El silencio del río

Deja que me siente aquí con cosas desnudas, con esta taza de café, con este cuchillo, con este tenedor, cosas en sí mismas, yo siendo yo misma. ( Virginia Woolf, las olas)

Hay un gran silencio dentro de mí. Y ese silencio ha sido la fuente de mis palabras. Y del silencio ha llegado lo que es más precioso que todo: el propio silencio. ( Clarisse Lispector, revelación de un mundo).

Todos los años de mi vida adulta he sido visitante de aguas termales, baños turcos, saunas; soy una especie de ser anfibio que se deleita con la humedad, lo oscuro, los olores de la tierra. Intento mantener rutinas ligadas a esto en mi vida diaria y he condicionado viajes en algunas partes del mundo por esta especie de afición. Hace ya tres años conozco un hotel termal cerca de Bogotá que visito con cierta regularidad. Intento que sea un espacio de bienestar, que aunque breve, me saque un poco de las prisas habituales.

En esta visita, noté que más allá de permitirme una inmersión en las aguas beneficiosas de las piscinas; estar ahí, también me condicionaba una inmersión en el sonido del río que bordea las instalaciones; un sonido que siempre está en la atmosfera, constante, próximo. Todo un privilegio si contamos con que en la mayoría de las termales de Colombia te aturden con música todo el tiempo. Entonces, tener unos días con el silencio del río es más que una oportunidad en este país de bullas eternas.

En esta visita, el río se encontraba particularmente caudaloso y brioso; seguramente por las lluvias de los últimos días; así que podías sumergirte en ese sonido avasallador y constante, perderte en él mientras flotabas en la liviandad del agua caliente. Recordé una casa en la que viví con mi primer esposo y que solíamos llamar: la casa del río. Y donde tuve que exponerme muchas veces, a la soledad de estar en la naturaleza, algunas noches sin luz, y donde se escuchaba el sonido constante de un río; algunas veces, debido a las lluvias, su sonido era salvaje, como si innumerables piedras estuvieran cayendo sin cesar; otras veces, era un sonido suave, casi melancólico, pero vivir en aquella casa era exponerse a convivir con el río, con sus sonidos y silencios.

Llevo dos semanas leyendo el libro: viajes al país del silencio, y mientras estoy en el balneario termal me encuentro estimulada por la historia de una escritora británica Sara Maitland (Más allá de la paz y la tranquilidad) que luego de tener matrimonio e hijos,  decidió explorar el silencio, como un ejercicio consciente, viviendo en distintas casas en medio de lugares inhóspitos y fríos: “Decidí que quería hacer del silencio el eje de mi vida… lo que me llamaba era el espacio, la naturaleza en estado puro, la inmensa nada de los páramos de montaña. Quería vivir allí en silencio.”  Y lo que comenzó como una experiencia performance, pues probó distintos métodos y pruebas de silencio, cuarenta días y un diario, donde anotaba todas las rarezas que le sucedieron en medio del silencio de los días, por ejemplo, escuchar un coro benedictino en medio de la sala, encontrase en situaciones de miedo en medio de una caminata, o no saber si algo había o no sucedido con certeza, cuando los días de silencio se hacían cada vez más densos y largos.

Para esta escritora, esta búsqueda se fue convirtiendo en una forma de vida. Actualmente, vive entre el bosque, en una casa propia que compró a un pastor: “Rezo unas tres horas al día. Me gano la vida, paseo, leo y bordo. Soy extremadamente feliz en mi pequeña casa, pero el silencio sigue pareciéndome un profundo misterio todavía…” Al parecer es necesario tener una rutina, aún en medio del silencio del bosque, para hacer sintonía con las cosas calladas, con el tiempo mudo, con la vida sin artificios.

Termino mi día de termales arrullada por el sonido del río y por esta historia tan confortable en su valor de búsqueda, en su belleza contemplativa. Esta es sólo una de las historias que el libro propone para ayudarnos a entender las diversas experiencias que la vida propone para vivir el silencio: el silencio de la meditación, el silencio del bosque, de los animales, del poema, de la lectura, Pero me quedo con esta para sumergirme en el silencio del sueño. Un silencio que tampoco es mudo o indiferente, pues en el silencio del sueño también abundan “los fantasmas”.

Epílogo: con algunas de estas pinturas hacen intertextos con el libro: Viajes al país del silencio.

(Füssil silencio (1800) …de las sombras del inconsciente, de la luz del recogimiento)

(El silencio del abstracto del pensamiento: Filósofo en meditación (1632) de Rembrandt)

(El callado silencio en el retrato de la santa del silencio)

(El silencio intimo de la lectura en lectora de azul (1963) de Johannes Vermeer).  

Necesitamos silencio para vivir con el otro, para observarlo y reconocerlo. Necesitamos silencio para escucharnos y así penetrar en el universo callado de nuestra interioridad. Necesitamos silencio para escribir, para darle espacio al vacío creativo. Necesitamos silencio para caminar, para viajar, para absorver lo que nos rodea.

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