ando y ando
Si he caer
que sea
entre los tréboles
(Sora)
Desde mi temprana adolescencia me vi maravillada por los libros; necesitaba vivir de algo, respirar desde algo, y encontré refugio en la humanidad de las letras. En mi primer viaje al extranjero, aún sin cumplir la mayoría de edad , conocí a Ernesto Sábato en un teatro de la calle corrientes de Buenos Aires, mi autor idolatrado de la época y cuyo libro «sobre héroes y tumbas» era mi compañero permanente de viaje; este encuentro me reafirmó en mi destino de autores e historias. ¡Decidí estudiar literatura! Luego, ¡una maestría en literatura!
Todo lo que he hecho ha sido con pasión ciega y subjetiva; aún caminando a tientas y confundida, me he permitido ser y equivocarme.
Sigo amando los libros, el conocimiento, las palabras, sobre todo las que hablan de yoes y abismos y caminos. Todo en mi vida ha sido viaje: tránsito, salida, caída en el vacío de los inicios. El primero de mis viajes fue en busca de la vía del bodhisattva; luego, fue el viaje extraño y extranjero, un destino de idiomas que se escuchan en la tarde nevada. Después me tocó hacer el camino de vuelta, que aún me tiene mirando atrás y adelante, mirando por dentro, solitaria y obtusamente.
Todo este despliegue de recorridos se ha vuelto palabras escritas. Para que la muerte no me deje sin huellas, me hice al vicio de los diarios y ya no creo en nada más: por testarudez e imposibilidad no podré hacer nada más. Entonces esta autorreflexión constante y numinosa se ha ido convirtiendo en enseñanza, en escritura para otros, en verdades compartidas. Los talleres de narrativa autorreflexiva son ese laboratorio que reproduce y anima una práctica de la escritura cotidiana, sin provecho, y libre de ataduras literarias. Una escritura cotidiana que pretende entregar confianza en la propia letra, en la propia página, en la escritura propia.
Entre arrebatos lúcidos y alucinados siempre han estado rondando planetas y los símbolos astrales. Deletreando el mundo en los signos zodiacales fui descubriendo mi habilidad de traductora; la astrología también es un lenguaje, un idioma, una lengua.
Aún recuerdo cómo enloquecía a los amigos con mis intervenciones empíricas de lunaciones y zodíacos; el llamado de los astros fue muy temprano, pero tuve que hacer toda una carrera en las letras para por fin hallar el camino hacia las verdades del cosmos y sus rutas perfectas en la vida de los seres humanos.
Ahora siento cómo los análisis en mis consultas astrológicas están hechos de escritura y signo: resonancia cósmica que traduce para dar vida al símbolo y acompañar a otros en el camino de la sincronicidad amorosa entre el ser y el universo.
La consultoría astrológica ha reemplazado mis días en las aulas de clase y los pasillos universitarios. Los post en la redes y las entradas a mi blog han reemplazado mis papers en Colciencias; mi diario es ahora un refugio compartido con otros, expongo sin pena y sin censura mis escrituras anónimas.
No puede decirse que estoy del otro lado, en un nicho seguro y estable, porque al parecer ¡esto apenas empieza! Un poco tarde quizá para el mundo, pero al punto perfecto para el universo, para la vida que honro en mí.
