus pensamientos, así poco a poco, como es típico de rolos, llevaron su relación. hasta que en el siguiente año Silvio aprovecho que se presentaba una de las bandas que en el 95 inició este evento y dedicarle una de sus canciones a Silvia y dejar tantos rodeos para ponerle una etiqueta más seria a su amistad. Ese día ambos se encontraron muy temprano, por que estar en los primeros lugares para ver palpitar con los gestos de tu artista favorito es un premio para quienes madrugan y más aguante tienen. Muy cerca de la valla que separa al público con el escenario, espero el momento para que, como a la antigua, le declarara su gusto y su intención por llevar la amista a otro nivel de compromiso. Así con los nervios propios del frio capitalino y la calma del sereno de las 9:32 de la noche la tomó de los hombros y la miro fijamente en el momento preciso cuando el público después de chiflas y gritos iniciaba a cantar en masa la canción: “Cuando estoy aquí yo vivo este gran momento, estando frente a ti cuanta emociones siento”.

Hoy es la edición número 30 del festival Rock al parque, ya no es un evento Capitalino, ahora es Nacional y hasta latinoamericano, desde todos los rincones del país desfilan miles de almas con la fuerza para resistir tres días de lluvia, tres días de caminar para llegar a tu lugar de hospedaje después de estar más de 8 horas de pie, de tres días de medios almuerzos y cenas a media noche con comida chatarra, de tres días en los que los diferentes exponentes del género se disputan quien hace el pogo más grande, quien hace gritar más o quien logra agitar más cabezas. En esta edición al igual que en las anteriores se unen en un mismo lugar múltiples corazones que esperan latir al máximo saltando y coreando las canciones que identifican a toda una generación rockera. En esta ocasión Silvio y Silvia no podrán asistir como lo habían hecho desde hace siete años, así como le sucedió al propio Silvio, su hijo Luciano nacía en un día de rock al parque, como una coincidencia y reglado de la vida, como para escribir una nueva historia del festival más rolo, como lo cantan las Almas “aquí vamos de nuevo, no nos pueden parar, aquí vamos otra vez a vacilar”.

Soy un hombre común que toca guitarra, juega futbol, escucha podcast, ve anime, lee y últimamente escribe para distraerse.

PD. Estos escritos son una muestra de ejercicios realizados en el taller de escritura: narrativas autorreflexivas para acompañar la vida.  Octubre-Noviembre 2025. Educación Continua. Pontificia Universidad Javeriana. 

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