Eso que talla

Claudia ( autora invitada)

Hoy se asomó la tristeza. Converso con mi ser superior y le pido por mi corazón, para que no repita los dolores que ya sintió. Discutir me hace sentir desperdiciada y eso me recuerda que me prometí no traicionarme nunca más. Ignoro y evito conversaciones que debo tener como adulta. Mi niña interior no quiere, esta furiosa, triste, pataletosa. Odio esta nueva forma de contactarnos, un chat que siento impreciso, banal, frío, sin conexión y pienso en lo estúpido que es no expresar lo que se desea de forma clara como debe hacerlo una adulta mirando a los ojos.

Cada noche opto por dejar ese aparato fuera de mi habitación, no lo quiero mirar más. Recuerdo, lloro, mis lágrimas caen despacito con esa tristeza que ya reconozco y que es la misma que me he prometido no sentir. Inmediatamente me conecto con mi corporalidad, mi respiración, mi postura en la cama mirando el techo y me hago muchas preguntas. A ÉL también se las hago y le pido que, en mi sueño o en mensajes de la tierra más claros, me dé respuestas. Y duermo tranquila, abrazada por una fuerza superior que llega de algún lugar, donde alguien en otra dimensión siente mi plegaria y me acuno hasta meterme en un sueño profundo.

Son las 5 de la mañana y antes de que mi despertador suene yo estoy en pie en mi balcón, mi lugar seguro escuchando atentamente a los pájaros en medio de un cielo que aún está oscuro. Tomo el aparato y conectada con mi corazón escribo un mensaje muy pensado porque quiero ser precisa, no dejar nada suelto, no engancharme en eso que sé reconozco que es una emoción que me aprieta en el pecho, me ahoga e incluso duele. Escribo lento, confiada y tranquila. Hoy ya no es ayer, hoy quiero que la historia sea diferente, hoy no quiero confusión en mi corazón. Y presiono la flechita de enviar, cierro mis ojos y me fundo sentada en mi zafú justo en frente del ventanal que me deja sentir como el cielo se va abriendo y le da entrada al nuevo amanecer.

Hago café, tengo hambre y como galletas con mantequilla. La esparzo lento, me permito untarla con los dedos y pienso en la protagonista de la novela que leo y en como ella roba mantequilla para untarla en su cara y así poder humectarla y sentir que no morirá reseca como un pedazo de cartón. Ella no tenía opción y así me siento yo en este momento.

¿Cuál es mi opción?, ¿acaso la tengo? Solo queda esperar la respuesta a ese mensaje enviado momentos antes. Regreso a mi sofá, tengo puesta mi bata peluda, esa que me libró tantas veces del frio del norte. Mi nariz me recuerda mi vulnerabilidad al frio. Mi estómago se mueve tan rápido que apenas tengo tiempo de llegar al baño y recordar que mi palacio emocional está sacudido, frágil, sensible. Desalojo aquello que seguramente cargué toda la noche y que se procesó de una forma biológicamente mágica porque siento que todo fluye con la misma rapidez con la que llegué al baño. Termino mi café, corro a la ducha. Disfruto del agua caliente, lavo mi cabello, acaricio mi cuerpo, me hablo de forma generosa y me recuerdo que no voy a permitirme el drama; que seré honesta a la hora de expresar lo que siento, lo que deseo y lo que me molesta sin importarme nada más que mi tranquilidad para no entorpecer mi existencia.

Estoy lista para recibir a mi primera historia de la mañana. Otro ser llegará por primera vez a mi espacio: ¿qué buscará?, ¿qué necesitará?, ¿qué estará dispuesta a hacer para sentir que la vida es un aprendizaje que nos obliga a movernos? Llega tarde, siento que ella necesita ser más que escuchada. Unos ojos verdes, bonitos pero perdidos, un cabello liso, rubio y largo, un cuerpo delgado y una motricidad lenta. Tomamos un té, escucho su historia y me veo en ella, en esa angustia de querer saber si amar vale la pena o no, si es posible o no, si es sinónimo de sufrimiento o no. Y no sé qué responder: ¿quién soy yo en este momento para hacerlo?, ¿acaso tengo yo las respuestas que ella viene a buscar? Le permito explorarse, conectarse y reconocerse, que sea su propio ser en ese cuerpo lánguido quien le dé la pauta para hacerse cargo de su aprendizaje. Ella navega y yo siento como la energía se le escapa por sus centros. Yo solo me permito ser guiada por una fuerza superior y por todos los seres de luz que están presentes. Y disfruto ese corto viaje, ella descansa, yo tomo más té, agradezco nuevamente y reflexiono frente al amor. Recuerdo que esta es mi forma de amar, que no estoy acá para necesitar de nadie a la fuerza, sino para hacerme una en mi divinidad y recuerdo lo bendecida que soy cada vez que tengo la oportunidad de conectar y posibilitar la sanación en otros.  Una tras otra, fueron llegando las demás historias del día. Tuve poco tiempo para descansar y comer, pero no sentí la necesidad ni el deseo.

Una notificación apareció en el aparato. Una respuesta. Me asusté porque no sabía que iba a encontrar. Leí y no pude frenar mi sensación de felicidad. No tengo por qué huir, comprendo que mi niña es quien se siente apretada y tallada cuando se desconecta de la adulta; que del otro lado también hay miedo, también hay palabras que parecen impronunciables, también se elige la cautela. Y pensé: ¿somos tan viejos y tan temerosos aún?, ¿tan dañados quedamos? Y así en su abrazo sentí que me volví a armar, que mis piezas se juntaron, que era un día nuevo y que no tenía más oportunidad que ese momento, que este era el regalo de hoy. Con una mirada me dijo cuanto me quiere, cuanto me extraña todos los días que pasan sin vernos, nos reprochamos, nos expresamos, nos disculpamos y nuestros cuerpos se fundieron en un amor que no solo se sentía en el latir de nuestros pechos sino en cada beso, en cada caricia. Nos fundimos con la tarde que caía allá a lo lejos a través de la ventana. Descansados los cuerpos me recordó para qué nos encontramos de nuevo, y tomamos café y comimos chocolate y contamos historias. Fue una tarde no imaginada, no planeada ni pensada, pero disfrutada como si fuera la última. Con sus manos grandes, fuertes y de forma delicada acarició mi rostro, nos reímos del temor de envejecer y de cómo lo haríamos respetando nuestros cuerpos. Me miró diferente, con esa nueva forma de mirarme amorosa y lenta. Y repitió varias veces unos “te quiero” que entraron por cada poro de mi cuerpo pequeño, mi cuerpo desnudo reposado cerca al suyo. Le creí y nos amamos y nos regocijamos hasta el cansancio.

Y esa noche dormí tranquila, como si hubiera vuelto una paz que había perdido o extraviado por un momento. Ya nada dolía ni apretaba, nada tallaba. Me quedé con su aroma en mi cuerpo, con su mirada en mi alma y agradecida por el regalo de vivir un día a la vez.

Soy Claudia: soy lo que amo, lo que leo, lo que escucho, soy la introspección que me permite deambular por multiversos. Lo que escribo me define y así hallo la salida en mis propios laberintos. Soy experiencia, transformación y expansión.   

2 respuestas a «Eso que talla»

  1. Querida Claudia, me pusiste a volar con cada línea, me llevaste a cada momento, pude sentir cada emoción y su significado; a tal punto que me moviste a escuchar a la artista Concha Buika / álbum mi piel/ canción por el amor de amar.
    Gracias por compartir tu trasparencia en este escrito.
    Te abrazo.

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  2. Claudia, quedé fascinada con tu texto. Tu manera de reflexionar y de contar eso que talla, me permitió recorrer cada momento, cada espacio y cada pensamiento… ¡Gracias! Un grande abrazo.

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