Cuando el corazón guía y el cerebro siente

Por: Korina Meza

Nada más conmovedor que una danza bien bailada, que una cadencia rítmica bien definida, que la corporeidad humana fundida en un colectivo.  Nada más contundente a la sensibilidad que observar en ellos la fuerza y linealidad en los movimientos de sus brazos, como si el aire fuese un opositor. En unos más que en otros, se mira la delicadeza de las manos guiando el paso siguiente. Ver sus pisadas exactas al subir y bajar, girar y detenerse, ir adelante y atrás al compás de octavas una vez a la derecha y luego todo a la izquierda.

Ver en cada uno esa respiración exigente que solo se evidencia cuando al unísono reciben la orden, 3, 2, 1, ahora … y se da inicio a una coreografía no solo de pisadas a una plataforma también de movimiento de brazos, caderas, de fintas que amagan danzar con otro. Pero no, se trata de cada uno de ellos con su plataforma. Un extraño y básico artefacto que normalmente tiene forma rectangular (120 x 70 cms) con una altura de 7 centímetros o hasta 15 en el mejor de los casos. Sobre ese objeto diseñado para hacer actividad física, más conocido como step, se ha hablado mucho desde su creación. En algunos lugares del mundo, muy pocos, lo acompañan con danza y es así como en el mundo del fitness se le conoce como step coreográfico.

El step nació a finales de los 80’s, gracias a Gin Miller, una instructora de aeróbicos estadounidense, quien luego de padecer una lesión en la rodilla y hacer cientos de terapias, encontró un común denominador en estas, subir y bajar de un escalón. Y es así, como surge el step aeróbico.

Pronto, este método de actividad física se expandió por todos los gimnasios del mundo, especialmente, en los 90’s con la fiebre de los aeróbicos y los videos de entrenamiento que se marcaban con el ritmo de la música pop. En esta época, el step combinaba resistencia cardiovascular, coordinación y fuerza muscular. Posteriormente, los instructores comenzaron a incorporar transiciones, desplazamientos y combinaciones más elaboradas donde cada movimiento encaja en la estructura rítmica y melódica de la canción.

Hoy, en la segunda década del siglo 21, el step coreográfico evolucionó para integrar elementos de danza, teatro y expresión corporal, priorizando la creatividad, el ritmo y la fluidez sobre el mero esfuerzo físico. De esta manera, se considera a esta disciplina de acondicionamiento físico como una forma artística, donde el cuerpo interpreta la música y la energía colectiva se convierte en movimiento coordinado. Lo realmente emocionante es ver el sentimiento colectivo, la música y la coreografía precisa para cada segundo y tal como en la danza donde va la mirada va la energía, donde está la mirada está la intención,

Fue así como me enamoré de la práctica del step coreográfico. En el gimnasio, entre ventanas gigantes posaba mi mirada hacia dentro; recuerdo que cada sábado, mientras esperaba a mi hija en su curso de natación, veía la clase y me daba mucha envidia. Notaba que no eran bailarines, no eran corpulentos, no eran nada extraordinario. Pero, para mí, podían hacer algo increíble, algo que empecé a querer, algo que mi cuerpo empezó a sentir con todas sus fuerzas y deseaba profundamente estar en ese lugar. Mi mirada se detenía en sus rostros y no, no eran nada extraordinario simplemente se les notaba que eran atrevidos, locos, eufóricos y yo tengo de eso y más, pensaba mientras los veía.

Cada sábado sabía que volvería. Pensaba que era la mezcla perfecta de un lugar que no era un bar, pero se escuchaba el mejor rock ochentero de la ciudad y se podía bailar y se podía parecer una gimnasta con todas esas piruetas y me preguntaba una y otra vez si podría, si tendría las agallas para aprender. Ganas no faltaban, pero sabía que, para estar a ese nivel, empezar, era estrellarse contra una realidad dura.

Hace seis años, me había alejado del deporte, de la actividad física.  Llevaba ese tiempo dedicada exclusivamente a ver crecer a mi Lucia. Así que no era casualidad que mi cuerpo estuviera pidiendo regresar al movimiento a la acción. Me llenaba de ilusión y algo de envidia, he de decir, ver a esas bellas mujeres contonearse en el step, hacer esa coreografía perfecta, reflejando vitalidad, seguridad con sus pisadas contundentes, sin dudar ni una milésima de segundo sobre el siguiente movimiento. Escuchar los gritos de una felicidad especial, ¡esa que sólo se siente cuando logras algo perfecto! pero no lo logras solo, es la energía del grupo la que te lo permite, la que lo hace diferente, la real razón de la sensación eufórica de lograrlo.

Ver el despliegue de energía coordinada, no es uno, son todos. Ser parte de esa danza, ser parte de ese esfuerzo, ser parte de un “objetivo”. Aclaración:  técnicamente el objetivo consiste en armar tres bloques de cuatro movimientos diferentes con lateralidad, donde cada uno de estos se hace al igual que la música en octavas. Son 60 minutos para lograr una coreografía de 1 minuto y 30 segundos. Una matemática perfecta que se fusiona con la danza y la música.

Y si, volví. Mi primer día frente a una plataforma, sin ni siquiera saber que de subir en ella ¿cómo podría bajar sin ser estrepitosa? Esos veinte primeros minutos no los olvidaré jamás. Perdí por completo el sentido de la lateralidad, mi cerebro no respondía, el ritmo de la música estridente que un día me hacía estremecer, en ese momento me sonaba ruidosa. Fue terrible, me sentía un desastre, totalmente inútil, todos mis sueños de verme como se veían esas lindas mujeres se fueron desvaneciendo. Me sentí desmotivada, frustrada, impotente. Era consciente que era un proceso, pero jamás pensé que a los 50 años me diera tan duro no poder hacer algo. No estaba acostumbrada a no poder. En la academia y en el trabajo siempre demostré que sí podía. Y esta situación me estaba confrontando.

Durante la clase, el instructor, un hombre que me pareció guapísimo de ojos azules penetrantes, con una contextura física envidiable y no era jovencito era como de los míos, se acercó tímidamente hacia mí, que estaba en la parte posterior de salón, lejos muy lejos de él; me susurró a los oídos: los lunes y miércoles hay clases de step básico. Fue así como, con una mirada de fracaso y una mueca de resignación, le agradecí y no tuve otra opción que retirarme.

Me dolía el corazón, no era ego, me dolía tanto como un desamor. Como cuando te dicen que no te quieren y te sientes poca cosa. Era genuino, esa sensación de rechazo o de más bien no poder no ser capaz no estar a la altura fue un llamado de atención de la vida. Algo tenía que cambiar.

Inicie mi proceso un día y otro día y al día siguiente, salía de las clases tan consternada que no sabía si iba a soportar tantas clases sin avanzar. Por eso, siento que tuve dos meses en los que cada clase era como la primera vez. Hasta que entendí que salir frustrada no ayudaba mucho. Que el proceso no era hacer o aprender a hacer step coreográfico. Primera lección de humildad conmigo misma, de compasión también. Debía bajarme de esa nube que los logros laborales y académicos te dan, y van directo al ego.

En cambio, en este sitio, no pesan tus saberes, no pesan tus metas laborales. Es la relación con tu cuerpo, con tus movimientos, con tu ritmo, con la armonía propia. Y eso merecía paciencia, tranquilidad y mucho valor. Esa fue la lección que aprendí las primeras semanas. Era querer mi propio proceso, querer mi ritmo y aprender despacio porque el cuerpo no aprende de uno mismo a gritos, el cuerpo responde cuando se le habla y trata con delicadeza y con amor.

Cuando me sentía con suficiente confianza y fe en mí misma, asomaba a las clases de step avanzado y no resistía ni la mitad de ellas. Recuerdo que me replegaba a los costados para no dañar los videos ni tampoco incomodar a los demás equivocándome. Aguantaba las ganas de llorar, se me aguaban los ojos y lo hacía confundir con el sudor, me sonrojaba de las ganas de llorar, pero bien que lograba esconderlo detrás del sonrojo que produce el cansancio. Se me convirtió en un desafío; pese a que todos me decían que el proceso en ellos había sido igual, para mí era diferente, yo era la lenta, la que no podía. Claramente, estaba aplastando mi ego.

Al cabo de un año, seguía intentando. Como una enamorada, suspiraba con esa música, soñando que algún día no dolería el corazón o el alma rompiéndome a mí misma con mi propia inutilidad. Pasaron dos años, largos, con lesiones, con lágrimas, con una montaña rusa de emociones, de intentar estrategias para moverme fluidamente al compás de una octava de manera precisa, clara, estética y fuerte. Y sí, hoy pareciera que ya logré algo. Ya logré armonizar esa sutil relación del cerebro con el cuerpo. Sentir los bits que marcan la música con las coordenadas del movimiento.

¡Por fin! Soy parte del selecto grupo que cada martes, jueves y sábado no nos importa si el mundo está atropellado, nos salvamos y nos refugiamos en nuestro ritmo con nuestra fiel plataforma. Nos sumergimos en nuestra euforia, en el despliegue de adrenalina que cada sesión nos convierte en adictos. Ese grupo se convirtió en refugio, el encuentro sobre la misma pasión. Y, al que debo agradecer porque tengo además de todo, una gran amiga.

¿Es posible imaginar la vida sin música y danza?

¡La mía no! Enamorada, adicta y feliz.

Korina, emprendedora emocional, quien entendió que la principal relación armónica con el mundo es con tu propio cuerpo. Después, todas las demás. 

Si quieres ver el proceso, sígueme en @mezakorina en instagram.

PD. Estos escritos son una muestra de ejercicios realizados en el taller de escritura: narrativas autorreflexivas para acompañar la vida.  Octubre-Noviembre 2025. Educación Continua. Pontificia Universidad Javeriana. 

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