Por: Maria Fernanda Gaona
En la orilla del Río Magdalena, está un pueblo con un nombre que confunde. El Banco. Un nombre que no hace honor precisamente a la concepción tradicional de la palabra, porque allá el olvido está presente y el progreso se quedó en el centro del país.
Allá, el río Magdalena se abre como una falda de cumbia y se ondea como las caderas de la cumbiambera: despacio, con cadencia, con elegancia. Imponente, bordea este pueblo olvidado que aún respira al ritmo de los tambores y del sol que cae sin prisa sobre los techos de zinc.
Allá, todavía el río es tan presente que hay temporadas donde inunda las casas y, a su vez, inunda el pueblo de necesidades que se hacen latentes.
Hace mucho tiempo, este era un pueblo próspero, porque por aquí pasaban las chalupas cargadas de vida, de comercio, de historias que venían desde el norte del país hasta el sur de Bolívar. Incluso hubo un época donde los buques con turistas del interior arribaban a este viejo puerto. Ahora, el río sigue su curso, pero parece hacerlo en silencio, como si se negara a despertar a quienes se acostumbraron a ese momento en el que el tiempo se detuvo para todos.

Me fui de este lugar un 5 de enero de 2010.
El sol todavía quemaba como si fuera diciembre, y el río seguía su curso indiferente, como si no notara que una parte de mí se estaba yendo con la corriente. Tenía apenas dieciséis años y una maleta más grande que mis certezas. Decían que me iba pra “comerme el mundo”, pero la realidad es que los miedos desbordaban mi equipaje.
La capital me recibió con su ruido y su prisa, con su frío incesante y sus calles que nunca olían a río. Allá no había mosquitos, ni tranquilidad, ni la paciencia de la provincia, sino tráfico, prisa y la ansiedad del reloj que corre en contra tuyo.
Aprendí a moverme entre desconocidos, a esconder mi acento, a pronunciar las palabras diferente, como si eso bastara para encajar. Pero en las noches, cuando el silencio llegaba – cuando no había ventilador, ni aire acondicionado, ni música de fondo- la nostalgia me recordaba donde estaba.
Con los años entendí que uno nunca se va del todo. Que el desarraigo no llega de golpe, sino que se cuela despacio, como el polvo. Primero deja de doler la distancia y empieza a doler la duda.
Cuando regreso al pueblo, me dicen que ya no hablo igual, que se me ha “pegado” la forma de hablar de la capital. Pero en la ciudad, mi acento todavía delata que vengo de otra parte. Entonces me quedo a medio camino: no soy del todo de allá, ni completamente de aquí.
Es una sensación extraña como si llevara la casa en mi espalda, pero nunca encontrara dónde ponerla. A veces pienso que pertenecer es un lujo de quienes nunca tuvieron que irse. Nosotros, los que partimos, aprendemos a echar raíces en cualquier parte y a recurrir a la memoria.
La distancia me enseñó a mirar mi pueblo con ojos distintos: con ojos de oportunidades, de cultura, de crecimiento. Pero a veces la nostalgia llega porque sé que allá, dónde nada de eso ha llegado, están mis padres envejeciendo poco a poco sin importar todo este discurso.
Porque, igual por más lejos que viaje —a cien, setecientos o siete mil kilómetros— esas son mis raíces. Soy costeña, ribereña, banqueña, del Caribe colombiano. Y aunque el río se lleve muchas cosas, a mí me trajo hasta aquí, donde sigo intentando entender de dónde soy.
Al final, debemos aprender que las raíces se echan en la memoria, sobre todo en un país como Colombia, donde el movimiento hace parte de nosotros; donde lo más importante son los recuerdos, porque pertenecer no nos toca a todos.
Creativa por vocación, abogada en mis tiempos libres y viajera de corazón. Me encanta leer, el journaling y los atardeceres. Soy una enamorada del amor.
PD. Estos escritos son una muestra de ejercicios realizados en el taller de escritura: narrativas autorreflexivas para acompañar la vida. Octubre-Noviembre 2025. Educación Continua. Pontificia Universidad Javeriana.
