Por: Carlos Fernando Latorre B.
Llegué al taller de escritura creativa convencido de que iba a aprender unos cuantos trucos para poner mejor las comas, domesticar los adjetivos rebeldes, darle una mejor estructura a los párrafos y evitar que mis textos parecieran un campo de batalla gramatical. Pero, para mi sorpresa, aquello resultó ser mucho más que un curso sobre palabras: fue una expedición a los rincones más extraños, luminosos y a veces sospechosamente oscuros de quienes escribimos.
Con cada sesión fui descubriendo que dentro de mí habitaban personajes que ni siquiera sabía que tenía en nómina: algunas luces optimistas, unas cuantas sombras bien instaladas y varias máscaras que aparecen según la ocasión. El taller me dio permiso para invitar a todos esos inquilinos al papel, donde, lejos de esconderse detrás de la rutina, encontraron el escenario perfecto para salir a contar sus historias.
A medida que avanzaba el taller, fui entendiendo que escribir no era simplemente acomodar palabras para que sonaran inteligentes ni perseguir comas fugitivas por los párrafos. En realidad, se trataba de aprender a mirar. A mirar de verdad. A descubrir que, en una conversación cualquiera, en una fotografía, en una pintura, en un recuerdo de infancia o incluso en el Transmilenio puede esconderse una historia esperando ser contada.
Los ejercicios fueron afinando esa mirada curiosa. Poco a poco comprendí que una imagen, una anécdota ajena o una escena cotidiana pueden convertirse en espejos inesperados donde terminamos encontrándonos a nosotros mismos. Lo que parecía ser la historia de otro acababa revelando algo propio, como si las palabras tuvieran la costumbre de tender puentes secretos entre las experiencias de todos.
También descubrí que escribir es una forma elegante —y a veces terapéutica— de conversar con la memoria. Cada texto ofrecía la oportunidad de desempolvar recuerdos, darles nuevos significados y reconciliarse con episodios que creíamos archivados para siempre. Al final, más que aprender a escribir mejor, aprendí a observar mejor; y quizá, pensándolo bien, ambas cosas en el fondo, son lo mismo.
Una de las grandes enseñanzas del taller fue descubrir que escribir va mucho más allá de contar hechos: es transformar recuerdos, lecturas, imágenes y experiencias en relatos nuevos. Aprendí que la imaginación funciona como una especie de alquimia capaz de dar nueva vida a lo vivido, y que los arquetipos —esos personajes universales que habitan las historias— también aparecen, a menudo sin avisar, en nuestros propios textos.
Pero también estuvo la écfrasis, que me puso a conversar con imágenes y a descubrir las historias ocultas detrás de ellas. La diarística, me enseñó a valorar los pequeños acontecimientos cotidianos; y la etnografía, me invitó a observar con atención a las personas y los mundos que me rodean. En particular, la etnografía laboral, me hizo descubrir que las oficinas, los salones de clase y las reuniones interminables son auténticos ecosistemas humanos, poblados por personajes tan fascinantes como impredecibles; gracias a ella comprendí que detrás de cada correo urgente, de cada café compartido y cada frase de “esto no se demora mucho” se esconden historias dignas de una novela.
Sin embargo, el verdadero aprendizaje no estuvo en los conceptos. Estuvo en las personas. Cada compañero se convirtió en un libro abierto cuyas páginas se fueron revelando sesión tras sesión.
Lina creció tan rodeada de literatura que sospecho que aprendió a leer antes que a amarrarse los zapatos. Entre historias de infancia, aulas, lecturas y scouts, nos recordó que los libros son excelentes compañeros de viaje y que la autenticidad siempre encuentra la manera de colarse entre las páginas.
Angie Natalia escribe con un sarcasmo tan fino que a veces no sabía si reírme o tomar apuntes. Sus textos convivían felizmente con sus contradicciones, demostrando que la coherencia está sobrevalorada cuando hay ingenio de por medio.
Viviana tiene el curioso talento de convertir un sueño cualquiera en una aventura literaria y una escena cotidiana en un pequeño enigma. Nunca supe dónde terminaba la realidad y dónde comenzaba la imaginación.
Ángela escribe con el corazón tan cerca del teclado que sus recuerdos parecen tener vida propia. En sus relatos siempre percibí a la niña que fue conversando con la mujer que es hoy.
Jesús tiene la habilidad de convertir una conversación cualquiera en una pequeña clase de filosofía sin darnos cuenta. Siempre aparecía una reflexión oportuna para recordarnos que la vida trae preguntas, pero también algunas respuestas con fecha de maduración.
Robinson me demostró que no hace falta inventar dragones cuando la vida cotidiana ya trae suficientes personajes y sorpresas. Sus relatos convertían vivencias reales en pequeñas piezas de poesía, como si llevara un detector de belleza escondido en el bolsillo
Y, por supuesto, está la profe Angélica, una especie de brújula literaria capaz de llevarnos por territorios desconocidos sin que nadie se perdiera en el camino. Con paciencia y una sorprendente habilidad me hizo escribir más de lo que yo creía posible
Tampoco puedo olvidar a nuestra querida Valentina y otras compañeras: Cristina, Hillary, Patricia y Diana Carolina, que, con sus comentarios, historias, lecturas, e inclusive sus silencios, enriquecieron cada encuentro.
Sería imposible hacer justicia y mencionar cada aporte por separado, porque este taller terminó pareciéndose a una pequeña república de escritores en construcción. Lo mejor fue que cada quien llegó con su propio equipaje de historias, ocurrencias, dudas y talentos, y entre todos armamos un espacio donde las ideas circularon con mucho entusiasmo.
Cada texto leído, cada comentario compartido y cada conversación —incluidas aquellas que empezaban hablando de escritura y terminaban quién sabe dónde— fue ampliando mi manera de mirar el mundo. Sin darme cuenta, aprendí que escribir no solo sirve para contar historias, sino también para descubrir nuevas formas de entender a los demás, y de paso, entenderme un poco mejor a mí mismo.

Al terminar el taller comprendí que escribir es mucho más que producir textos: es una forma de observar el mundo, dialogar con la memoria, explorar quiénes somos y conectar con los demás. También descubrí que tanto nuestras luces como nuestras sombras tienen historias valiosas que contar y que las máscaras que usamos a diario pueden convertirse, con un poco de honestidad y sentido del humor, en una inagotable fuente de inspiración narrativa.
Guardaré los textos que escribimos durante el taller, tanto los míos como los de mis compañeros, pero lo que realmente me llevaré no cabe en una carpeta ni en un archivo digital. Me quedaré con la experiencia de haber compartido un espacio donde las palabras me sirvieron para algo más que escribir: me sirvieron para descubrir que cada persona es una novela ambulante, aunque muchas veces ande disfrazada de docente, contador, psicólogo, abogado, ingeniero o jubilado.
Soy un novel escritor de tercera edad, ya jubilado, pero en etapa de descubrimiento, lo que significa que todavía me emociono cuando encuentro una palabra bonita y me angustio cuando una coma aparece donde no la invité.
PD. Estos escritos son una muestra de ejercicios realizados en el taller de escritura: narrativas reflexivas: escribir y simbolizar la vida. Mayo-Junio 2026. Educación Continua. Pontificia Universidad Javeriana.
