Por: Martha Isabel Lara
Desde niñas, muchas de nuestras cosas las compartíamos, asimismo, compartíamos habitación, ella siempre ha tenido un carácter fuerte, estricto y claro; en el espacio de nuestra habitación aprendimos a cuidar la una de la otra, a expresarnos con confianza, guardar secretos, y como nos decía nuestra madre, cuando peleábamos, comprender que éramos las dos contra el mundo. Lo fuímos por un tiempo, de manera cercana, y lo seguimos siendo, aún nos cuidamos y preocupamos la una por la otra.
En ese cuarto, las noches se convertian en un escenario de complicidad, eran propicias para planear el futuro que soñábamos, allí también, hablabamos, riéramos, discutíamos e igualmente nos reconciliábamos. Algunas veces, hacia el final del día, cada una en su cama lista para dormir, empezaba a compartir sus historias, hablábamos por algún rato, narrando lo que había sucedido en el día, en los últimos días o lo que se nos había olvidado contar; en muchas de esas ocasiones terminábamos riéndonos, por alguna bobada que habíamos hecho o algún suceso que habíamos presenciado, lo cierto es que las risas salían con mucha facilidad, mientras nosotras tratábamos de reírnos bajito o debajo de las cobijas para no hacer mucho ruido, y que el resto de las personas en la casa no nos escucharán y así no se despertaran, pues ya era tarde.

Al compartir habitación, era como si tuviéramos un pacto de dormirnos al mismo tiempo, de esa forma respetarle el sueño a la otra, luego de nuestra rutina de niñas de lavarnos los dientes, la cara y ponernos la pijama, estábamos listas para dormir. Como siempre sentí que ella demoraba mucho lavándose los dientes, yo me los lavaba antes, ya que no quería esperar y esperar, pues solo había un baño en aquella casa. En ocasiones estábamos cansadas, o eran días entre semana y debíamos madrugar al colegio y nos dormíamos pronto sin hablar mucho; así las conversaciones eran principalmente los viernes o fines de semana porque no teníamos que madrugar; ya en la universidad no teníamos restricciones de sueño ni de ruido.
Cuando cada una desde su cama iniciaba la conversación y empezaba el espacio de complicidad, me pasaba para la cama de mi hermana, que era la más grande de la habitación, y terminábamos durmiendo juntas; nos reíamos de nosotras mismas o de algo chistoso que había sucedido en el colegio o cosas que nos pasaron en el día, algunas ocasiones reflexionábamos sobre distintas situaciones, hablábamos también de cosas que nos hacían sentir cómodas, otras veces peleamos y nos acostábamos a dormir peleadas, pero, casi siempre nos arreglábamos al día siguiente, de nuevo estábamos hablando, hasta se nos olvidaba nuestra pelea.
También cuando hacía frío, nos acostábamos en la misma cama, la más friolenta de las dos yo soy, mi hermana me arrunchaba y terminábamos tapadas con el montón de cobijas de las dos. También dormíamos juntas, cuando alguna de las dos tenía pesadillas en la mitad de la noche, la otra la ayudaba, la consolaba y se estaba con ella hasta que se quedara dormida otra vez; o solo nos acostábamos en la misma cama, donde nos sosteníamos de la mano o nos abrazábamos, quizás para que la otra se sintiera segura. Eso era cuando éramos niñas.
Por primera vez dejamos de estar juntas cuando fui a estudiar a otro lugar, ahí ella se quedó sola en el cuarto donde permanecían objetos y ropa de las dos, me contaba ella que, estando sola en ese cuarto, como ama de todo, su entretenimiento fue probarse toda mi ropa, la mayoría le quedaba grande y desfilar por la habitación mientras permanecía a solas. Que me había extrañado al comienzo. Me comento esta semana – Y cuando mi hermana se fue para Bogotá a estudiar, y yo me quedé estaba todavía en el colegio, nosotras peleábamos, pero cuando ella se fue yo la extrañé mucho-
Fuimos cómplices de nuevo en la universidad, cuando estábamos en otra ciudad, allí compartimos habitación de nuevo. Las situaciones fueron cambiando, nuestras obligaciones académicas y en la casa, se transformaron a una vida más independiente, nuestras conversaciones ya eran un poco más maduras, a veces hablábamos de política, de pronto, hablábamos de las cosas que sucedían en la universidad, en nuestras carreras, también hablábamos de novios o enamorados, de nuestros sentimientos, teníamos roommates, había más chicas de nuestra edad con las que empezamos a compartir.
El tiempo que estuvimos juntas nos ayudábamos, cocinábamos, teníamos salidas, nuestras conversaciones y actuaciones iban siendo más maduras. Continuábamos tratando de cuidarnos la una a la otra, allí sí que nos daba frio y dormíamos juntas más seguido, nos ayudábamos, con nuestras tareas y nos prestábamos dinero, a la par cuando estábamos enfermas. Pero no siempre todo salía bien, y no cumplíamos con las expectativas de la otra. En el tiempo de la universidad a mi hermana le retiraron las cordales, por un tiempo su dieta debía ser liquida, sopas licuadas; entonces preparé una sopa de ahuyama con pechuga, esto lo licue, hasta ahí todo bien, las situación es que yo buscando mayor sabor en la sopa además, le licue cilantro, ella comió la sopa, casi no termina de lavarse la boca ese día y lograr sacar todos los diminutos pedazos de cilantro que se le habían metido en los orificios donde antes estaban las cordales.
Nos separamos al terminar la universidad, primero me fui yo, empecé a vivir en algunos pueblos donde trabajaba, y en muy pocas ocasiones regresé donde ahora vivía ella sola, para compartir nuestros días y noches. Mi hermana termino después la universidad, cada una tomó su camino; nuestra distancia ha estado marcada por más kilómetros y kilómetros, nuestras charlas continúan en llamadas, algunas veces bastante cortas, otras de mayor tiempo, nuestro lenguaje de amor es preguntar:
– ¿cómo estas baby? – Como siempre nos hemos llamado la una a la otra.
PD. Estos escritos son una muestra de ejercicios realizados en el taller de escritura: narrativas autorreflexivas para acompañar la vida. Octubre-Noviembre 2025. Educación Continua. Pontificia Universidad Javeriana.
