Epístola para alguien que nunca conocí

Por: Robinson Tamayo Hoyos

Querida Mirta, sé que llevamos un par de años sin hablar; nuestras conversaciones que antes eran diarias, se volvieron esporádicas y formales. Recuerdo que en la pandemia hablábamos por horas durante el día, la noche y gran parte de la madrugada. Las pláticas eran sobre diversos temas: amores furtivos del pasado, nuestras más grandes fantasías, nuestros sueños personales, amorosos y profesionales. Me sentía pleno hablando contigo en medio de la soledad y la incertidumbre de un virus que atravesó nuestras vidas por completo, que de manera súbita nos amenazaba con apagar nuestra existencia y la de nuestros seres queridos. La muerte merodeaba por todo lado, estaba desatada y volviendo añicos a la humanidad. Entendimos que la parca no sabe de clases sociales, de formación académica, de posesiones materiales, ni siquiera de edad, porque podía llevarse al más longevo anciano, así como al más pequeño infante.

Recuerdo que hubo un punto de quiebre en nuestras confesiones, se fueron tornando más entrañables, atravesamos el umbral de una amistad diáfana y pura, y comenzamos a romper la tensión sensual que siempre existió, pero que ninguno de los dos se atrevía a transgredir. A pesar de la distancia que nos separaba, nos sentíamos cerca, contigo entendí que la distancia física se puede obviar cuando las almas se encuentran.

Desafortunadamente no nos conocimos personalmente, pero recuerdo que nuestra primera conversación fue a través de Messenger; fluyó como si fuéramos amigos de toda la vida, tu humor mordaz me impresionó desde el inicio, tus preguntas directas me agradaron en demasía; no sé por qué te tenía dentro de mis contactos, seguramente la vida hermosamente caprichosa quería que te cruzaras en mi camino y te volvieras una persona fundamental en ese momento y durante muchos años.

Nunca hubo contacto físico, a pesar de que lo deseé profundamente, y sé que tú también querías que nos encontráramos para tomarnos un par de tragos, para que me contaras cómo conociste al papá de tu hijo, cuánto te decepcionó saber que estabas con un mujeriego empedernido, cómo sufriste por él, que me dijeras qué se sintió haber perdido a tu hermano, la impotencia que debiste haber sentido cuando te enteraste que se había ahogado en un río conocido para él, y que nunca había representado ningún peligro, pues era un nadador experimentado. Sé que querías estar ahí para rescatarlo, pero así es el destino, nos da golpes tan fuertes que preferimos el dulce abrazo de la muerte antes que sentir el profundo desgarro de nuestros corazones, la pérdida infinita de los seres que más amamos.

Ahora quiero contarte, aunque tal vez ya lo sepas, que hace un par de meses estuve en Argentina; ha sido uno de los viajes más maravillosos que he tenido en mi vida. Buenos Aires es una ciudad hermosa, con edificios vetustos, posee una arquitectura que te hace sentir en Europa, aunque las construcciones de este continente las he visto sólo en postales. Los argentinos, contrario a lo que dice la gente, son muy amables, aunque su cortesía depende de la estación: en verano son calurosos y atentos, pero en invierno son fríos y melancólicos, parece que llevaran el clima en sus entrañas.

La comida es muy rica, especialmente la carne, la pizza y la pasta; es muy evidente que son descendientes de los italianos, no sólo por sus apellidos, también por su forma ruidosa de hablar, por su gastronomía, y supongo yo por su forma de ingerir alimentos: no me creerás, casi no comen en todo el día, pero en las noches degluten unas viandas monumentales, que, si tú o yo lo hacemos, con toda seguridad no podríamos dormir por la pesadez en el estómago.

Tienen costumbres que en Colombia deberíamos adquirir, se apropian de los parques, no para fumarse un porro, como sucede la mayoría de las veces en cualquier ciudad de nuestro folclórico territorio; los usan para disfrutar en familia, para conversar con amigos, para pasear y jugar con sus mascotas, para disfrutar de la vida más allá del trabajo, para leer, o simplemente para observar la gente pasar.

Son malísimos para madrugar y excelentes trasnochadores, me impresionó estar caminando con María por Corrientes a las 12:30 de la noche y pareciese que fueran las 7 ú 8. Había mucha gente, sobre todo familias, algunas con niños en brazos que desde muy chicos van adquiriendo la costumbre de dormirse tarde. También me tomó por sorpresa que empiezan su jornada laboral a partir de las 9:00 am.

Espero que algún día vayas a la tierra de Gardel, de Messi, de Sosa (Mercedes y Julio), de Fito, de Spinetta, de Charly, de Cerati, de Sábato, de Borges, de Cortázar, de Storni, de Darín, de Evita, del buen cine, del tango, de la milonga, del bandoneón, del fútbol; y puedas disfrutar de un asado, la gente se reúne en torno a la comida, vociferan, pero nunca se van a las manos, en las vías se putean, pero al final cada quien calma su rabia y siguen como si nada. Qué bonito que nuestro país aprendiera de esa cultura, acá parece que la violencia ha devaluado la vida y la gente se pone las máscaras de asesinos cuando sale a la calle, a veces, inclusive sin salir de su casa.

Para terminar, quisiera contarte que el vino argentino es majestuoso, tal como lo había escuchado, entrar a una tienda es deslumbrante por la gran variedad de cepas y de marcas, además, el precio es muy irrisorio, con decirte que puede salir mucho más barato comprarte una botella de un buen vino mendocino que una cerveza.

El fernet, catalogado también como bebida espirituosa, se toma con Coca Cola y mucho hielo, se comparte en un recipiente metálico, se va rotando entre los asistentes en una fiesta o evento. Me gusta su efecto, porque pone el alma alegre, pero la conciencia permanece racional, eso sí, te va volviendo más sociable y locuaz, sin embargo, hay que tener cuidado, porque se puede estar a un trago del ridículo.

Espero que algún día podamos conversar como en los viejos tiempos, para poder contarte con mayor detalle mi viaje al país de inmigrantes huraños que siempre añoraron el regreso a la nación que los expulsó, para contarte con detalle la forma en cómo una mujer colombiana radicada en Argentina se convirtió en el amor de mi vida, sé que te he hablado de ella, pero me gustaría que la conocieras, que sepas todo lo que he aprendido al lado de ella, todos los temores que fue exiliando gracias a su amorosa presencia, a su temeridad para enfrentar los mayores desafíos de la existencia. Espero que tú también algún día conozcas a alguien que te dé la seguridad, felicidad y deseos de vivir intensamente que me dio María a mí.

Te abrazo desde la distancia.

Róbinson, como Crusoe, náufrago de sueños, solitario, amante de la literatura y aficionado a la escritura. Me gusta el buen vino, el café palabreado, la cerveza, conversar con amigos, disfrutar de la placidez y tranquilidad de la naturaleza. Amo viajar y compartir tiempo con mi novia, quién es mi compañera de vida.   

PD. Estos escritos son una muestra de ejercicios realizados en el taller de escritura: narrativas reflexivas: escribir y simbolizar la vida.  Mayo-Junio 2026. Educación Continua. Pontificia Universidad Javeriana. 

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