Viento y arena, danza y voz

Por Noelia Rosas (autora invitada)

Miércoles por la mañana, decido irme al sur de Lima. Es un día gris, parece que el otoño ha llegado luego de posponer su andar de nubarrones durante algunas semanas. La garúa ha caído durante la noche y hay una capa de humedad sobre la vereda. Al despertar, mi nariz tupida me confirma que la temperatura empieza a descender, Lima pronto nos sumergirá a todos en una densa pecera invisible.


Espero un bus que me lleve al kilómetro doscientos ochenta y dos de la Panamericana Sur, prefiero hacerlo así, no me gusta manejar en la carretera. En las calles y avenidas de la ciudad puedo enfrentarme al salvaje tráfico limeño, esquivar conductores que sin culpa alguna pasan de un carril a otro, acelerar un poco si alguien que se cree el dueño de la pista quiere adelantarme sin poner luz direccional; pero manejar por la carretera me crea un vacío en el estómago, además siento que ahí la velocidad es un escudo para la impunidad, a lo largo del camino se erigen pequeñas capillas que recuerdan a alguien que intentó cruzar la gran carretera desafiándola.


Sentada junto a la ventana se despliegan a mi lado cadenas de cerros arenosos, dunas deslumbrantes formadas por vientos ancestrales que le dan a la costa la apariencia de un desierto qatarí, y es que cuando se camina a través de él, se escucha el rugir del viento ensordecedor e intimidante, entonces se sabe que se está en un terreno inhóspito en medio de una batalla de fuerzas naturales descomunales, donde uno puede ser un espectador o envolverse de ese caudal y danzar sin saberlo, con la arena que se levanta soberana e irreverente.  

Danzar o luchar, con la arena o con el viento. Me asalta esta contradicción y me imagino al mismo Quijote dilucidando esta paradoja frente a los gigantescos molinos que Cervantes puso en su camino ¿fueron los molinos que aterraron al Quijote? o ¿la arena y el viento que nubló al Quijote y lo hizo ver monstruos donde no los había?

Monstruos que se abalanzan o que parece que lo hacen, en senderos recónditos resuenan sus pasos como ecos amenazantes que empujan la memoria, hasta allí, donde las fronteras se diluyen y lo vivido puede tornarse viscoso.

Una señal alerta que estamos en el kilómetro ciento treinta, casi a mitad de camino, el bus ha desacelerado intermitente. Debe parar y pasar el peaje para continuar el trayecto. Sin anticiparme, ese movimiento me lleva camino a Salerno, por esa ancha autopista, con él, a ese agosto insólito e incierto Yo que evito ir en auto por las grandes carreteras, acepté que alquilemos uno para conectar cada ciudad que íbamos a visitar. Con un plan difuso, nos arriesgamos, y mientras tú querías reafirmar tu control al volante, yo ponía en juego mi reserva de confianza, mientras tú hacías malabares con tus decisiones, yo anhelaba quererte.

Hicimos un playlist para el viaje, estaban todas las canciones de Spinetta que me compartiste desde la última vez que nos vimos en Bacares, y las que había descubierto siguiendo esa ruta musical. Muchacha ojos de papel, fue siempre mi preferida, decías que yo disfrutaba las canciones del flaco porque las interpretaba desde la lírica, y así era, sus metáforas me sobrecogían, pero también imaginar que a través de sus letras conocía algo más de ti, envolvía mis sentidos. Preferías no vincularte con la nostalgia de la tierra y la familia distante, pero añorabas cada rincón bonaerense que venía a ti, tu acento intacto después de tantos años de vivir lejos de ellos, eran la marca de tu resistencia.

Hubo algo en ese encuentro que desde el primer momento nos hizo descender por un hoyo plagado de desconciertos, por las palabras que no decían lo que decían y los gestos que develaban lo que no se esperaba. Y es que ese esperar algo, fue lo que pesó, esperas indómitas al tiempo, al deseo, al azar. Sucumbimos en un lenguaje ininteligible, las palabras ya no llegaban susurrantes ni persuasivas, mis silencios te abrumaban y para mí fueron refugio, nuestros cuerpos no sintonizaban, tus manos dejaron de acariciarme, yo quería sentirte y tú ya no. Te desdibujabas delante de mí como una silueta de vapor en la superficie de un espejo.

Entonces el monstruo galopante volvió, desde alguna profundidad, por alguna grieta, estaba en mi asomando sus tentáculos. Creí que lo había vencido en luchas anteriores, pero seguía ahí, más vivo que nunca, escudriñando mis vísceras, amputando mi voz, en una lucha sin tregua con mi entereza y esa vulnerabilidad que intentaba sacudir, pero que pugnaba por quedarse. Arena y viento, viento y arena; transfigurando los ojos incandescentes del rechazo implacable, devoradores, como el ojo del huracán, los ojos del monstruo inclemente en su intento por levantar capas de abandono sumergidas en profundidades latentes.

En otros tiempos, traficaba el dolor del rechazo con el doblez de una resignación instantánea, mientras el tránsito fuera más breve, mejor, así no me sentía tan perdedora y la sensación de derrota podría competir con la velocidad de la luz para desaparecer en el infinito. Me convertí en una experta de las fichas a cambio, de esas que siempre se pueden mover con el fin de conservar el vínculo, así apostaba por ser la amiga incondicional, la amiga que escucha, la amiga complaciente; máscaras que servían para atenuar cualquier huella de compasión, mis silencios lo cubrían todo y yo me cubría con mis silencios.

Estar frente, nuevamente, al monstruo en ese momento, me gatilló esa pulsión conocida, pero esta vez fue distinto, sabía que podía atravesar el ojo del huracán, pararme frente al gigantesco molino con esos hilos de vulnerabilidad que me ayudan a templar los nervios enganchados en mi humanidad. Soltar la voz para no dejar ahogar lo que sentía, para vibrar con cada palabra, y desde allí avanzar, lento, muy lento, como avanza el río calmo confiando en su cauce.

Era el momento para crear mi propia ruta, sin aislarme, esta vez no, más bien una que me permitiera afinar y acariciar mis fibras, las más internas, las más profundas, las más sublimes; volverlas palabras que retumben sin miedo, sin sumisión; y es que descubrí que mis palabras laten, como me late la vida, que danzan como la arena en el desierto, que nacen para desafiar cautiverios.

Tejo mis bordes amante y valiente, sé de mis nudos y mis enlaces. Un tejido que tiene mi huella y las huellas de otros, sigo, hay huellas que hacen el camino.

Un nuevo cartel anuncia que he llegado al kilómetro doscientos ochenta y dos, a la provincia de Ica, el bus se detiene, bajo, camino unos metros, y el viento agitado se lleva mi sombrero, lo hace rodar, voy detrás de él, es casi imposible alcanzarlo, se zarandea, hace algunas curvas y se sigue alejando, el viento sopla muy fuerte, casi no alcanzo a distinguir donde está mi sombrero, lo veo a lo lejos con otros objetos que se entregaron a este viento, y es que no es cualquier viento,  son los vientos paracas, tormentas de arena que lo remueven todo a su paso. El sombrero parece que se divierte alzándose y volviendo a caer, ya no lo persigo más, está en su lucha con el viento o quizá danzando con la arena.

Soy Noelia Rosas, amante de la escritura, los libros y los viajes. No siempre sé con exactitud a dónde llegaré, pero disfruto de los tránsitos que me develan nuevos caminos».

PD. Estos escritos son una muestra de ejercicios realizados en el taller de escritura: narrativas autorreflexivas una apuesta por lo cotidiano. Abril—Mayo 2023. Educación Continua. Pontificia Universidad Javeriana.

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