Un encuentro con otro mundo

Por: Adriana Bernal

Migrar no siempre significa cruzar océanos o cambiar de continente. A veces, basta con recorrer unos cientos de kilómetros para sentir que el mundo se ha transformado por completo. Así me sentí al llegar a Quito, la capital del pequeño país vecino del sur. Aunque el vuelo desde Bogotá duró poco mas de una hora, el tiempo necesario para recorrer 730 kms, la tristeza de dejar mi tierra me hizo sentir como si estuviera a miles de kilómetros de distancia.

Aunque era una migrante privilegiada por viajar con trabajo fijo, con tiquete pagado, y con un horizonte medianamente claro, llegar a ese lugar donde me había propuesto continuar mi senda laboral lejos de casa, me generó emociones encontradas de expectativa, duda, satisfacción, ansiedad… Dejar atrás varios meses de desempleo, de deudas y vacíos profesionales y sentimentales, hacía que ese momento de mi arribo, fuera un desfile de añoranzas y anhelos.

Salí con mis maletas a un tsunami de personas que esperaban a migrantes que regresaban deportados algunos, otros voluntariamente, muchos de ellos indígenas, que colman los vuelos con destino a Ecuador, desde cualquier ciudad de Estados Unidos o Europa, sin percatarme aun, que yo también era migrante, pero que a diferencia de todos ellos, a mí nadie me esperaba… Qué gran diferencia, qué avalancha de realidad. 

Como en muchas otras ciudades de América Latina, mas no en las ciudades colombianas, se evidencian los rasgos indígenas en muchos rostros, que sin necesidad de lucir trajes ancestrales, o estar censados como tal, son inconfundibles y saltan a la vista.  Ecuador es un país multicultural, con grandes contrastes entre la modernidad y sus raíces incas y el legado cultural y racial de una de las grandes civilizaciones de América.  Las estadísticas dicen que el 7.7% de la población total del Ecuador es indígena, una cifra que parece pequeña frente a todas las tradiciones y evidencias culturales de la raza Kichwa o quichuas, presentes en el lenguaje de los quiteños, en la comida (deliciosa por cierto), en las celebraciones del día de los muertos y de la semana santa. Hacen honor a sus orígenes incas, tanto que su lengua, también llamada runashimi, es cooficial con el español y se enseña en escuelas primarias y secundarias, tanto en la sierra como en la Amazonia.  Quito, desde el primer instante me reveló su riqueza cultural. 

San Francisco de Quito, capital ecuatoriana es una ciudad de 2 millones de habitantes aproximadamente, y es una de las ciudades más altas del mundo, a 2.850 mts sobre el nivel del mar.  Se encuentra a muy pocos kilómetros de la línea ecuatorial gracias a lo cual es conocida como Ciudad mitad del mundo.  Una ciudad increíble, un crisol de historia y modernidad, parte del imperio Inca donde Atahualpa había instalado su sede de poder. Rodeada de volcanes ofrece a turistas y visitantes, una majestuosidad de paisajes.  Quito fue la primera ciudad del mundo en ser declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO, junto con Cracovia, en 1978, gracias a más de 130 edificaciones monumentales y 5.000 inmuebles patrimoniales registrados en su centro histórico, el mas grande y mejor conservado de América Latina.  Alberga joyas arquitectónicas únicas en el mundo como la Iglesia de la Compañía, el templo barroco mas importante del mundo, y la Basílica del Voto nacional, la construcción neogótica más grande de América Latina.  Una ciudad llamada Luz de América ya que en ella se gestó el primer movimiento independentista de Hispanoamérica. Tenia por delante el maravilloso reto de conocer y recorrer un lugar lleno de historia, de arte quiteño, de joyas ancestrales, de maravillas naturales, que hacen de Quito un lugar imperdible en la agenda de cualquier viajero ávido de aventuras y cultura.

Entonces llegó el primer día laboral de esta etapa.  Era un inicio con aroma a oportunidad para reivindicarme conmigo misma y pensando en eso, sali caminando, por un trayecto muy agradable, que bordeaba un lindo parque, hacia mi lugar de trabajo.  Eso ya era toda una novedad para una bogotana, que, como muchos, en mi caótica ciudad, tienen que recorrer varios kilómetros y destinar más tiempo del deseado para llegar en las mañanas a sus destinos.  Así que esta pequeña sensación de cambio me hizo sonreír y visualizar un futuro con muchas buenas experiencias.  Era mi responsabilidad detectarlas, recibirlas con agradecimiento y disfrutarlas. 

Llegue al edificio que seria mi hogar profesional por un buen tiempo (eso esperaba) y subí al ascensor atestado de personas apuradas, pensando que así estaría cualquier ascensor a esa hora, en cualquier ciudad del mundo.  Todos hablaban, en español, pero yo no entendía nada.

  • “Mucho shunsho el Patricio!!!!”
  • “te paso viendo a las dos…”
  • “…Después de la ruquita…”
  • “…la Belén esta chuchaqui”
  • “Hola mashi, a que hora te paso viendo?”
  • “achachay que bestia!!!”

Tuve que vivir algunos meses en ese hermoso país antes de entender sin hacer traducciones, que Patricio era un lento, y que la recogían a las dos, después de la siesta, que Belén se había ido de tragos y tenía resaca, y que alguien saludaba a su amigo, y le preguntaba a qué hora lo recogía.  El Kichwa se hacía presente en la cotidianidad con una fuerza increíble, y con palabras hermosas que hoy me hacen sonreír al recordarlas.   

Una dicotomía entre la distancia medida en los kilómetros que separan a Quito de Bogotá y la distancia que impone el peso cultural de nuestros pueblos.  Nunca llegue a imaginar lo grande que era esta última.

Cuando finalmente llegué a mi nuevo lugar de trabajo, en el último piso de un edificio moderno, ubicado sobre una avenida amplia y de tráfico intenso, me recibió una hermosa chica en la recepción, que me dio una gran bienvenida y que, me saludo con un beso, como si nos conociéramos de tiempo atrás.  Hice un tour guiado por Verónica, la recepcionista agraciada que me recibió, mientras hacía presentaciones de rigor, y todos repetían el beso como saludo, a pesar de que era la primera vez que me veían y al mismo tiempo mi mano quedaba extendida y vacía, pues nadie la tomó entre la suya para saludarme. Otro rasgo cultural diferente que tenia que asimilar rápidamente.  Repetían todos “achachay que bestia!”, expresión que todavía retumbaba en mis oídos pues la oi repetidas veces en el ascensor, otra palabra quechua de uso frecuente, y que seguía sin entender hasta que indagando sutilmente pude traducir al bogotano mas coloquial:  Que frío tan berraco!

PD. Estos escritos son una muestra de ejercicios realizados en el taller de escritura: narrativas autorreflexivas para acompañar la vida.  Octubre-Noviembre 2025. Educación Continua. Pontificia Universidad Javeriana. 

Una respuesta a «»

  1. Mi Adry querida, qué hermoso tu escrito, resalta y detalla el paso a paso a tu primer día en Ecuasuiza, empresa en la cual te conocí y la cual me permitió valorar tu amistad sincera, que hasta la presente fecha sigue intacta y más fuerte que nunca. Aunque no nos veamos o conversemos muy seguido, esta trayectoria sigue siendo como la primera vez que nos vimos. Está hermoso y te felicito por escribir sobre mi tierra, y exponernos al mundo así de bonito. Sigue adelante qué quiero leerte. Un abrazo.

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