Una guía para el matrimonio consciente

Por: Paula Arango

Capítulo 1: La fase del marketing emocional

El enamoramiento es una obra de teatro con luces, música y todo perfectamente ensayado.
Nadie llega tarde, nadie grita, nadie ronca.
Uno sonríe más suave, habla con voz calmada, cocina como si le gustara y promete cosas que todavía no sabe si podrá cumplir.
Es una versión editada de la vida real.

En esa etapa, uno no ama: presenta el proyecto.
Todo se ve hermoso, porque todavía no ha empezado la convivencia, ni los domingos de pereza, ni los silencios que pesan.
Ahí todo es risas, fotos, mensajes, viajes y frases tipo: “somos un gran equipo” ; cuando ni siquiera han tenido que tomar una decisión difícil juntos.

Yo también viví eso.
Estaba enamorada, convencida de que el amor nos iba a alcanzar para todo.
Y durante un tiempo, lo hizo.
Hasta que la vida se puso seria.
Hasta que seis meses después de casarme, mi hermano murió.

Ahí el enamoramiento se acabó.
No porque dejara de amarlo, sino porque de golpe me quedé sin aire.
Todo cambió en segundos.
El ruido del mundo se apagó, y el amor —ese que parecía tan sólido— se volvió un eco confuso.

En lugar de consuelo, recibí distancia.
En lugar de abrazo, recibí juicios.
Y a los pocos días, una amenaza de divorcio, porque estaba “demasiado triste”.
Como si el dolor fuera un defecto, o una falta de fe en el matrimonio.

Yo me sentía en ruinas.
Intentaba entender cómo el mismo hombre que me había prometido compañía en las buenas y en las malas, no podía tolerar mi tristeza.
Y lo más duro no fue la amenaza, sino darme cuenta de que estaba sola dentro del matrimonio.

Fui a terapia de pareja.
No porque creyera que íbamos a arreglarlo, sino porque necesitaba a alguien que me ayudara a respirar.
Ahí entendí que el amor no se mide en días felices, sino en la capacidad de sostenerse en los días tristes.
Y que un matrimonio sin empatía es solo una sociedad de dos personas, fingiendo que todo está bien.

Muchos me preguntaron después por qué no me fui.
Y la verdad es simple: no me sentía capaz de vivir dos duelos al mismo tiempo.
No podía perder a mi hermano y mi matrimonio en el mismo año.
No tenía fuerzas para desmontar dos vidas.
Así que me quedé.
No por esperanza, ni por amor.
Por miedo.
Por cansancio.
Por esa falsa idea de que si aguantaba un poco más, todo volvería a ser como antes.

Pero el antes ya no existía.
El enamoramiento había muerto el mismo día que la realidad entró por la puerta.
Y ahí empezó otra etapa —la del silencio, la adaptación, la confusión—, donde uno aprende que amar no siempre es suficiente, y que quedarse también puede ser una forma de sobrevivir.

Esta historia continuará….

Paula Arango no escribe desde la teoría, sino desde la vida. Hoy vive en Austin, donde combina su trabajo como asesora financiera y su emprendimiento Feliciana Coffee, la escritura y las segundas oportunidades.

PD. Paula ha hecho parte este año 2025 del acompañamiento vía simbólica. Y estos fragmentos son un breve adelanto de lo que pronto será su libro!!!

Deja un comentario