Residuos textuales : los preparativos se tardan

-Parte 1- Apuntes no incluidos en el libro : Vicios en el espejo o una cosmética transcendental.

El nueve siempre me pareció un número fatídico, en la numerología simboliza el máximo ying, pues anuncia la caída, el descenso y de algún modo el final de algo. En el 2009 pasé de la incertidumbre por mi futuro a tomar acertadas decisiones, aunque la incertidumbre por el futuro nunca pasa, está ahí arañándote siempre. Fue así que decidí reponerme de tantas dudas y devaneos existenciales frente a mi profesión  y finalizar la tesis de maestría en Literatura que llevaba dos años intentando terminar.

Los dos años siguientes fueron el claro espejo de fuertes luchas interiores, mientras escribía la tesis, todo a mi alrededor iba desacomodándose, perdiendo peso y sentido.  Bogotá la ciudad soporte de tantos años de luchas y estudios, comenzó a perder significado. Por primera vez sentí no hallarme en aquella ciudad que me acogió durante tantos años.         

Había llegado a Bogotá por allá en los inicios del siglo veintiuno, con mis ojos llenos de asombro e ilusión. Todo parecía una promesa, el presente, los sueños labrados en el calor sofocante de mi pueblo caribeño. Mi ser vibraba con las letras, la literatura era mi locura. Quería y necesitaba saberlo todo, leerlo todo, mirarlo todo. Bogotá se abrió con sus cafés, sus bibliotecas, sus teatros, sus cines. Me abracé con ahínco a la cultura vibrante de esos días capitalinos.

Después de más de diez años habitando y amando Bogotá, naciendo y muriendo en la memoria de sus calles, para luego reinventarme e intentar lograr mi anhelada adaptación de provinciana en la capital; llegaba como un cansancio, cierto hastío sin forma definida. Y casi sin notarlo mi vida empezó a estrecharse. La casa comenzó a sentirse pequeña, crecer ese verbo expansivo y útil, se convertía en un viaje en espiral que me conducía siempre al mismo lugar. 

La llegada del 2011 y la finalización de la tesis, propiciaron una removida en mi mundo. La cuestión en esos meses era solo esperar una respuesta sobre mi admisión en un doctorado en Literatura en la universidad de Viena. Pero Bogotá con ese sino mágico de inacabable sustancia, tenía sorpresas para mí: un nuevo trabajo, nuevas amistades, pequeños rostros de la reconciliación que llegan para volvernos a encariñar justo cuando ya estamos soñando con una vida nueva en otro lugar. Pero ese rostro dulce de seguridad no duró mucho, tan sólo el tiempo suficiente para mitigar la espera.

¡Oh Wien!

En Viena me esperaba él, con quien había vivido los últimos cinco años en Bogotá, se había adelantado a esta aventura viajera, consiguiendo un lugar donde vivir, una visa, algunos amigos y  trabajo. Apenas el piso suficiente para que la experiencia en tierra extraña no nos matara de frio. 

Entonces, sin terminar de llegar y en pleno aterrizaje, ya añoraba todo lo que había dejado, mis precarias y amorosas seguridades: mi trabajo de tiempo completo en una universidad de medio pelo, la risa con mis amigas de siempre y los diálogos profundos y profanos con mi mejor amigo gay. 

Sin embargo, y en un fugas movimiento, ya estaba en Viena. Vivía de nuevo con él en un pequeño apartamento, tenía una visa de estudiante por un año, una cuenta de banco, un seguro de salud que pagar y mi primer teléfono inteligente, entre otras tantas cosas, que simulaban materialmente mi presencia en esa bella e imperial ciudad del centro de Europa: Oh Viena!

De vuelta a la realidad: el trabajo y otras peripecias

De forma imperceptible, casi silenciosamente comenzó un verdor en el paisaje, llegaron las primeras lluvias de marzo, los soles tibios de abril y mis clases de alemán rodeada de jóvenes venidos de todas partes del mundo: sobre todo de Serbia, Turquía, Bulgaria y uno que otro arriesgado de Mongolia o Japón.  Una mañana tranquila o trágica, depende cómo se mire,  recibí una llamada  inesperada de una amiga cercana ofreciéndome trabajar como niñera de una bebita de apenas nueve meses. En ese momento no sabia si ponerme a llorar o tomar el primer avión de vuelta a Colombia. Nunca me han gustado los niños, porque para mí son seres lejanos, a quienes no logro divertir, dejando en evidencia mi parcial ausencia de virtudes maternales.

A pesar de mis pronósticos desesperanzados que me auguraban meses de llantos y pañales sucios, comencé a trabajar. Las horas cuidando a la niña,  se me pasaban mirando el reloj como una condenada que espera el momento de su liberación; haciendo mímicas de ahogada, de tonta, de muerta viva, fingiendo el humor, la alegría, para que la niña se tomara el tetero, no llorara, o no le dieran sus usuales ataques de histeria. Una bebita y yo enfrentadas al paso de las horas, ella añorando a su mamá y yo queriendo  salir corriendo.

PUES YO no era una niñera, yo era una profesora universitaria, eso gritaba a los otros y me gritaba a mí misma en esos meses rudos de adaptación y extrañeza.

Era fácil en Colombia decirle a mis amigos que estaba dispuesta en un principio a “hacer lo que sea en Viena”, “cualquier trabajo”, pero no me había percatado de lo agarrada que estaba a mi identidad social. Era mentira, las guerras sólo sabemos si las podemos ganar en el campo de batalla, en el instante mismo de la pelea. No digo que esa batalla la haya ganado, simplemente sobreviví, gané mis primeros euros y aprendí a cambiar pañales.

….continuara

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