Crisis de manía

Por:  Hillary Suárez

Fórmula médica del paciente Camilo Andrés Sánchez Ortiz:

2 pastillas de carbonato de litio de 300 miligramos por la mañana.

2 pastillas de carbonato de litio de 300 miligramos por la noche.

1 pastilla de olanzapina de 10 miligramos por la noche.

1 pastilla de levomepromazina de 25 miligramos por la noche.

Día 0

En la mañana se levantó a preparar el desayuno a las 8:00 a.m. Preparó caldo con huevo y galletas de soda. Desayunó en silencio y, a las 9:00 a.m., se tomó las pastillas. Salió de la casa a las 9:45 a.m. para llegar puntual a la plaza de mercado a las 10:00 a.m. Cuando regresó, almorzó en silencio, se acostó a dormir una siesta y volvió a salir a la 3:45 p.m. para ir a la misa de las 4:00 p.m. Luego volvió a la casa y, tras cenar a las 7:00 p.m., se tomó las pastillas, excepto por la levomepromazina.

Día 1

Se despertó a las 7:00 a.m. Preparó caldo con huevo y galletas de soda mientras escuchaba la radio y cantaba las canciones. Desayunó en silencio y, a las 8:00 a.m., se tomó las pastillas. Salió de la casa a las 9:45 a.m. para llegar puntual a la plaza de mercado a las 10:00 a.m. Cuando regresó, almorzó en silencio, se acostó a dormir una siesta y volvió a salir a la 3:45 p.m. para ir a la misa de las 4:00 p.m. Luego volvió a la casa y, tras cenar a las 7:00 p.m., se tomó las pastillas, excepto por la levomepromazina y la olanzapina.

Día 2

Se despertó a las 6:00 a.m. Puso la radio a todo volumen y preparó caldo con huevo y galletas de soda mientras cantaba las canciones. Desayunó y, a las 8:00 a.m., se tomó las pastillas. Salió de la casa a las 9:45 a.m. para llegar puntual a la plaza de mercado a las 10:00 a.m. No regresó a almorzar. Cuando lo llamé a las 2:00 p.m. me dijo que había almorzado con unos amigos, que ya venía para la casa. A las 5:00 p.m. llegó a la casa. Cenó a las 7:00 p.m. No se tomó las pastillas. Le insistí en que se las tomara. Me dijo que lo hacían sentir mal, que le daban mucho sueño, lo dejaban como un bobo y no lo dejaban hacer nada.

Día 3

Se despertó a las 5:00 a.m. Puso la radio a todo volumen y preparó caldo con huevo y galletas de soda mientras cantaba las canciones. Sirvió el desayuno y, mientras desayunábamos, me dijo que había pensado en sacar un crédito, porque necesitaba plata para poner un restaurante. Yo le dije que él no debería sacar un crédito porque todavía estaba pagando el que debía. Él me dijo que con el nuevo crédito pagaría el anterior y pondría un restaurante. Luego me preguntó que cuándo terminaba el proceso de sucesión. Yo le dije que se demoraría un par de años más. El me dijo que ya tenía un negocio en mente, que construiría cabañas para arrendar a turistas y que sus amigos le comprarían parte del terreno. A las 8:00 a.m. se tomó las pastillas. Salió de la casa a las 9:45 a.m. para llegar puntual a la plaza de mercado a las 10:00 a.m. No regresó a almorzar. No me contestó el celular. Llegó a las 5:00 p.m. a la casa. Cuando le pregunté que en donde estaba, me dijo que haciendo negocios. Cenó a las 7:00 p.m. No se tomó las pastillas. Le insistí en que se las tomara. Me dijo que eran un veneno, que él no estaba enfermo y que no las necesitaba.

Día 4

Se despertó a las 4:00 a.m. Puso la radio a todo volumen. Se fue a bañar. Se vistió completamente de blanco. Se puso un sombrero vueltiao, unas gafas oscuras, un carriel y unas botas. Salió de la casa a las 5:00 a.m. No desayunó. No se tomó las pastillas de la mañana tampoco. Lo llamé a las 8:00 a.m. No me contestó. Lo llamé muchas veces. No me contestó en todo el día. En la noche llegó con un camión y dos señores. Bajaron del camión 12 sillas de madera, 3 mesas de madera y 1 camuro degollado. Me dijo que todo lo había comprado para el restaurante. Uno de los señores se quedó a dormir esa noche. Me dijo que era su nuevo ayudante del restaurante.

Día 5

Se despertó a las 2:30 a.m. Me levanté por el ruido en la cocina. Él estaba en la cocina con el señor que había traído a la casa. Estaban diseccionando al camuro. Me dijo que a las 3:00 a.m. tenía que ofrecer un sacrificio. Que él había sido enviado por Dios a la Tierra para traer la paz y que al demonio solo lo saciaría la sangre. A las 3:00 a.m. cogió un balde que había llenado con la sangre del camuro y se bañó completamente en ella. Yo me encerré en el cuarto con Helena. Tenía mucho miedo. Había vuelto a suceder. Otra vez estaba en crisis.

A las 8:00 a.m. me desperté. No había nadie en casa. Sabía que me tenía que ir con Helena. Lo que había pasado en la madrugada quería decir que estábamos en peligro. Camilo ya no estaba en sus cabales. Comencé a alistar las maletas, pero sonó la puerta de la entrada de la casa. Camilo había regresado. Otra vez estaba vestido completamente de blanco. Tenía la cara golpeada y los nudillos heridos, con sangre. Le pregunté qué había pasado. Me dijo que había tenido una discusión en la plaza de mercado. Que lo estaban siguiendo. Que lo querían matar. Que tenía que defenderse. Se fué a la habitación de las herramientas y sacó la escopeta. Le puso los cartuchos rojos. Lo intenté detener. Me golpeó y se fue. Sabía que esta era mi última oportunidad de irme, así que, tras él, salí yo con Helena de la mano.

Día 6

La noche anterior tuvimos que dormir en el apartamento de unos amigos que se encontraban de viaje. Madrugué a prepararle el desayuno a Helena. Aproveché mientras Helena todavía estaba dormida para llamar a la vecina de enfrente y preguntarle si Camilo había llegado la noche anterior. Me dijo que no. Helena y yo desayunamos. Al medio día volví a llamar a la vecina de enfrente. Me dijo que Camilo no había llegado, pero que unos policías habían preguntado por él. Llamé a su hermana mayor. Le dije que él estaba mal. Que me había tenido que ir de la casa anoche. Que intentaran ubicarlo para saber si estaba bien. Me dijo que él le daba miedo. Que lo mejor era dejarlo solo.

A las 4:00 p.m. me llamó. Me preguntó que dónde estábamos, que dónde estaba Helena, que con quién me había ido. Le dije que él estaba en crisis. Que tenía que ir al médico. Me dijo que él estaba bien, que yo solo lo quería encerrar. Me dijo que me buscaría, que no dejaría que yo lo apartara de Helena, que ella tenía que estar con él.

A las 8:00 p.m. la vecina me llamó. Me dijo que Camilo había vuelto a la casa y la policía había llegado tras él. Que se lo habían llevado esposado. Que parecía que le habían encontrado un arma. Tuve que ir a la policía y preguntar por él. Lo tenían encerrado en la celda de un CAI. Me acerqué llorando a preguntarle si estaba bien. Me dijo que los policías lo iban a matar, que lo ayudara a salir de ahí, que si lo dejaba ahí lo matarían. Les dije a los policías que él no estaba bien, que él estaba en crisis, que tenían que llevarlo al psiquiatra. A las 10:00 p.m. llegó una patrulla, lo sacaron de la celda, lo esposaron y se lo llevaron. Me dijeron que lo tenían que valorar física y mentalmente en un hospital.

Día 7

Anoche tuve que dejar a Helena con la hermana mayor de Camilo. Tuve que ir a acompañarlo en el hospital. Cuando pude entrar a verlo, vi que le tenían los brazos amarrados a la camilla. La enfermera me dijo que lo tuvieron que amarrar porque estaba muy agresivo y la había golpeado en la cara. Me dijo que el psiquiatra lo había valorado y efectivamente estaba en una crisis de manía. Que le habían puesto un sedante, pero que no le había hecho efecto. Me acerqué a él y le pregunté cómo estaba. Me dijo que lo sacara de ahí, que lo ayudara, que lo querían matar. Yo le dije que solo lo querían ayudar, que él tenía que tranquilizarse. Él me dijo que todo era mi culpa, que yo solo lo quería tener encerrado.

Al medio día entró la enfermera a la habitación y le puso doble dosis de sedante. Unos minutos después entraron unos enfermeros, lo sacaron de la habitación y se lo llevaron a la ambulancia. Lo iban a trasladar a un hospital psiquiátrico. Cuando llegamos, el psiquiatra me dijo que no estaba respondiendo adecuadamente a la sedación. Que estaba muy alterado. Que lo tendrían internado hasta que los síntomas de manía desaparecieran. Sabía que él odiaba estar internado, pero no teníamos otra opción. Yo también odiaba tener que ir allí, pero él era mi esposo. Llevábamos 20 años casados. No era la primera vez que tenía una crisis y sabía muy bien que no sería la última. Lastimosamente me enamoré de él sin saber que sufría de bipolaridad y, aunque sé que sus crisis pueden ponernos en riesgo a mí y a Helena, también sé que él no tiene la culpa de estar enfermo. Creo que él puede mejorar. Solo debe tomarse su medicina.

Sobre la autora: Soy una mujer curiosa, observadora y soñadora que se caracteriza por ser una aprendiz constante. Me gusta tocar el piano, jugar ajedrez y escribir. Soy reservada, introspectiva y de pocas palabras.

PD. Estos escritos son una muestra de ejercicios realizados en el taller de escritura: narrativas reflexivas: escribir y simbolizar la vida.  Mayo-Junio 2026. Educación Continua. Pontificia Universidad Javeriana. 

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