Una carta

Por: Maria Elena Garzón

La Mesa, Cundinamarca, octubre 12 de 2024.

Amado mío,  te saludo y te abrazo donde estés.  Después de este corto saludo, paso a contarte lo siguiente:

¿Te acuerdas de mis listas, esas a las que no le encontrabas sentido y siempre criticaste?

Pues bueno, en la de cosas por hacer, inicié el proceso de ir tachando algunas: como la de vivir en primera línea de playa, escuchando las olas, pensionarme para vivir en domingo permanente,  regresar al seno familiar, viajar por Colombia, encontrarme un lindo, seguro y confortable lugarcito en la montaña para dejarme encontrar por lo nuevo y especialmente, ir de paseo a Caño Cristales.

Gordito, a tu partida, al otro lado del velo, me dio física jartera quedarme en el mismo metro cuadrado, en esa casa tan inmensa pero tan sola;  así que hice cuentas, alcancía y Dios mismo me llevó a una cabaña, en primera línea de playa, en Coveñas,  como un puente entre lo que  viví a tu lado y la decisión de regresarme al seno de la Fernandada. 

Siento que, hasta ahora,  ha sido una de mis mejores decisiones, pues dejar atrás ese Caribe amado, sentía que me costaba, especialmente por los fuertes vínculos construidos con esa bella cultura y vivir en la playa fue tan placentero como sanador.

Una sensación de esas que hablabas cuando decías que yo parecía más sabanera que tú, por disfrutar de sabores, olores, colores, sonidos, texturas que despertaban en mí ese gen caribe que anda refundido en mi ADN.

Te quiero contar que en esta hora, pasé a que ya vivo donde quiero y me siento segura y feliz, pues me despiertan los cantos de mis vecinos los pájaros y la casa se ha convertido en un delicioso tertuliadero; además, soy la anfitriona de los gatos del vecindario y en algunas ocasiones hasta me visita Juan Díaz, esa mágica neblina con nombre propio, ese Caribe sigue por dentro y por más que intento alejarme, éste me persigue. 

Imagínate que ahora mismo asisto a clases con una profe de Sahagún!  Te acuerdas de Vivi, la de  sonrisa linda, también es compañera en esta nueva experiencia de vida.

Y en el pueblo donde vivo hasta colocaron un restaurante con menú costeño, con carimañolas, arepa e’huevo, quibbes, suero, sancocho de pescado y toda esa gama de delicias del caribe. Hasta mote de queso tienen, y ya llevo unos cuantos días pidiendo domicilio.

Te acuerdas recién llegada a la casa de tus papás cuando refunfuñaba porque nos servían al desayuno ahuyama con revoltillo de huevo y café tinto, hasta que yo misma aprendí a agregarle suero con cebolla cabezona roja, ajo machacado y ajonjolí

Ah!!! y cuando preparabas ese pescado al cabrito o cuando lo hacías en viuda con yuca arenosita y lo servíamos en hojas de plátano en el patio de la casa con guarapo frío con naranja agria.

Y qué decir de la semana santa y esos dulces caseros de guandú, ñame, cereza, caballito, coco con leche, mi preferido,  y de la chicha que preparaban cortada con batata.

Ajá y también te acuerdas del mote de ese pescado que no te gustaba porque decías que era feo,  ¿Cómo es que llama?

Ah!!! si, ya me acordé el moncholo, que con ese toque de ahumado le daba un sabor maravilloso acompañado con arroz de palito, tajada de plátano amarillo y ensalada de pepino con suero y unas hojitas de yerbabuena.

Me asalta el recuerdo cuando invitábamos a los amigos y familia a un sancocho trifásico.  Me enseñaste a escoger una buena gallina, la mejor carne salada -la entreveradita- y hueso de cerdo para que tuviera mejor sabor. Me enseñaste a diferenciar el ñame espino del criollo y del diamante. 

No quedaba ni miguita para darle a los vecinos.  Hay tres sabores que para mí son los que le dan identidad a esa cocina ancestral: la bolita de pimienta de olor, el cebollín y el ají dulce de los Montes de María.

De los jugos los predilectos de este paladar caribe son el de corozo y el de níspero, pero en pura leche. Y de las frutas, me quedo con el mango zapote y hasta el de corazón el que siempre andaba antojada en decir que ese me sabía a durazno. 

En fin, gordito, hoy  quiero agradecerte que hayas sido el eslabón que me permitió adentrarme en ese Caribe que al son de una buena gaita siempre me hará vibrar y sentirme parte de esa sabrosa , incomparable y muy bacana cultura.

Hoy estoy en otra latitud donde el cuchuco, la changua, el tamal, el masato, la mantecada,  el ajiaco y hasta el fiambre, son ahora parte de mi menú; aunque te confieso,  no dejo pasar la oportunidad de encontrar una buena o mala disculpa para pegarme la escapadita para ir a tu tierra a untarme los dedos con un buen bocachico fritosudado a la orilla del mar, no sin antes deleitarme con una buena ensalada de berenjena, una porción generosa de cabeza e’gato y un chicharrón crujiente con buen limón.

Amor, hoy honro tu memoria con inmensa gratitud por ser parte de mi historia;  tú y esas maravillosas tierras del caribe y gentes, en mi corazón.

Por siempre, Tu María E.

Amante de las listas, del mapa de sueños, de la gratitud, de la meditación contemplativa, los colores, los sonidos, las formas y los olores.  Ligera de equipaje.  Amando la soledad.

PD. Estos escritos son una muestra de ejercicios realizados en el taller de escritura: narrativas autorreflexivas para acompañar la vida.  sept—Oct 2024. Educación Continua. Pontificia Universidad Javeriana.

2 respuestas a «Una carta»

  1. Herminita María Elena, eres una persona elegida por Dios para sanar muchos corazones a través de sus escritos que siempre llevan un mensaje de amor y de ánimo a muchos que sufren de una y otra manera. Felicitaciones y adelante con todo lo que haces.

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