El testigo es aquello que conoce en nosotros, pero que nunca es cognoscible. Aquello que atestigua todo lo que es, pero que nunca puede ser atestiguado.
(Monica Cavalle)
Experiencia: presencia viva del presente
¿ Héroes o no héroes? Lo cierto es que la experiencia de la vida humana en todas sus formas: traumáticas o complacientes están incertadas en alguna forma de heroicidad; pero no la heroicidad complaciente y excesiva de valor, sino en la heroicidad anónima y privada, una heroicidad inconsciente de sí misma. Porque se hace necesario que vivamos la vida como un acto natural, pero lo cierto es que vivir y su consciencia activa de ser, es talvez todo menos natural, la vida reclama de nosotros un esfuerzo y una ganas inmensas de ser.
La experiencia de vivir se inicia como proceso inconsciente, numinoso y natural. Podríamos tomar como la primera oportunidad de reflexión la pubertad doliente; esta experiencia que acapara nuestra atención, pero que a ciegas y sin saber aún quienes somos, convierte la pubertad en una experiencia de separación. La identidad irreconocible y confusa, con la pulsión de apenas ser algo, clama por un orden y una afiliación con el mundo.
Pero luego, cuando vamos encontrando o inventado quienes somos, curiosamente vamos alejándonos un poco de nosotros mismos, y este salto hacia a la madurez del yo, es un salto que puede asumirse como una pérdida del “eje central y vacío” que antecedió al yo. Entonces, vamos por la vida disparando identidades por doquier: ninguna discreta, ninguna cuestionable; simplemente nos dispersamos sanamente en un cumulo de formas y máscaras para el mundo.
La experiencia de ser un yo es grandiosa y doliente. El concepto de experiencia es ya en sí mismo una prolongación de estas múltiples identidades en el tiempo históricos de nuestra vida. Sin importar si esta experiencia es rica o pobre, lo cierto es que existimos en un continuo, en un respiro de ser, existimos _ aún si no lo notamos_ en un presente vivo y animoso.
Reflexión: presencia objetiva o reflexión pháthica
En este espacio vacío de ser y lleno de identidades múltiples, hallarnos y autoreconocernos, puede ser una experiencia no menos interesante que la vida misma; recuperar el sentido de la experiencia convulsa y dinámica, es invocar a nuestra capacidad objetiva y consciencia de ser, un eje terrenal y sólido que funciona como espejo o reflejo, un instinto llamado a ser reflexión.
Y cuando la palabra reflexión aparece suele confundirse con una expresión solitaria o una experiencia que sobrepasa lo humano terrenal. Por esto, acudir al termino phático puede ayudar a restablecer su sentido en nuestras vida: lo phático tomado de forma muy particular, puede ser evocación empática hacia al mundo que nos rodea, y por supuesto, hacia nosotros mismos. De esta manera, en la reflexión phática pueden subyacer todos los rostros de nuestro de mundo interno, es el ejercicio etnográfico personal donde nos ponemos con la máxima empatía y apertura frente a nuestras vida, frente a sus hechos, al lado de los seres que la constituyen y la realizan.
Escritura: apropiación de la experiencia reflexiva
La escritura, esa escritura que ya he denominado en otra entrada de este blog, una escritura de la gente común, libre de la presión de la escritura profesional o artísticas, aparece luego y es necesariamente posterior al ejercicio reflexivo. La escritura como ese intersticio también detenido, aparece desde un profundo lugar reflexivo, para terminar el proceso dinámico de la experiencia. Una experiencia que rescatada en su sentido y puesta al servicio de la reflexión phática sería una experiencia humana llena de significados, señales y símbolos. No solo para nosotros mismo sino también para el ser colectivo que somos. Ampliar nuestra experiencia de ser desde la reflexión y la escritura, es ya en sí mismo un ejercicio inclusivo para todos aquellos que la reconocen y se afilian a ella como parte de una apuesta común frente al vivir. Lo personal entonces transciende en el colectivo de una forma verídica y afirmativa.
