Binotal de 500 cada 8 horas

Por: Viviana Tamayo

«Usted estaba embarazada, pero ya no. Aborto espontáneo». El rasguño del papel al arrancar la hojita del talonario me produjo escalofrío. Él la deslizó hacia mí por sobre el anchísimo escritorio que nos separaba, y sin levantar los ojos, recitó el papel: «Binotal de 500 miligramos cada 8 horas. Puede irse». Se puso de pie, como despidiéndome —pero sin palabras—; las canas y la bata blanca sin una arruga me dejaron claro que eso era todo y que ninguna pregunta mía tendría importancia. Aunque para mí siempre ha tenido nombre: Luna, no necesitaba preguntárselo a él.

Tomé a Felipe, de dos años, de la mano. Él quiso que lo cargara. Metió la carita en mi cuello y me abrazó hasta donde le alcanzaban los brazos. Salimos de ahí por los pasillos de esa clínica de ventanas enfiladas en repetición infinita; cruzamos la entrada principal. Afuera nos recibió el andén resbaloso por la llovizna y la procesión de sombrillas que parecían caparazones andantes. Nosotros íbamos sin nada. Felipe rodeó mi cintura con sus piernas y aceleré el paso. El dolor de las mías me llegaba hasta los brazos.

Avanzamos media cuadra hasta encontrar la droguería. Era imprescindible el Binotal, esa pastilla amargosa que parecía servir para todo. Es que mi mamá ya me lo había hecho tomar muchas veces cuando era niña para una enfermedad casi impronunciable: las estreptolisinas altas. Según ella, por eso era que siempre me dolían las piernas. Pero ese día tenía que tomármelo porque se me encalambraban y porque escurrían por ellas hilos de sangre que salían de adentro de mí.

 Otras tres cuadras hasta una esquina. Menos mal, el bus pasó rápido y no estaba tan lleno. Pudimos conseguir una silla. Felipe se acurrucó sobre mí y se durmió de inmediato. Lo abracé y su cara se pegó contra la mía. Nadie más en ese bus tenía cara. Nadie afuera tenía cara. Las gotas de agua, al escurrirse por el vidrio de la ventana desdibujaban las siluetas anónimas de las piernas que se movían debajo de los caparazones.

Después de casi una hora, nos bajamos del bus en silencio. La calle cubierta de ojos de agua, que me observaban me petrificaron, pero el sueño le había sentado bien a Felipe, y se soltó de mi mano. Estaba enérgico de nuevo y quería caminar. Se detuvo en el primer charco que vio y empezó a sopetear el agua con sus pies. Fue un alivio entrar a la casa. Lo primero fue cambiarle esa ropa mojada. Lo primero fue cambiarle esa ropa mojada. En la cocina, le preparé una avena caliente y la pasé al tetero. El plástico se entibió de inmediato entre mis manos, que aun así seguían frías. No había logrado que lo cambiara por la cuchara y, como casi siempre, le di gusto.

Mientras él se lo tomaba arropado entre la cama, yo me hice a un lado con mi café caliente. Apreté el pocillo buscando su calor y, viéndolo al fin tranquilo, tomé el Binotal.

En minutos, salí de puntillas hacia el cuarto de al lado. Bajo la lámpara fría me esperaban la mesa de dibujo, los lápices afilados y las escuadras de acrílico. Esa noche debía entregar un trabajo en la universidad y no podía fallar. Mi tarea era calcular un ángulo de hélice para un engranaje silencioso y perfecto, y así me quedó: silencioso y perfecto.

Más tarde llegó la persona que cuidaría a Felipe. Me subí de nuevo al bus para ir a la universidad. Entregué a tiempo mi tarea y fui felicitada por tan excelente trabajo.  Al regresar, la llovizna aún caía, y se resbalaba por el mismo vidrio, pero esta vez solo me acompañaba el dolor en las piernas, que se me había regado por todo el cuerpo. Cuando llegué a la casa, me acosté en la cama, y por primera vez en todo el día, lloré, sin ruido, sin lágrimas, sin que nadie lo supiera, sin descuidar los deberes y sin perturbarle la vida a nadie.

El hilo de sangre dio paso a un río que me cubrió. Fue entonces cuando activé la etiqueta de Emergencia. El protocolo era estricto: llamar a Tunja y esperar a que el mensaje saltara por las repetidoras hasta la selva:  

«CRRR… CENTRAL PARA CASA BLANCA CINCO… ADELANTE CENTRAL… CRRR… AL INGENIERO BERNAL LO REQUIERE SU ESPOSA EN BOGOTÁ POR UNA EMERGENCIA MÉDICA… CRRR… RECIBIDO CENTRAL».

Dos días después, me desperté en un cuarto aséptico de esa clínica de ventanas enfiladas. A los pies de mi cama solo había una tabla con un informe: Aborto incompleto, semana 16, con shock hemorrágico tipo IV. Legrado. Transfusión de glóbulos rojos y plasma.

El Binotal había fallado.

Allá en Arauca, de donde LuisEdo llegó esa madrugada en un helicóptero a la ciudad de los caparazones, quedaron los mapas de las brechas por donde se tumba selva para arrancarle el petróleo. Él llegó a la casa para llevarme a esa clínica muda.  Dejó atrás esa espesura donde el líquido negro escurría espeso entre los troncos, como a mí la sangre entre las piernas.

Él nunca más regresó a esa selva. Dejó los mapas de las cuadrículas y ese trabajo aquel mismo día.

A las cuarenta semanas apilamos los manuales de cálculo y los planos en cajas, desatornillamos las camas y arrejuntamos todo en el carro. Así, sin más ni más, arrancamos. Felipe, de pie en el asiento delantero en medio de nosotros dos, ya no veía la lluvia escurrir por el vidrio; ahora todo estaba más clarito.

Ahora LuisEdo  hace mapas de bosques infinitos, de senderos que se curvan y de estrellas para que los perdidos encuentren el camino.

Mientras Felipe me cuenta que ayer sembró más aguacates, que florecieron las grosellas y que salieron las primeras brevas. Él deja crecer los árboles donde ellos quieran; los siembra sin dios ni ley, donde se amañen.   Me dice que el agua de la quebrada ya creció y que baja clarita.

El carro se carga con semillas y esquejes; huele a mandarinas y a guayabas, un olor que se me acurruca adentro y me dice que Luna nunca se fue. Que anda por ahí, entre esos árboles, escurriéndose por la quebrada y saltando entre las estrellas.

Yo… dejé el Binotal y ya las piernas no se me encalambran.

PD. Estos escritos son una muestra de ejercicios realizados en el taller de escritura: narrativas reflexivas: escribir y simbolizar la vida.  Mayo-Junio 2026. Educación Continua. Pontificia Universidad Javeriana. 

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