El running, regalo de vida

 Por:  Ana María Ospina Cardona.

Nací en el campo, rodeada de praderas verdes, aires naturales que respiran vida, paisajes que hacen de cada día una inspiración y largas carreteras de piedras bruscas y movedizas, que al menor descuido, nos desestabilizan llevándonos hacia ellas, hasta el punto de sonrojar la piel o quizás decorarla con cálidos moretones.  

Durante mi infancia, solía recorrer estos caminos todos los días para ir a la escuela y posteriormente al colegio, siempre con la esperanza de encontrar ese sueño, desconocido y oculto en las entrañas de mi alma, pero hablando a mis pensamientos indicando que vale la pena seguir. Recorridos que se  convertían en mi rutina diaria de ejercicios, 45 minutos por trayecto, era más que suficiente para mantenerme activa y eso sin sumarle aquellos que hacían parte de la maravillosa materia llamada educación física, la cual estaba en el grupo de las menos agradables; no era mi aliada; especialmente odiaba las pruebas de velocidad, 100m, 200m, 400m, los famosos relevos que me estresaban el alma cuando me sentía presionada por el entorno, ese infame test de cooper que obligaba mi corazón a palpitar rápido y avanzar con resistencia, una prueba que parecía no tener fin, carreras de fondos que  nos tocaba correr por terrenos movedizos, que dañaban mi emoción y me invitaban a crear formas distintas de avanzar; mientras algunos de mis compañeros corrían con esfuerzo, otros nos subíamos al chivero de la vereda, buscando cualquier alivio para no desgarrar las piernas y avanzar un poco más rápido hacia la meta.

En esa búsqueda rápida, y a la vez, en ese miedo de ser sorprendida por aquel que colocaría mi nota final en aquella planilla, logré ver de lejos que aquel hombre llamado maestro nos esperaba, todos gritamos y del susto por el error que estaba cometiendo, salté del carro para no ser vista, nunca había hecho una plancha tan perfecta en mi vida como aquel día, fui más que vista por que necesite la ayuda de todos para levantarme y seguir.  Ahí me di cuenta que acelerar el proceso, no siempre lleva al mejor resultado.

Así empezó esta historia, y el destino empezó a abrir camino, al llegar a la ciudad, enfrenté nuevos retos, emociones, descubrimientos, conexiones y empecé a descubrir que el running, esa actividad poco agradable para mí, escondía una pasión latente en mi interior.

Empecé a recorrer kilómetros, y con ellos, sentía un latido vivo en mi pecho, una emoción que me invitaba a seguir adelante. Empecé a abrazarlo como como uno de mis hobbies preferidos participando en carreras recreativas, 5 km, 6km, 10km, 12km y así sucesivamente se volvió mi motor de vida, ese que me impulsaba a levantarme para salir a las 5 de la mañana, aunque las cobijas trataran de conquistar mi corazón para volver a ellas. Este deporte escondía un misterio, algo sorprendente para mí y en la medida que avanzaba me daba pistas, y a la vez dosis de dopamina para motivar mi fuerza hasta descubrir ese secreto que llevaba entre sus manos. 

Participe en las competencias recreativas empresariales, en la actividad de relevos, fue lo peor que pude haber experimentado, un estrés inconsciente,  que yo no lograba percibir, pero mis piernas si, ellas iban en busca de su propia meta;  es increíble como en al terminar el calentamiento e iniciar la primera etapa de relevos, fallaron y un desgarro detuvo mi avance, experimentando el dolor tan grande que significaba correr, era algo inexplicable, ¡no entendía!, ¡si era la pasión por la que me levantaba todos los días!, Yo creo que mi inconsciente vio aquel maestro y colapsó, terminé tirada en una prado, esperando que finalizaran las competencias, para buscar una atención.

Luego de varios días durante el proceso de recuperación, comprendí que debía fortalecer no solo mis piernas, sino todo mi ser.  Correr no solo implica estado físico sino emocional.

Empezó a sembrarse en mi un sueño, “correr una maratón”, esto implicaba, no solo amor por este deporte sino disciplina y mucha motivación. Empecé a sumar kilómetros, 5k, 10k, 15k, paso a paso iba descubriendo en el runing un regalo a mi vida, habitarlo a él, era entrar en un espacio de soledad conmigo misma, permitiéndome entrar al silencio de mi corazón, para entender tantas cosas que la vida me mostraba y no tenían explicación. El me ayudaba a ver mis propios retos a ser inspiración, no solo para mi sino para otros.

Luego de sumar kilómetros, contabilizar mis tiempos, logre llegar al 50% de mi meta 21km; allí descubrí la fuerza que me habitaba, la perseverancia y esa emoción maravillosa que se siente cuando decides lograrlo y hacerlo realidad.

Mi corazón se emocionó y palpitaba motivado por que sabía que sería capaz de sostenerse vivo al llegar a los 42 km, empecé mi entrenamiento hacia aquel sueño, descubrí que competir no era la meta, la meta era llegar en mi propia honestidad, siendo feliz y disfrutando del proceso, eso hizo que esta pasión permaneciera a mi lado, y no la abortara por miedo al fracaso, o miedo a volver a experimentar aquel desgarro. 

 Entrenaba 4 veces por semana, el mejor de mis días era los domingos en los cuales disfrutaba mis entrenamientos de fondos, era lo máximo para mí, ellos me enseñaban las profundidades de la vida, la pausa, a enfrentar obstáculos, y en ellos observaba la humanidad, leía sonrisas y sonreía al verlas y era gratificante verme logrando mi meta personal. 

Un día en uno de mis entrenamientos de  fondos más largos, escuche el sonido de aquella bisagra tan precisa e importante, que regulaba mi velocidad y me llevaba a avanzar cada día, ese sonido me hizo detener no solo un instante para escucharlo, sino un instante mas largo para llevarla donde aquel maestro; no el que me obligaba a correr para ponerme una nota; sino donde aquel maestro que con la sabiduría en sus manos y la ciencia en su voz detuvo mis pasos, antes que el dolor me alcanzara y mi rodilla dejara de funcionar completamente.

Esta noticia fue dolorosa para mí, sentí como si el motor que había dentro de mí, se apagara, y se descongelara todo lo fuerte que me habitaba, haciendo humedecer mis ojos y llevándome a soltar algo que no era fácil para mi soltar ni entender, primero por que correr 42km era el podio de mi vida, había construido una expectativa de logro en mi mente, mi avance estaba en 27km, solo me faltaban 15km para hacer realidad este sueño, y segundo era mi pasión, era mi dopamina con tenis, cronometro y  audífonos hablándome al oído en todas sus dimensiones. 

Este proceso habilitó mi consciencia, para descubrir lo que en realidad importa, para darme cuenta que la fuerza sigue ahí dentro de mí, lista para ser direccionada a otra pasión que mi alma elija, a entender que la vida son momentos y así como llegan se van y a darme cuenta que lo verdaderamente importante eres tú y lo que hagas por ti en la vida.

Este maestro no me impidió el runing, en definitiva, me enseñó a escuchar el silencio de mi rodilla y a entender que detenerse también es una forma de avanzar, que cuidarse era una forma de correr hacia adentro. Entendí que no dejé de correr, solo cambié el camino para que mis pasos sigan vivos y en ese cambio de camino, la maratón de 42km fue transformada en una maratón de letras, que el mismo runing me invitaba a hacer cuando entrabamos en conexión, pero por correr no lograba aterrizarlo en papel y esta es la oportunidad de expresarle al runing el regalo que dejó en mi corazón: 


Me enseñaste que correr es avanzar hacia mi propio centro,

donde el ritmo se vuelve respiración y el tiempo, un río que fluye sin medida. Recorriendo km sin miedo, con el corazón latiendo alto,

celebrando cada paso como un canto a la vida.

Descubriendo en cada zancada los nudos del camino,

esas curvas donde el alma se desnuda y revela su geografía secreta,

respira los colores y saborea el presente,

mientras las piernas escriben versos en el asfalto

Escuchándote, descubrir que la vida no es una carrera de obstáculos,

es un vuelo donde cada paso es una palabra, cada aliento un poema, y cada amanecer, una nueva página donde escribir con el alma encendida.

Finalmente, el tiempo no marca la diferencia, sino el momento fugaz y glorioso vivido en plenitud, descubriendo que el camino no termina, sino que se renueva con cada zancada vivida.

Soy Ana María, me apasiona moldear experiencias en reflexiones a través las palabras, buscando formar esculturas de comunicación, inspiración y conexión.

PD. Estos escritos son una muestra de ejercicios realizados en el taller de escritura: narrativas autorreflexivas para acompañar la vida.  Octubre-Noviembre 2025. Educación Continua. Pontificia Universidad Javeriana. 

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