Por: Yessika Mancilla
Mis únicos viajes que nunca llevaron un libro fueron a aquel tortuoso Barranquilla de mi infancia, esas calles que me transportan inmediatamente a uno de los períodos más oscuros de mi vida.
Aquella mañana de pandemia en la que me encontraba en la clase virtual de educación física, de la cual no sé cómo fui a parar a la puerta del cuarto de mi madre y me desplomé de un dolor profundo en lo que llamamos popularmente “la boca del estómago”, ya no era la primera vez que me sucedía.
Cuando recorrí de nuevo esas calles me entro un espeluznante frío por la espalda, recordando cuando por fin el quinto doctor al que había asistido para encontrar la raíz de aquel turbio dolor me envió a realizarme uno de los dos exámenes más necesarios para saber que tenía. Solo escuchaba la palabra “endoscopia” y la niña de 7 años hacía un intento de salir corriendo. Pero no contaba con que me iban a dormir (cosa que hizo menos tortuoso este proceso).
Y llegó el otro examen, el de alergias, me levantaron el suéter y pusieron en mi espalda alrededor de 35 puyitas (eso sentí, en realidad nunca supe cuantas fueron, no me interesó) hasta entonces todo iba bien con aquellos dos grandes esparadrapos que cubrían las “puyitas” que iban a acompañar mi espalda durante una semana. La retirada de cada una fue la más dolorosa. Pero al final me sentí feliz de no tener esos parches más tiempo.
Después de aquellos exámenes, determinaron que tenía duodenitis y alergia al cobalto- B12. Luego de esto ajustaron mi alimentación y comí durante medio año solo arepitas saladas, arroz, pechuga y agua, nada más.
La única medicina que me calmaba el dolor se llamaba Decadron, era una tortura para mí entrar al cuarto donde me ponían la inyección, y de la cual salía con una terrible incomodidad en la pierna, por el dolor que producía aquella medicina.
Todas aquellas calles, que ahora acompaño con un libro, me siguen trayendo malos recuerdos. A pesar de que no son las mismas (porque el río se comió uno de los puertos donde arribaba el ferri con el que pasábamos al otro lado para poder llegar a Barranquilla), sus árboles, sus huecos, su barro me siguen inspirando un miedo terrible.
Hace un tiempo pasábamos por ella con mi abuela hacia un viaje y justo en el ferri mi abuela se desplomó, y cuando despertó, no conocía a nadie, sé que no es culpa de esos caminos, pero mi mente lo asocia así.
En ese mismo camino, cuando enfrentaba mi crisis, viví muchas experiencias. Como cuando me comí un antojito que se llama “caballito” que es de papaya, este me trajo de nuevo ese dolor insoportable… Pero ¿Qué podía hacer?, nada, estábamos en plena calle y nos faltaba mucho por llegar.
Aun así, no todas fueron malas, me termine de leer “En Agosto Nos Vemos” después de 5 días en aquel carro (el mismo que me acompaño en mis dolores), estaba tan emocionada que se me olvido que estaba pasando nuevamente por aquellas calles pedregosas.
A pesar de que mi crisis se fue, mi antiguo y viejo miedo no. No puedo evitar sentirme mal de nuevo cuando transito aquellas calles, que se mantienen igual de huecosas y feas. Lo único que me calmaba en ese momento era que si comenzaban ese viaje, en algún momento tenía que terminar.

Y para concluir, aunque no quiera reconocerlo, aquellas calles llenas de maleza y de árboles muertos formaron una parte muy importante de mi vida, mi infancia.
Soy Yessika Mancilla, una niña que viaja entre recuerdos y palabras;
y esta voz que te habla es la compañera invisible que convierte cada historia en un camino nuevo.
PD. Estos escritos son una muestra de ejercicios realizados en el taller de escritura: narrativas autorreflexivas para acompañar la vida. Octubre-Noviembre 2025. Educación Continua. Pontificia Universidad Javeriana
