Por: Ana Milena Torres
Bordar es conectar con la esencia. Es como un viaje hacia el interior en medio del silencio y la concentración. Bordar es regalarse un momento de pausa y conexión personal y al conectar contigo logras desarrollar tu intuición y, por ende, tu creatividad.
Cuando tomas entre tus manos la aguja y el hilo se entrelazan el hacer con la meditación y la mente con las manos para trabajar en armonía. El bordado es una terapia activa donde trabajas la autoestima, la paciencia, la relajación, la tolerancia, calmas tu mente y fomentas el estado de atención plena. Desaparecen los pensamientos rumiantes que generan ansiedad.
La postura que adquieres al bordar (mano relajada, dedos en la aguja, espalda recta y respiración suave) se asemeja a un mudra, gesto de meditación del yoga considerado como sagrado y que ayuda a enfocar la energía. Los bordados cuentan historias. Historias actuales y pasadas que finalmente quedan plasmadas en la tela.
El tiempo de bordado se alterna entre espacios en solitario y espacios de socialización. Reunirse con otras personas a bordar es un ritual, un momento para compartir en comunidad y para transmitir sabiduría; es una dinámica en la que se crean conexiones profundas y se alimenta el espíritu a través de la compañía y del disfrute. Es un espacio seguro.

Mi historia con el bordado inició cuando era muy pequeña. Mi abuela era costurera de profesión y fue ella quien me instruyó sobre el uso de la aguja, el hilo y las telas. Aunque no eran muchos los resultados, me enseñó a enhebrar, a hacer nudos al final del hilo, a conocer y a tratar con amor las telas, a desenredar las hebras cuando aparecían los nudos indeseados y a organizar los implementos. Aun recuerdo su amor por la costura y su paciencia para transmitirme su conocimiento. Tengo la imagen de estar acompañándola sentada al lado de su maquina de coser y escuchando su ritmo cadencioso al mover las piernas para permitir que la aguja fuera acariciando la tela.
Durante mi época de colegio aprendí con las monjas a realizar varias puntadas. En esos años era indispensable que las mujeres conociéramos de costura como parte de nuestras habilidades para desarrollar las labores del hogar, “…que sepa coser, que sepa bordar, que sepa abrir la puerta para ir a jugar”. Las monjas no solo me enseñaron puntadas, también otros asuntos relacionados con el bordado como la posición de la columna, de las manos, como sostener la tela, como evitar que se deshilachara y como no ensuciarla durante el proceso. Y lo que más se ha quedado grabado en mi memoria y que hasta hoy lo sigo al pie de la letra es la importancia del reverso en el bordado. Cuantas veces tuve que desbaratar mi trabajo porque el reverso no era el adecuado, una terapia para desarrollar mi paciencia y mi tolerancia. En la actualidad cuando tengo que desbaratar lo hago sin que me genere frustración, entiendo que en el proceso de bordar como en la vida hay que soltar, fluir y, en varias ocasiones, iniciar de nuevo.
Fue en el colegio donde empecé a enamorarme del bordado, me encantaban los trabajos que nos proponían y sin dudarlo los terminaba y exhibía orgullosa ante mi familia, las compañeras de colegio y mis amigas. Tanto sería el amor al bordado que era la única materia donde recibía una medalla de excelencia cada determinado tiempo. Guardo con cariño esos reconocimientos.
Los días de la universidad los acompañé con nuevos bordados, ya sin instructores al lado, solo patrones e hilos para realizar obras de arte. En algunas ocasiones despistaba el sueño gracias al tiempo de bordado, eran muchas horas con la aguja, el hilo y la tela entre mis manos como danzando de manera suave y armoniosa. Con mi abuela compartí mis obras, algunas de las cuales hicimos iguales. Hablar del bordado con ella me generaba placer, lo podíamos hacer por horas y horas.
La etapa laboral borró de mi mente el bordado, lo olvidé, lo guardé en la cajita de mis afectos. Solo en una ocasión lo traje de vuelta, cuando quedé embarazada. En ese momento, y con todo el amor, borde para mi bebé. Fueron momentos maravillosos de pensar en esa nueva vida y de concentrarme en el resultado del bordado. Hasta ahora guardo una cobija y un cuadro que elaboré.
Al final de mi tiempo laboral decidí retomar aquellas cosas que me gustaban en la juventud y que me sirvieran para despertar mi creatividad y calmar mi mente. Y fue en ese momento cuando volví al bordado. Con el consejo de mi jefe de ese momento busqué un taller donde pudiera desarrollar de nuevo la habilidad, y así fue, me enamoré nuevamente.
Otra vez el baile rítmico de mis manos, la aguja, el hilo y la tela, la paz de mi mente y la atención plena. Mi herramienta en momentos de ansiedad, mi refugio en la soledad y la tristeza. El bordado me libera, me calma, me aconseja y me permite volver a mí.
Cuando comparto con otras bordadoras me siento en un lugar seguro, puedo hablar de temas profundos, pero también hacer bromas sobre nuestras puntadas. Allí no hay competencia, solo colaboración, pura energía femenina, aquella que busco desde que deje mi trabajo.
Espero con ansias los encuentros semanales con aquellas mujeres con las que poco a poco vamos siendo amigas. La energía de esos encuentros es relajante, tenemos momentos de silencio y concentración, pero otros de risas estruendosas que alegran el alma. Y, tal vez, lo último que descubrí con el bordado, y que me ha parecido asombroso, es que puedo bordar y escribir. Mientras bordo con mis manos voy bordando ideas en mi mente las cuales posteriormente plasmo en una hoja en blanco.
Bordar no es un hobby, es un estilo de vida que me acompañara mientras viva. Cada puntada me permite ser yo misma y desarrollar mi energía femenina.
Soy Ana Milena Torres, felizmente jubilada, dedicada a darme gusto. Me encanta el bordado, la escritura, los viajes y los amigos.
PD. Estos escritos son una muestra de ejercicios realizados en el taller de escritura: narrativas autorreflexivas para acompañar la vida. Octubre-Noviembre 2025. Educación Continua. Pontificia Universidad Javeriana.
