Las conmemoraciones más bellas son aquellas que celebran las revoluciones invisibles, las transformaciones sin fecha de comienzo o de caducidad. Es preciso olvidar los aniversarios. Es preciso abatir los hitos y dejar caer las reliquias. Para celebrar otros nacimientos posibles. “
Paul Preciado ( Un apartamento en Urano)
Siempre estamos naciendo y muriendo un poco, hora tras hora, existiendo oscilantes entre este dinamismo vital y renovador. Entonces la posibilidad de la primavera en el mundo y el fuego de los comienzos, parece ser un lugar adecuado para que nazca algo: para ver crecer un brote, una semilla.
Nacemos cuando dejamos partir una idea, o un sueño, cuando decidimos adiós a los viejos recuerdos, cuando terminamos pactos, cuando tenemos ganas de cambiar, cuando encontramos un lugar nuevo donde poner nuestro esfuerzo, un ideal o una meta. También nacemos cuando creemos ser capaces de dar nuevos talentos, de renovar nuestras dadivas para el mundo.
¿Nacer de nuevo?, ¿sutilmente y silenciosamente?
Pues casi nunca podemos dar cuenta al mundo exterior, y de manera visible, los acontecimientos subjetivos, las pequeñas transformaciones hemos ido forjando con gran esfuerzo. Así vamos en la exigencia del vivir, mudando pieles, rostros, acomodándonos a la caricia renovada de la vida, con una voz que cante las nuevas noticias: somos otros, no mejores, pero si renovados, mirando el camino con inocencia, dispuestos a renovar los pactos con la existencia.
Crearnos Otros: de máscaras y personajes
“En otras palabras. Creo un caparazón en torno a mi, debido a mi influencia sobre ti y a la tuya sobre mí. A esto lo llamamos persona…En tanto que vivimos en un mundo, no podemos eludir crear una persona. Únicamente podemos averiguar quienes somos a través de los distintos efectos que ejercemos sobre otras personas. De este modo vamos creando nuestra personalidad. “ Carl G. Jung
A ese rostro personal, continuamente estamos moldeándole máscaras, imponiéndole nuevos personajes. En psicología analítica las máscaras son necesarias pues determinan nuestra relación sana con el mundo exterior, cumplen el papel de ser mediadoras entre el yo y el mundo: tenemos máscaras profesionales, familiares, espirituales, etc., pero estas máscaras no deberían ser fijas o inamovibles, sino ser flexibles y dispuestas a transformarse, pues responden al tiempo y sus ciclos; algunas incluso deben desecharse para dar lugar a unas nuevas.

Y será “la persona”, la encargada de elegir los vestidos, de adaptarse a las nuevas formas posibles, de moldear los detalles que le darán vida y condiciones para que salga al mundo un nuevo personaje.
Alrededor de nuestra vida, serán muchos, los nacimientos del Yo. Lo cierto es que serán ellos, una prueba de que seguimos vivos, tallando formas, haciendo posible nuestra voluntad de vivir y de crearnos otros, tantas veces como sea posible.
Finalmente, no podemos olvidar que somos algo mucho más grande que nuestro personaje o nuestras máscaras funcionales; somos un yo más amplio y rico. Por tanto, no deberíamos confundir al Yo con el personaje. El yo responde al sí mismo, da cuenta de mundos interiores, de pasajes conscientes e inconscientes. Mientras que el personaje y la máscara, responden al mundo exterior y su necesaria supervivencia. Encontrar este equilibrio y esta diferenciación, es parte trabajo personal cada uno debe hacer alrededor de la vida.
